LIBERALISMO
Y CATOLICISMO
- octava parte -
por el Padre Roussel
“… Los errores
modernos envenenan de tal modo la atmósfera que respiramos, que los mejores
fieles de la Iglesia se contaminan. Las costumbres de laicización de
la Sociedad, de indiferentismo religioso, de liberalismo en todos los campos,
son tales, que nos cuesta mucho acoger la verdad en toda su integridad, verdad
que nos viene de la sana filosofía y de la fe católica…”
“… El libro del Padre Roussel: Liberalismo y Catolicismo, da una
perfecta idea del Liberalismo y del peligro que supone el Catolicismo liberal,
que proliferó con motivo del ralliement, se desarrolló con el
Sillonismo, el modernismo, el progresismo, para triunfar con ocasión
del Concilio Vaticano II, y destruir finalmente todo lo que quedaba de específicamente
católico en la fe, la moral, la Liturgia, las instituciones de la Iglesia,
por la aplicación del espíritu ecuménico y democrático.
“De ahí la importancia de conocer bien lo que los Papas pensaron
sobre el Liberalismo y sus sucedáneos. Su resistencia tenaz y valiente
frente a este ataque apocalíptico es también nuestra resistencia.
Sus argumentos son nuestros argumentos. Puesto que este ataque tiene como fin
la destrucción del orden natural y sobrenatural, la defensa contra él
se ha de basar en los principios fundamentales de estos órdenes natural
y sobrenatural, y, por consiguiente, en principios inmutables y eternos como
Dios mismo, autor de estos dos órdenes…”
(Extractos del curso consagrado al “Magisterio de la Iglesia”,
del año 1979-1980, por Monseñor Marcel Lefebvre)
- Falsedad de espíritu -
El “Católico-liberal” tiene pues, una espiritualidad, pero
está falseada por su mismo liberalismo, y lo pero es que es incapaz de
darse cuenta, a tal punto que pregunta con suficiencia: ¿qué es
un espíritu justo? ¡sin duda, el vuestro! El espíritu justo
es el que se adecua humildemente a la verdad teórica (“per
conformitatem a rem”) y práctica (“per conformitatem
ad appetitum rectum”); aquel que cree lo que la Iglesia cree, ama
lo que Ella ama y aun en los asuntos controvertidos, se inclina en sentido de
las preferencias de la Iglesia; aquel que ve claramente a la luz de la razón
y de la fe el fin último que Dios ha puesto al hombre y a partir de esto
aprecia exactamente el valor de los medios que se le presentan para obtenerlo;
es el que regula sus juicios y sus estimaciones sobre el valor de las cosas
de acuerdo a la Ley eterna, la ley natural, las leyes positivas que derivan
de ellas; aquel que admite la jerarquía de valores y derechos conforme
a la enseñanza de la verdadera filosofía y del Magisterio viviente
de la Iglesia; en una palabra, aquel que practica en todo el “sentire
cum Ecclesia”. A ese espíritu justo, Santo Tomás lo
llama “el sabio”. La sabiduría, para el
gran doctor, es ante todo una virtud intelectual que primero hace recto el espíritu
antes de rectificar el apetito y ordenar la acción. Esencialmente es
el conocimiento de todas las cosas, sea del orden natural o del orden sobrenatural,
por las causas más iluminadas, las más profundas, “per
altissimas causas” y, como no hay causa más profunda y elevada
que Dios, causa primera y fin último del Universo, el sabio ve todas
las cosas del punto de vista de Dios mismo, soberana medida del bien en todo
los ámbitos. Este el punto de vista del sabio entre todos los otros que
se pretende oponerle; esa es la cumbre donde él se coloca de entrada,
y desde donde ubica cada detalle, persona o cosa, acontecimiento o acción,
en su verdadero lugar dentro de la jerarquía del conjunto; esta es la
regla de oro que le permite de inmediato ordenar y regular su actividad como
la de los otros. Así, el sabio construye el orden, porque conoce el orden:
“sapientis est ordinare”.
El “Católico-liberal”, por la mezcla de principios que hace,
por su obsesión de querer conciliar la Iglesia y la Revolución,
como las doctrinas contradictorias que ellas representan, falsea radicalmente
su facultad de apreciación. Deja de considerar todas las cosas desde
el punto de vista de Dios, de juzgar cada cosa según el enfoque superior
de la filosofía católica y de la Iglesia. Por consiguiente no
puede sino equivocarse regularmente, “con la regularidad del
péndulo” como se dice, sobre todo en los temas controvertidos de
la filosofía, del derecho, de la teología, en los que la Iglesia
todavía no se ha pronunciado definitivamente, en los asuntos tan complejos
de la historia y de la sociología. Citemos algunos ejemplos resonantes:
• juzga inoportuna la proclamación
del dogma de la Inmaculada Concepción, y el Papa deja de lado esos temores
quiméricos;
• rechaza la publicación del Syllabus,
y el Syllabus viene a liberar la inteligencia de la opresión
naturalista y racionalista;
• deplora que se piense en definir la infalibilidad
papal, y el Concilio Vaticano le demuestra su equivocación con la enorme
alegría de los católicos;
• en exégesis, toma como guía
a la erudición alemana, y la Encíclica “Providentissimus”
le conduce a una sana concepción de la inspiración;
• quiere renovar la espiritualidad y la apologética
contemporáneas, y se encuentra con que Roma condena el americanismo,
reprueba la filosofía de la inmanencia;
• quiere interpretar a su manera la historia
antigua o reciente de la Iglesia, pero esto netamente significa para él
que sigue la ruta equivocada;
• preconiza la neutralidad, la interconfesionalidad
en las obras, y el Papa recuerda vigorosamente que las obras deben estar impregnadas
del espíritu católico;
• ha tenido que lamentar la proclamación
del Reinado Social de Jesucristo y la condenación del laicismo, etc.
Hay derecho pues a decirle bien claramente: el espíritu “Católico-liberal”
es un espíritu fundamentalmente falso, equivocado. No dudemos en desenmascararlo
para que no engañe más a nadie; en efecto, considerando él
todas las cosas desde un punto de vista inferior o estrecho y aun erróneo,
plantea así el derecho a todo crédito y autoriza a todas las dudas.
Sus amores como sus odios pueden servirnos como indicaciones precisas: ¿Desprecia
una decisión? Ella debe tener mucho de bueno. ¿Se felicita de
un acontecimiento? Tenemos nosotros que lamentarlo. ¿Lleva un orador
o escritor al pináculo? Agucemos nuestra atención crítica...
Sin duda, no todo es malo ni falso en lo que dice o hace el “Católico-liberal”,
y sabe usar del disfraz de la verdad como el de la prudencia: lo que sobretodo
es falso es la perspectiva de conjunto que calla o relega a la sombra de las
cosas importante, que otorga un relieve desproporcionado, enorme, a detalles
minúsculos.
- El periódico “Católico-liberal”
-
Uno de los ejemplos típicos más importantes de esta falsedad
y también del peligro del espíritu “Católico-liberal”,
se ve en lo que es dominio del periodismo, cuya influencia hoy es tan profunda
ya sea para la formación como para la deformación de las conciencias.
El diario que dirige el “Católico-liberal”, aunque esté
revestido del carácter sacerdotal, después que se ha asegurado
una clientela católica, comienza por suprimir el título de
“Católico” para penetrar mejor, según dice, en
los medios no creyentes; de hecho, destruye la mentalidad católica y
no gana ningún adversario. — “Pero la Iglesia manda suprimir
esa denominación”. Eso es totalmente falso, responde la Semana
Católica de Luçon del 2c de enero de 1926. — “Un diario
con la etiqueta de «Católico» compromete a la autoridad religiosa”.
También es falso, pues la Iglesia reserva siempre su autoridad. —
“Un diario «Católico» estaría sometido a la
obediencia y supervisión de la Iglesia, mientras que un diario «político»
y no «religioso» escapa al control de la autoridad de la Iglesia”.
Sigue siendo falso, pues todo diario redactado por católicos está
bajo la supervisión de la Iglesia y sometido a su magisterio aun en aquello
que concierne a cuestiones políticas que se vinculan al orden religioso
y moral.
Ese tal diario “Católico-liberal”, o mejor dicho “liberal
redactado por católicos”, es neutro de hecho y por principio.
Es neutro desde el punto de vista religioso: juzga inoportuno y comprometedor
tomar la defensa de los Derechos de Dios y de la iglesia; reproducirá
“in extenso” un discurso político pero hace amplios
y significativos recortes en un documento religioso aun si sólo lo menciona.
Los acontecimientos religiosos no parecen interesarle y si se ocupa de ellos
no les da el lugar que corresponde y los redacta en un sentido tendencioso que
los deforma o altera. Así acostumbra a aquellos más confiados
a no preocuparse de la única cosa que realmente es necesaria, la Religión,
o a considerarla bajo una falsa visión de conjunto que a menudo es peor
que un error formal, particular.
Para el “Católico-liberal” la neutralidad es lo que responde
a las “exigencias de la conciencia moderna” pero se preocupa poco
de las exigencias de la conciencia católica. Acepta sin quejas las leyes
laicas y habla y habla a lo sumo de ligeros retoques. Reprueba vivamente todo
“clericalismo” y, en nombre de la libertad de conciencia, relega
la Religión al trasfondo de la conciencia individual. Partidario devoto
de las “libertades modernas”, reclama libertad e igualdad para todos
en el derecho común, y no quiere otra cosa por parte del Estado que una
igual acogida para todas las religiones y todos los cultos.
Es neutro desde el punto de vista social: es partidario de las obras
neutras, “interconfesionales”, en que los Católicos —dice—,
“en el ardor desinteresado de su celo” olviden el proselitismo religioso
que divide, por el apostolado únicamente social que une. Hasta la idea
de una sociología católica les es ajena: hacer el bien, la justicia,
la honestidad, la caridad, no son privilegios de una Confesión. Pero
en ocasión de presentarse la lucha de clases, la favorece por un “democratismo”
virulento y en vista a una legislación social que por el Estatismo, prepara
la cama al Colectivismo.
Se cuida muy bien de atacar la “Escuela laica”, tanto en
sus principios como en su enseñanza. Por el contrario, insiste claramente
que “confía en sus maestros”. Si combate le monopolio universitario,
no es en nombre de los Derechos de Dios, de la Iglesia, de la familia, sino
en nombre del «derecho común» y de la libertad de pensamiento,
“la más necesaria de las libertades”. Naturalmente admite
hoy en principio «la Escuela única» y le profetiza inmensa
superioridad.
Desde el punto de vista electoral su acción no es menos funesta.
Su objetivo es eliminar todo candidato católico marcado con sospecha
de antiliberal; prefiere y le opone los liberales amorfos y hasta liberales
bien reconocidos. La Declaración de los Derechos del hombre, adoptada
en adelante y definitivamente, constituirá el fondo de su política
y el tema de sus afiches electorales. Por otra parte, sostiene la independencia
absoluta de la política frente a la Religión y a la autoridad
religiosa: nada de teocracia, nada de “clericalismo”: el Obispo
en su diócesis, el sacristán en su sacristía, para él
la Política. Demócrata ante todo y en el sentido de 1789, no sabría
como rechazar una legislación que, a pesar de ciertas apariencias, está
muy de acuerdo con esos principios, e intenta así presentarla bajo un
aspecto favorable, preparando así poco a poco su aceptación.
El relato de sus amores y sus aversiones es igualmente muy significativo.
Bajo la Primera República, él hubiera optado por la constitución
civil del Clero; bajo la Tercera, se declara a favor de la Separación
y los Cultuales. Y en su época, muestra una particular estima por los
filósofos “temerarios”, los exégetas “audaces”.
Adhiere naturalmente al “Sillon”, rompe lanzas en su favor;
su condenación lo pone literalmente furioso, a él, el moderado,
la dulzura en persona. Se alía, se convierte en panegirista y hasta impresor
de periódicos los más dudosos, redactados a menudo por católicos
o sacerdotes de tendencias modernistas. Llega la Revolución rusa de 1917:
su fondo anarquista se descubre e imprime en grandes caracteres su alegría
exuberante. Por el contrario, Mussolini controla vigorosamente el parlamentarismo,
y él denuncia el despotismo y acepta contra él todas las calumnias:
en este último caso, el ralliement en el poder constituido ya
no tiene curso. Se dice enemigo intolerante de todas las intolerancias vengan
de donde vengan, lo que lo pone en dificultades ante los dogmas de la Iglesia
y de la Inquisición eclesiástica. Resueltamente optimista
ante los adversarios de la Iglesia, es duro contra los Católicos
«antiliberales» y les confiesa una sólida enemistad;
los considera como ensayos de espíritu estrecho, los más peligrosos
enemigos de la Iglesia que proclaman servir y en el fondo la someten a sus fines
evidentemente políticos.
En resumen, sus juicios cotidianos sobre los acontecimientos y sobre las personas
están impregnados del más puro espíritu liberal. Su nota
característica es la ausencia casi total de “sentido católico”.
En su caso no hay nada de errores precisos, herejías formales; pues se
sabe observado, y a falta de prudencia sobrenatural, tiene al menos, la del
hijo del siglo. Pero en todo lo vago, lo equívoco, la dosis hábil
de errores a medias, apreciaciones falsas, informaciones tendenciosas o hasta
mentirosas, pero que no se desmentiría hasta que el mal esté hecho,
los ataques oblicuos y pérfidos, los silencios calculados... Y todo eso
es mucho más lamentable para la mayoría de inadvertidos que el
error franco o el anticlericalismo violento; pues esto crea poco a poco una
mentalidad, una manera de ver tensa y deplorable. “Sapit hæresim”
“esto huele a hoguera”, diría Louis Veuillot. Mientras
él obra en su terreno o descansa en el radicalismo, adormece a los incrédulos
en una funesta indiferencia, y hace entre los Católicos devastaciones
inquietantes propagando las nociones y las máximas más sospechosas.
A propósito de él, se podría repetir el famoso dicho: “Mi
Dios, líbrame de mis amigos, que de mis enemigos me encargo yo”.