LIBERALISMO Y CATOLICISMO
- novena parte -


por el Padre Roussel

 

“… Los errores modernos envenenan de tal modo la atmósfera que respiramos, que los mejores fieles de la Iglesia se contaminan. Las costumbres de laicización de la Sociedad, de indiferentismo religioso, de liberalismo en todos los campos, son tales, que nos cuesta mucho acoger la verdad en toda su integridad, verdad que nos viene de la sana filosofía y de la fe católica…”
“… El libro del Padre Roussel: Liberalismo y Catolicismo, da una perfecta idea del Liberalismo y del peligro que supone el Catolicismo liberal, que proliferó con motivo del ralliement, se desarrolló con el Sillonismo, el modernismo, el progresismo, para triunfar con ocasión del Concilio Vaticano II, y destruir finalmente todo lo que quedaba de específicamente católico en la fe, la moral, la Liturgia, las instituciones de la Iglesia, por la aplicación del espíritu ecuménico y democrático.
“De ahí la importancia de conocer bien lo que los Papas pensaron sobre el Liberalismo y sus sucedáneos. Su resistencia tenaz y valiente frente a este ataque apocalíptico es también nuestra resistencia. Sus argumentos son nuestros argumentos. Puesto que este ataque tiene como fin la destrucción del orden natural y sobrenatural, la defensa contra él se ha de basar en los principios fundamentales de estos órdenes natural y sobrenatural, y, por consiguiente, en principios inmutables y eternos como Dios mismo, autor de estos dos órdenes…”

(Extractos del curso consagrado al “Magisterio de la Iglesia”,
del año 1979-1980, por Monseñor Marcel Lefebvre)


- Sección Tercera-


- Las relaciones de la Iglesia y el Estado según el “Católico-liberal” -

La incoherencia fundamental del “Católico-liberal” se manifies-ta más aun cuando se dedica a tratar las relaciones de la Iglesia y el Estado. Sobre este tema que le atrae particularmente, despliega todos los recursos de su talento, que es grande, y de su maleabilidad, que es infinita. Pero en ello también su punto de partida es falso e ilusorio; quiere la paz a todo precio, aun si es en detrimento grave de la Iglesia y de las almas. Para comenzar no más, desconoce el plan de Dios en el mundo o no hace de él ninguna cuenta; la dignidad de la persona humana, el respeto de su sagrada libertad no le deja ver, de ordinario, los derechos de Dios y de la Iglesia. Por otra parte, concibe un Estado muy encumbrado como el ejecutivo de una democracia a la manera de Rousseau, leído a través de Lamennais, y no según la verdadera filosofía como el representante de la autoridad divina y órgano del bien común. No teniendo por tanto una idea exacta ni de la Iglesia ni del Estado, le es totalmente imposible determinar convenientemente sus relaciones mutuas, y termina entonces en soluciones equívocas y confusas, en compromisos y transacciones que resultan perjudiciales a la Iglesia y, por contraparte, al mismo Estado.


PRIMERO: LA DOCTRINA CATÓLICA. EL PLAN DIVINO.

El hombre creado por Dios, elevado por El a la vida sobrenatural, caído como consecuencia del pecado original, rescatado y restaurado a su dignidad primera por Jesucristo constituido nuestro único mediador, llamado a la visión intuitiva en Jesucristo y por Jesucristo: tales son las verdades primeras que aparecen desde un comienzo en el plan de Dios sobre el hombre. La Iglesia ha sido instituida por Jesús para continuar la obra de la Encarnación y de la redención: El mismo la ha enviado a todas las Naciones a cumplir esa misión, para volver al redil a las ovejas descarriadas, perdidas en el error y el vicio a fin de reunirlas como miembros revivificados en la unidad del Cuerpo místico de Jesús. De tal manera, diríamos, el papel de la Iglesia es completar y realizar a Jesús en este mundo en sus miembros predestinados. Cuando esta obra esencial esté cumplida, los tiempos también habrán ya pasado y ese será el fin del mundo.

La Iglesia es entonces una sociedad espiritual, de derecho positivo y divino, continuando al Verbo Encarnado, que tiene por fin esencial la salvación de las almas y la felicidad eterna. Para cumplir ese fin, la iglesia a recibido del Hombre-Dios, la conveniente organización y los poderes necesarios que hacen de Ella una sociedad perfecta, legislativa, judicial y ejecutiva. Su dominio inmediato es el de las almas y los intereses espirituales; pero se extiende también al cuerpo y a los intereses temporales en la medida que ellos tocan a los primeros, y de esta medida sólo la Iglesia es Juez.

El Estado es una sociedad temporal, fundada en las exigencias y las necesidades de la naturaleza humana; es de derecho natural divino y positivo humano. Su fin es el bien común temporal de los ciudadanos, que consiste en el respeto y la seguridad de los derechos (paz) y abundancia suficiente de los bienes necesarios o útiles a la vida humana (prosperidad). Para lograr eficazmente su fin, el Estado a recibido de Dios, su Autor, la autoridad soberana. Su dominio y sus poderes, sus derechos y deberes son entonces determinados, en cuanto su principio, por la autoridad recibida de Dios, y en cuanto a su fin, por el bien temporal común de la sociedad civil a la cual preside.

Independientes y soberanos en sus dominios respectivos, estos dos poderes no pueden sin embargo, no enfrentarse a cada momento: ambos tiene por súbditos los mismos sujetos; la Iglesia alcanza lo corporal por el alma, y la política por la mora y la Religión; el Estado llega al alma por el cuerpo, y ala moral y la Religión, elementos principales del bien común, por la política. De ahí las relaciones inevitables y necesarias. Están determinadas por el origen, la naturaleza y el fin de las dos sociedades. Desde todo punto de vista, la Iglesia tiene la supremacía: al Estado corresponde estar subordinado a la Iglesia, como el cuerpo al alma, como la razón a la fe; bien que su fin no es en absoluto el mismo, ni ordenado al fin de la Iglesia, pero no se debe oponer a él; más aun, tendiendo a su propio fin, ha de favorecer con prudencia aquel que es superior, el de la Iglesia, según sus deseos y necesidades. Por lo tanto, la legislación civil ha de estar en perfecta armonía con la de la Iglesia, de la misma manera que la práctica política debe inspirarse en su espíritu y regularse según la actitud de Ella. En este sistema de relaciones bien ordenadas según el derecho público de la Iglesia, el Estado es un Estado cristiano, la iglesia tiene una situación preponderante y privilegiada, todos los derechos están asegurados, todos los fines están asegurados y el hombre, ubicado, protegido y guiado por las dos sociedades soberanas, bien que subordinado el Estado a la Iglesia, marcha con seguridad directo hacia su felicidad eterna; el Evangelio gobernando los Estados significa para el mundo, la paz de Cristo en el reino de Cristo Rey.

Tal es el ideal de orden y armonía fundado sobre la voluntad de Dios y la naturaleza de las cosas. No importa cuales sean las circunstancias, la Iglesia lo proclama invariablemente y tiende a ello sin cesar, con una fuerza y una prudencia completamente sobrenaturales.


SEGUNDO: LA REALIDAD SEGÚN LA HISTORIA

La conducta de los Estados, por el contrario, a variado mucho en el transcurso de las edades; con los Césares paganos, el Estado implantó la persecución sangrienta; con los Césares apóstatas o herejes, la persecución hipócrita. Este régimen de absorción y de persecución de la Iglesia por el Estado, se vuelve a encontrar en las épocas de la Revolución protestante, en diversos países de misión, y con la Revolución de 1789.

Bajo la influencia del “filosofismo” y del “Racionalismo” se inventa en el siglo XIX el sistema de la Separación absoluta de la Iglesia y el Estado: los dos poderes deben vivir juntos, sin ocuparse uno del otro, ni interesarse en su conocimiento. Es el ateísmo político y social del Estado, negación del Derecho esencial de Dios, de Jesucristo, negación de toda política cristiana, tan perjudicial al Estado como a la Iglesia misma. Es en cierto modo, un sistema más pernicioso que el anterior, porque aquél producía gloriosos mártires, éste, no hace sino apóstatas.

En ocasiones, sin embargo, el Estado comprende su deber ante la Iglesia, pone su política y su legislación de acuerdo con su enseñanza, le otorga una eficaz protección fecunda en bienes: esto produjo la inserción del derecho divino en el derecho público de los pueblos. La Iglesia recuerda con reconocimiento a Constantino el Grande, a Teodosio, a Carlomagno, a San Luis, Fernando, Esteban o Eduardo, y en época reciente, al gran Presidente de un pequeño país, a García Moreno. Desgraciadamente esta protección degenera a veces y se vuelve opresiva y corruptora; hay que reconocer que esos abusos que permiten sin embargo subsistir grandes bienes, no se deben al sistema de la subordinación indirecta del Estado a la Iglesia en sí, sino a una aplicación defectuosa por el Estado de esta excelente teoría.

En la actualidad, a causa de la profunda división de las conciencias, se ha tenido que establecer el régimen de la libertad civil de cultos o tolerancia. “La libertad civil de cultos, es la facultad que el Estado otorga a los ciudadanos de elegir su propia religión y de practicarla con toda la seguridad de la protección de las leyes”. Para determinar el alcance de esta tolerancia y precisar su propia situación legal, la Iglesia establece, de acuerdo con la autoridad civil, Concordatos o, sin tratar de igual a igual, sin renunciar a ninguno de sus derechos, hace concesiones, a veces muy grandes, para evitar un mal mayor y obtener un mayor bien. En esto, la Iglesia tiene en cuenta un objetivo bien definido, su fin esencial, la salvación eterna de las almas, es decir, no hace sino plegarse prudentemente a las circunstancias y sacar el mayor partido posible de lo que es, tendiendo siempre a lograr aquello que debe ser. Pero mientras dure el Concordato, la Iglesia se mantiene fiel a sus estipulaciones, mientras que le Estado por el contrario, no se inquieta si las viola o abusa de ellas (por ejemplo en el caso de nominación de Obispos).


TERCERO: LA ACTITUD DEL “CATÓLICO-LIBERAL”.
LA TESIS Y LA HIPÓTESIS.

Lleno de añoranzas y de las doctrinas de la Revolución más que de las enseñanzas de la fe católica, el “Católico-liberal” admite francamente de entrada y como el ideal, el régimen llamado de “las libertades modernas” o del ateísmo político y social, surgido del Racionalismo.(1) Pero Gregorio XVI y Pío IX condenaron sin cesar y sin atenuantes ese sistema de la separación absoluta que desligaba al Estado de todo deber con respecto a Dios y a la Iglesia y conducía por otra parte, por la indiferencia a la persecución.

Sin embargo, Montalembert, antiguo discípulo de Lamennais, retoma en Malinas (1863) la tesis liberal en la fórmula “la Iglesia libre en el Estado libre”. Aplaudido por los liberales, el orador se encontró bajo la amenaza de una condenación de Roma. Fue entonces que para salvarlo, el Padre Curci inventó la famosa diferencia entre la tesis y la hipótesis.(2)

“Las libertades modernas, si se las plantea como tesis, es decir, como principios universales, aplicables a todos los tiempos y a todos los países fundados sobre la naturaleza humana en sí misma y sobre el plan divino, son absolutamente condenables. Pero a título de hipótesis, es decir, como disposiciones apropiadas a la situación especial de determinado pueblo, pueden ser legítimas y los católicos pueden elegirlas y defenderlas...”

Esta fue para los “Católico-liberales” la salvación. En 1864, la publicación del Syllabus los deja en la confusión, y entre ellos Monseñor Dupanloup retomó la distinción “tesis-hipótesis”, y demostró que el documento pontificio no se refería más que a una sociedad ideal que nunca existió y que no debía cambiar la actitud del “Católico-liberal” porque ellos no se encontraban sosteniendo el caso como tesis sino como pura hipótesis. Esta explicación del Syllabus, respetuosa en la forma, en el fondo lo reducía a algo de poca importancia por no decir ninguna. También Montalembert pudo hablar al respeto “de elocuente prestidigitación”. Pero Pío IX no se engañó y aún con los cumplidos que brindó al obispo, expresó para terminar, “su propósito de dar con más precisión y detalle el verdadero sentido de este acto por el que había refutado las interpretaciones erróneas con la mayor energía”.

A partir de ese momento, los “Católico-liberales” se sintieron plenamente tranquilizados. Aceptaron la doctrina, la tesis, pero se mantuvieron exclusivamente en el dominio de la hipótesis en la que se consideraron como jueces soberanos infalibles. Ninguna condenación pontificia podía ya alcanzarlos. “Se consideraban disculpados y en regla con la Iglesia porque aceptan su doctrina teóricamente; disculpados y justificados de la igual manera de dejar de lado la prohibición, sacrificada en el terreno de la acción en donde esquivaban el deber de afirmarla. Bajo el pretexto de que se ocupan de lo relativo y de lo concreto, se apartan de lo que llaman a designio, lo absoluto, lo ideal..., se parapetan en la hipótesis y no se preocupan de la tesis”.(3)

Así, poco a poco, la tesis es relegada al mundo ideal, y pronto al de la quimera, de la utopía, completamente separada del mundo real. Desde entonces, ellos se comportan de hecho como si no existiera. Se ven pues católicos, oradores, participar con gusto en congresos eclesiásticos de toda clase, proclamar abiertamente que el régimen de excepciones, privilegios, de inmunidades ha terminado; no queremos más dicen, “que la libertad y la igualdad en el derecho común”, y agregan con ingenua confianza: “Esto es la conclusión lógica de la libertad de conciencia predicada por la tercera República”.

Ingenua confianza, pues los desdichados parece que ignoran que la francmasonería que nos gobierna no busca otra cosa que conducir a la Iglesia, someter a los católicos, al derecho común, utilizando precisamente el nombre de la libertad de conciencia. Pero por “derecho común” ellos entienden un sistema donde todo derecho deriva únicamente de la voluntad general, del pueblo soberano, del Estado fuerte y medida de todo derecho..., y por “libertad de conciencia” el derecho a la incredulidad, al ateísmo, ¡lo que va directamente contra la Religión del Estado y la Política cristiana!

Así, el “Catolicismo-liberal” se imagina acordar con el adversario francmasón, porque utiliza las mismas palabras. ¿Puede uno engañarse tan burdamente? ¿Puede ser que sólo se vanaglorien de lograr, mediante un hábil argumento “ad hominem”, que el adversario disminuya en algo sus pretensiones? Pero, por desgracia, a causa de la misma debilidad de su posición intelectual, será precisamente él, el Católico demasiado liberal, el que será constreñido a sacrificar algunos de sus principios necesarios; será él mismo quien caerá en la trampa que creyó tender correctamente.

Sea como fuere, en esto se encuentra una de las formas más peligrosas del liberalismo en materia religiosa, que consiste en querer sustituir el derecho católico por un derecho común equívoco.

En virtud de sus principios, libertad, igualdad, soberanía del pueblo, los “Católico-liberales” no quieren ni oír hablar de la “Religión del Estado”. Al contrario, ellos admiten con gusto la libertad de cultos sin distinción, no llegan a ocultar sus preferencias por la separación de la Iglesia y del Estado, admitiendo por lo demás, con F. de Lamennais, la unión de la Iglesia y la Democracia.

La aventura de los “Cardenales verdes” está todavía en el recuerdo de todos. Pero Pío X y los cardenales rojos, mejor informados de los Derechos de Dios, de los derechos y necesidades de la Iglesia y de la sociedad, que los teólogos de circunstancia de la Academia, de la Revista de Dos mundos y del Correspondant, que pasaron por alto sus reproches: la ley de separación, en su fundamento y en su enunciado, fue solemnemente condenada (1906).

A pesar de todo, nuestros “Católico-liberales” no se dieron por vencidos. Si ellos admitiesen tan sólo que el régimen de la separación es preferible al régimen de opresión violenta y de persecución, o, accidentalmente, al régimen de concordato interpretado y aplicado por un gobierno hostil a la Religión, podríamos entendernos. Pero el caso es que van mucho más allá. Sin duda, reconocen que la unión de la Iglesia y del Estado sería preferible en principio; pero, en los hechos, no es así. Por eso, si se trata de historia por ejemplo, siguen insistiendo con energía en los graves inconvenientes de la protección de la Iglesia por el Estado (al menos si ese Estado reviste forma de monarquía absoluta), callando cuidadosamente las ventajas de ello, y haciendo resaltar vivamente, por el contrario, los inmensos beneficios de la libertad y de la separación. Las “aspiraciones modernas” agregan, exigen cada vez más y manifiestamente tal “modus vivendi”: “sin ocuparse más de tesis absolutas, cuya aplicación es reconocida como imposible, (los católicos) no reclaman para sí o para la Iglesia sino la igualdad en la libertad, y están resueltos, para el día en que su causa triunfare, a nunca poner a sus adversarios fuera del derecho común”.(4)

Por nuestra parte, diremos que, sin duda, se puede entender correctamente la distinción “tesis-hipótesis”, a condición de que, por ejemplo, se entienda por «tesis» la teoría que esclarece el fin, que es la médula, y por «hipótesis» la práctica, los medios; a condición de no separarlos, sino al contrario, mantenerlos indisolublemente vinculados, haciendo de la teoría la luz, la dirección, el fin de la acción, de la práctica, y de allí la aplicación prudente y progresiva de la teoría en las circunstancias que se produzcan; a condición también de reconocer que en definitiva es siempre la Iglesia jerárquica la que conserva el derecho supremo de juzgar aun esta aplicación prudente; en resumen, a condición (que resume todas las demás) de tener un espíritu limpio de todo liberalismo.

Pero, precisamente, el “Católico-liberal” corrompe y mezcla todo, teoría y práctica, como también sus relaciones:

a) Separa la teoría de la práctica. — Para nosotros y según el lenguaje de la Escuela, la “tesis” no es más que la forma que, querida primero como fin, ha de realizarse cada vez más en una materia que debe ser dispuesta cada vez mejor; la sabiduría nos hace conocer la jerarquía de los fines que hay que querer, la ciencia especulativo-práctica nos provee la teoría de los medios que hay que emplear para alcanzarlos, la prudencia nos ilumina sobre el uso inmediato de los mejores medios a emplear para mejor realizar “hic et nunc” el fin constantemente querido. De esta manera, todas la causas están concertadas para contribuir desde la pura especulación hasta la humilde realización práctica, todo se encadena.

El “Católico-liberal” separa el fin y los medios, la teoría y la práctica; peor todavía, los opone hasta hacerlos incompatibles. Para él, la “tesis” es el “ideal” imposible, el absoluto quimérico, el abstracto irreal; la “hipótesis” es el “posible”, lo concreto, lo real. Tiene la manía de ciertas oposiciones fantasiosas (5): así como opone autoridad y libertad, pretende gustoso que los partidarios de la «tesis» son incapaces de apoyar a la “hipótesis”; que quienes son especulativos no pueden ser prácticos, que no tienen ningún sentido de las realidades, que la intransigencia doctrinal no sabría relacionarse con la prudencia del obrar. Así reserva para la bienaventurada eternidad el triunfo absoluto de los principios y la realización integral de la «tesis católica», y, en su esfera, encierra y colecciona los errores con una continuidad que sería emocionante sino fuera ante todo desoladora. No quiere ver que entre el olvido de la tesis y su realización inmediata y completa está el medio, “justo” esta vez, que consiste en quererla constantemente, tender a ella y realizarla lo mejor posible en la circunstancias que se nos dan. En lugar de plantearse primero la «tesis», es decir, el fin al que se aspira y las reglas generales y particulares de su aplicación que provee la teoría, para enseguida afirmarla francamente y realizarla prudentemente, él se encierra en la complejidad obscura de los casos individuales, e hipnotizado por las dificultades prácticas de la “hipótesis”, llega a minimizar o hasta disimular la “tesis”; de tal manera que, ya no es la teoría que regla la práctica, sino la práctica que condiciona la teoría.

El “Católico-liberal” no puede siquiera soportar que, por ejemplo, se enuncien las conclusiones del Derecho público de la Iglesia; y confundiendo sus afirmaciones necesarias con una realización inme-diata y brutal, las considera a la ligera como «tesis exageradas», buenas a lo sumo para los Seminarios, pero inaplicables a la realidad.(6)

Y continúa: en principio, sólo la verdad posee los derechos, en la práctica la libertad general sacará más provecho que de la protección a la verdad; la teoría es la unión de la Iglesia y el Estado, en la práctica, hay que atender a la separación; el derecho católico sería evidentemente más hermoso, pero en la realidad el derecho común, más conforme a la mentalidad moderna, producirá frutos más sustanciales y tangibles, y pondrá por añadidura en evidencia la vitalidad divina de la Iglesia...

De tal manera, el “Católico-liberal” se ocupa en el fondo de la teoría, pero es una teoría falsa que pretende sustituir a la del buen sentido y la de la Iglesia. A fuerza de razonar de esa manera, desconoce, olvida y desprecia la «tesis»; ya no sabe lo que quiere, ni quiere ya más lo que debe. No sabiendo qué es lo que debe admitir y mantener, lo que debe rechazar y combatir, preocupado además por la conciliación a toda costa, se encuentra en el camino de las capitulaciones, que llevan fatalmente a renegar y a la traición.

Santo Tomás, nuestro guía, ignora la distinción “tesis-hipótesis”. Conoce solamente el intelecto especulativo que contempla la verdad, el intelecto práctico que ordena la verdad a la acción, de la cual las apreciaciones determinan y reglan volición y acción: el fin conveniente una vez conocido y amado eficazmente (intención), determina la acción juiciosa y el uso prudente de los medios (elección). Pero él, no comprendería que se separen los medios del fin, la prudencia (regla de los actos concretos) de la ciencia (principios más o menos universales de la acción), la práctica de la teoría.

Un comerciante quiere obtener beneficios: éste es el fin; busca los mejores medios para realizar ese fin: esta es la teoría. Fin y teoría, esto será su «tesis». No cesará él de tenerla en cuenta, de amar ese fin y de ilustrarse a la luz de la teoría, cuando quiera lanzarse a la práctica, aplicarse a la ejecución. Así, su prudencia, iluminada por su ciencia y teniendo en cuenta las circunstancias del momento, realizará, poco a poco, metódicamente, progresivamente, el fin primeramente querido. Sería temeridad en él desentenderse de las circunstancias de hecho, y sería más una locura, despreciar los principios de la Economía, y absurdo puro, renunciar a su fin [7].

De la misma manera el sacerdote, movido por el amor de Dios y de las almas, quiere ante todo, someter a los individuos, familias, naciones, bajo el dominio necesario y bienhechor de Jesucristo. Ese es el fin con el cual él evalúa sin cesar la obligación, mide la extensión, está atento a la mejor adquisición. Para lo cual le hace falta saber dos cosas: por una parte, los derechos de Dios, de la Iglesia, el ideal de la ciudad cristiana, por otra, las necesidades del hombre, las condiciones psicológicas, históricas... en que se encuentra. Armado con este conocimiento, fortalecido por el amor, no cesará con una santa intransigencia y una caridad prudente, de recordar los principios salvadores, de promover la ciudad cristiana, hacerla realidad siempre más en los hechos, en medio de las circunstancias y bajo la dirección constante de la Iglesia jerárquica.

Por lo tanto, no existe oposición, ni siquiera un «hiatus» entre la teoría y la práctica. Si se objeta que la «tesis» no responde ya a las «aspiraciones modernas», él responderá que son esas aspiraciones precisamente por las que es necesario trabajar para modificarlas y reformarlas; la «tesis», él lo sabe, responde siempre a las aspiraciones profundas, a las necesidades esenciales de la humanidad. Sus derechos imprescriptibles no dependen en nada de la aceptación subjetiva de los individuos, es necesario, por tanto, recordarla siempre, hacerla brillar ante los ojos de todos y si en la práctica, no es siempre oportuno decir toda la verdad, jamás está permitido disminuirla o afirmar lo contrario. Por otra parte, el mejor medio de hacer amar y triunfar la «tesis» no es disminuirla o callarla, sino manifestar la verdad, la obligación, la belleza, poner de relieve como es deseable y realizarla en todo lo posible, confiando más en la fuerza de la verdad, el poder de Dios, que en pequeñas habilidades, las pobres astucias humanas.

Fas est et ab hoste doceri, (8) decía la sabiduría pagana; y a su vez, la Sabiduría Encarnada no duda en proponernos como ejemplo la prudencia de los hijos de este siglo. Bien que el ejemplo más perfecto de la aplicación de la “tesis” nos lo ofrece la Francmasonería moderna: ¡con qué perseverancia metódica, con qué astucia mezclada de audacia ha realizado sistemáticamente en nuestro país, esta secularización uni-versal cuyo plan satánico había elaborado desde mucho tiempo atrás, en sus logias tenebrosas! Su gran medio ha sido alcanzar los gobiernos mismos, y por ellos, la legislación entera. El colmo es que, es la realidad, muy a menudo, ha logrado hacer aceptar sus fórmulas, sus principios, a una parte de sus mismos adversarios, “Católico-liberales”.

Ya es tiempo, y urge, oponer a la intransigencia masónica, una prudencia, esclarecida por el Espíritu de Dios, Espíritu de fuerza y de verdad tanto como de amor.

No, nunca es inoportuno recordar la “tesis”, no; la práctica nunca debe separarse de los principios, debe comunicársela a la luz de los mismos. De la misma manera acomodaremos, como se dice, la Iglesia al siglo, pero sin sacrificar la verdad al error, los derechos de Dios a los caprichos o a las pasiones del hombre; esto se corregirá corrigiendo no la doctrina según los gustos del siglo,(9) de acuerdo al método liberal, sino reformando los gustos del siglo según las exigencias de la doctrina; es el método del buen sentido, el único que es católico, como también el único eficaz.(10)

b) El “Católico-liberal” no le atribuye más que un valor teórico a la enseñanza de la Iglesia. — El se considera en orden porque admite las enseñanzas pero no se cree obligado por eso a modificar su actitud práctica. Nuevo sofisma que el Padre E. Barbier refuta con estas palabras: “No, no es exacto atribuir sólo un valor especulativo o teórico a la enseñanza de la Iglesia y a los actos que considera oportunos o necesarios, y considerar las declaraciones de principios referidas a la doctrina más que a su aplicación, la tesis y no la hipótesis, los sistemas filosóficos o políticos y no las constituciones o la legislación existente.

La Iglesia tiene en cuenta las dificultades que plantea el estado actual de la Sociedad, pero Ella habla para recordar a todos, sobretodo a los católicos, la doctrina que no debe olvidar, la conducta a mantener en las circunstancias actuales, el plan que deben esforzarse en realizar; Ella los impulsa a aplicar, tanto como sea posible, la doctrina en los hechos...

Cuando la Iglesia hace conocer su poder y sus derechos, trata de verdades de orden práctico que pertenecen a la Moral. Son reglas de conducta para los gobernantes, los pueblos y los particulares. Relegarlos al dominio de lo ideal, bajo pretexto que no están dados para el mundo real, equivale a negarlos“.


c) El “Católico-liberal” confunde, con respecto a la tolerancia, el deber del Jefe de Estado y el del ciudadano católico. — La tolerancia es esencialmente un acto de prudencia política. Quien gobierne una comunidad a menudo está obligado a tolerar ciertos desórdenes para evitar un mal mucho mayor. La iglesia católica, Dios mismo, nos dan ejemplo. A su vez, el Estado tiene a veces el deber de tolerar ciertos errores, ciertos males, por ejemplo la existencia de sectas religiosas, teniendo en cuenta las exigencias del bien común, bien que no debe jamás dejar de proteger y defender la verdadera Iglesia.

Ahora bien, el ciudadano católico no tiene que practicar esa misma tolerancia. Por el contrario, bien que respetando los derechos justamente concedidos, él debe trabajar con todas sus fuerzas para extirpar el error, evitar su difusión, denunciar los males que produce, tener siempre presente la restauración integral de los derechos de Dios y de la Iglesia, dando testimonio y defendiéndolos con valor.

d) El “Católico-liberal” se imagina de buena gana que el derecho cristiano es pura quimera. — Esta ilusión, nacida para disculpar su dejadez, también procede de una falta de fe, de confianza en Dios. Lo que es imposible al hombre no es imposible para Dios. El progreso maravilloso de la Iglesia naciente a pesar de la formidable organización del paganismo lo ha probado bien claramente.

Nadie, por lo tanto, aun entre los más intransigentes, va a esperar que la Sociedad moderna encuentre su camino de Damasco y dar un brusco vuelo hacia la aceptación integral del Derecho Católico. ¿Es ésta una razón para dejar de trabajar por su triunfo, progresivo, aunque fuera lento? ¿Es acaso una razón para aceptar los principios que lo contradicen, por la preocupación de mantener la paz y la conciliación? “No conozco nada más peligroso —escribe Le Playque aquellos que propagan ideas falsas bajo el pretexto de que la Nación no querrá jamás renunciar a ellas. Si ella no cambia perecerá, pero ellos no es un motivo para acelerar esa decadencia adoptando el error. No hay otro camino de reforma que buscar la verdad y manifestarla sin reserva, pase lo que pase...”

Y además, diremos con el Cardenal Pie, ese derecho cristiano que ha sido durante mil años el derecho de Europa, ¿no puede nuevamente volver? Lo que en cambio es quimérico y realmente funesto es un orden social basado en el desorden, sobre el error, la libertad anárquica y sin regla que constituye en “nuevo derecho”.

Pero no acabaríamos nunca si tuviéramos que discutir uno por uno todos los sofismas mediante los cuales el “Católico-liberal” se esfuerza en justificar su culpable debilidad y paliar sus defecciones.

Concluyendo este parágrafo, podemos comprobar que el planteo “tesis-hipótesis” con demasiada frecuencia se convierte entre los “Católico-liberales” en una diferencia convencional y ficticia de su falta de fe y de sentido católico, volviéndose así equívoca y peligrosa, más apropiada a llevar al fracaso que a asegurar la victoria.

De esta manera, gracias a esta distinción, los “Católico-liberales” se consideran sólidamente protegidos y al abrigo de toda condenación. Al tiempo que aceptan la doctrina católica, la “tesis”, continúan tranquilamente practicando la “hipótesis”. Pero, he aquí que Pío XI acaba de condenar enérgicamente esta actitud en sí, bajo el nombre de “modernismo práctico”. “Los mismos, escribe el Santo Padre, que profesan esta doctrina cristiana, se contradicen en sus discursos, sus escritos, y en todas sus formas de vida, exactamente como si las enseñanzas y mandatos (de los Soberanos Pontífices) hubieran perdido su fuerza original, o hasta como si hubieran caído totalmente en desuso... Hay allí un nuevo género de modernismo moral, jurídico y social, que debemos tomar en cuenta y que condenamos con toda la fuerza de nuestra alma, lo mismo que el modernismo dogmático”.(11)


CUARTO. SEPARACIÓN DE LO PÚBLICO Y LO PRIVADO.
LAICISMO Y NEUTRALIDAD.

Estas dos nuevas distinciones inventadas por los “Católico-liberales” proceden del concepto moderno de “libertad de conciencia”.

El “Católico-liberal” no confiesa sin duda explícitamente que cada cual es libre de creer lo que quiera o de no creer, pero de hecho obra, por una especie de modernismo práctico, como si lo admitiera.

Algo infectado por el veneno naturalista y racionalista, le falta firmeza en la fe. En vez de apoyarse sólidamente sobre la evidencia de la verdad o de la autoridad de Dios, en lugar de considerar los rasgos auténticos y manifiestos de esta verdad que presenta el catolicismo, el “Católico-liberal” se siente tentado de creer que la verdad objetiva depende de la adhesión subjetiva de cada uno. Por consecuencia, trata de convencerse que él está en la verdadera Religión pero no está seguro de que los otros no lo estén un poco también. Entonces, estos últimos serían sinceros como él, creerían como él, estar en la verdad. Luego, no es el caso de imponer a los otros la creencia católica, ni tampoco captar en provecho exclusivo de la Iglesia Católica el poder del Estado, que por definición, debe asegurar imparcialmente el beneficio común de todos. Por tanto, la vida social debe ser organizada según un modus vivendi que no puede ser otro que la neutralidad oficial y la tolerancia universal. De tal manera, la falta de fe conduce a la “libertad de conciencia”, y por ella, al ateísmo social; no queriendo ya más que la verdadera Religión domine y dirija la Política o terminando en una política arreligiosa y antirreligiosa.

Era ya el error que Gregorio XVI denunciaba cuando escribía: “De esta fuente infecta del indiferentismo, proviene esa afirmación absurda y errónea, o mejor dicho, ese delirio de que es necesario asegurar y garantizar a cada uno la «libertad de conciencia»”.

No sujetándose ya lo suficiente a la Iglesia por su falta de fe, inclinándose demasiado al error por su preocupación obsesiva de conciliación y de paz, el “Católico-liberal” se encuentra conmovido, trastornado, hasta avergonzado cuando se lo acusa de intransigencia, de intolerancia. Entonces se encierra en sí mismo y allí encogido en su pequeña conciencia se cree seguro: yo, por mi parte, creo en la religión Católica, yo tengo razón, pero, usted no puede ser que no esté equivocado realmente, no puede admitir la doctrina protestante o budista. Y entonces, en su gran deseo de unión, no sale de su conciencia privada más que para afirmar valientemente, abiertamente, un vago idealismo cristiano (12) por encima de las diferencias de confesiones, considerando que él se eleva noblemente hasta un idealismo moral y social por arriba de todas las religiones.

Animado por el aplauso de los adversarios, propugna el “respeto mutuo de las convicciones religiosas y de las opiniones filosóficas”.(13) ¿Porqué no vivir, continúa, en una tolerancia recíproca, en amplia libertad? Olvidemos las luchas pasadas, los recuerdos penosos de la Inquisición y de la época del Terror, y garanticémonos mutuamente una paz tranquila en el derecho común, bajo la égida de un Estado, majestuosa y serenamente ubicado fuera y por encima de las diversas confesiones religiosas...

Aún si el “Católico-liberal” utilizara el concepto de «libertad de conciencia» para plantear un argumento ad hominem, a fin de concluir de allí que todo Católico es libre de creer y de practicar la Religión católica, que el Estado no tiene nada que ver en ello sino proteger esta libertad, esto sería parcialmente admisible, puesto que el argumento permanece equívoco y peligroso, y sería sin duda ineficaz. ¡Pero el “Católico-liberal” va mucho más allá! Piensa, el Estado no tiene en eso nada que ver, porque la cuestión religiosa es de orden “puramente confesional”, es decir, si yo comprendo bien, que no es de ninguna manera política, ni social, sino individual, que atañe a cada confesión religiosa, a cada conciencia, que se sujeta exclusivamente al fuero interno, dominio sagrado, prohibido al Estado. De donde se sigue que la Política está separada de la Religión y entonces, es independiente de ella. Sin duda, el individuo mantiene su derecho de creer y practicar la única verdadera Religión (y además se recuerda pocas veces esta muy grave y primordial obligación, “deber Supremo”, “el más santo de los deberes”, escribe León XIII), pero el Estado él, debe ser rigurosamente “neutral”, esencialmente “laico”.

Por lo tanto, el “Católico-liberal”, si trata de Política, sea en un diario, sea en un afiche electoral, si participa de cualquier manera en la dirección de asuntos públicos como diputado o ministro, consejero municipal o sub-prefecto, si pertenece a lo estatal u ocupa una cátedra en la enseñanza oficial, tendrá que desdoblarse: por un lado será el hombre privado, muy moral y piadoso, practicante, comulgará quizás varias veces por semana, muy obediente a su confesor y a su párroco; por otro lado será el hombre público perfectamente neutral, preocupado por no rozar o coartar la libertad de otro, tolerando una procesión religiosa con la condición de permitir una manifestación comunista, tratando todas las confesiones en un pie de igualdad absoluta, prácticamente independiente de la Religión, de la Iglesia, de Dios.(14)

¡Pero eso es “laicismo”!, objetará un crítico agudo; ¡es organizar la vida pública de acuerdo con las exigencias y provecho exclusivo de una doctrina determinada, la del ateísmo social! No, replicará nuestro complaciente “Católico-liberal”, usted confunde dos cosas muy diferentes: la neutralidad del Estado que es “laicidad”, con la intolerancia, la persecución religiosa, que es laicismo.

Es decir, continúa él con una elocuencia inagotable, el Laicismo que hace de la irreligión una especie de religión de Estado, lo reprobamos formalmente en nombre de la Libertad. Es una especie de clericalismo al revés y no queremos ni lo uno ni lo otro. “Detestamos la intolerancia cualquiera ella sea o venga de donde venga”, queremos todas las libertades y la libertad para todos.

La “laicidad”, por el contrario, pone al estado equitativamente fuera y por encima de las diversas confesiones religiosas; consiste en la “independencia recíproca de la Iglesia y del Estado y el respeto recíproco en la libertad”. El Estado ciertamente no debe ser “laicista”, pero en el estado actual de división profunda de las conciencias, debe ser “laico”, es decir, neutro, no ser hostil a ninguna confesión, sino dar prueba de imparcialidad benevolente con respecto a todas. Y agrega: esta parece ser la norma de un gobierno republicano basado en el sufragio universal; un gobierno absoluto sería necesariamente “clerical” en un sentido o en el otro.

En resumen, el “Católico-liberal”, respecto a los dos poderes, el civil y el religioso, no quiere ni confusión (antigüedad pagana), ni subordinación de lo religioso a lo civil (laicismo), ni predominio del poder religioso sobre el civil (teocracia y clericalismo), sino sólo separación, del mismo modo que dos poderes civiles independientes...

En cambio, la Iglesia, si rechaza la confusión de la religión con un partido político determinado y toda subordinación a ese partido, también rechaza, y no menos enérgicamente, la separación de la política y la religión: quiere por el contrario, que todos los partidos políticos acepten sus enseñanzas, y confirmen su doctrina y su proceder de acuerdo con ellas, quiere, y no lo oculta, cristianizar el Estado en las personas que lo constituyen y en su acción, cristianizar las instituciones y las leyes en nombre de los derechos de Dios y para el mayor bien de todos.(15)

El “Católico-liberal” no reconoce las enseñanzas de la Iglesia, ignora los derechos de Dios. Continúa preconizando la separación absoluta de la política y de la religión. “Las cuestiones confesionales, no tiene nada que ver con la política. Su introducción en este dominio que le está vedado, ha producido un mal enorme...”

¿Desconoce que Pío X denunció solemnemente su error en la Encíclica “Pascendi”?: “Por lo tanto, separación de la Iglesia y del Estado, del católico y del ciudadano. Todo católico, porque al mismo tiempo es ciudadano, tiene pues el derecho y el deber de buscar el bien público sin preocuparse de la autoridad de la Iglesia, sin tener en cuenta sus deseos, sus consejos, sus mandatos, hasta despreciar sus reprimendas, buscar el bien público de la manera propia, como estime mejor. Trazar y prescribir al ciudadano una línea de conducta bajo un pretexto cualquiera, es un abuso del poder eclesiástico, contra el cual es un deber reaccionar con toda fuerza...” (16)

Después de esto, ¿cómo no extrañarnos que semejante doctrina sea editada por una editorial católica, y profesada por un partido político reciente que se alaba de reclutar sus adherentes entre los católicos sobre todo en nuestras actividades juveniles, propagadas por un diario que dirige un sacerdote, típico “católico-liberal”?

Un joven periodista de talento criticaba hace algunos meses esta doctrina, sobre todo en su disparatada distinción entre laicismo y “laicidad”: “Para nosotros el Estado, escribía, sea cual fuere y en cualquier hipótesis, tiene deberes esenciales hacia Dios y hacia la forma de Religión que El ha establecido, la iglesia Católica. La «imparcialidad complaciente» que pone todas las creencias en un mismo rango, incluyendo por cierto las sociedades de libres pensadores, ateos y francmasones, si bien es preferible a la persecución, sigue siendo un mal radical e intolerable”.(17)

Sólo la Religión católica tiene en el Estado el derecho al “apoyo de las leyes y de la autoridad del Gobierno” (Pío VII); a lo sumo en el estado de división de conciencias, el Gobierno, de acuerdo con la Iglesia, está precisado a tolerar los cultos disidentes, y esto no en nombre de la libertad sino a causa de la exigencias del bien común.

“El Estado, escribe el R. P. de la Taille, tiene deberes para con Dios, el deber de reconocerlo, servirle y permanecer, según la expresión del Papa Pío X, unido a la Iglesia en casta alianza. La división religiosa así fuera tan grande como en los primeros días del imperio cristiano, o tan violenta como en las horas sacudidas por las herejías albigenses o las guerras de las religión, tan profunda como la de nuestra época, el Poder no puede dejar de cumplir un deber, el de dar a Dios lo que es de Dios. No debe tiranizar las conciencias pero sí debe mantener libre la suya. No debe suprimir ni restringir las libertades de las que gozan, por el interés mismo del bien público, los cultos disidentes, pero debe proclamar su propia obligación de fidelidad a la de fe de Cristo; porque no es el mandatario del pueblo pretendidamente soberano; él es ante todo, el representante y delegado por Dios para el bien temporal de los gobernados”.

Todo esto está lejos, bien se ve, de la pobreza incoherente, de las distinciones fantasiosas del “catolicismo-liberal” frente a la doctrina a la vez tan firme y tan clara de la Iglesia; tan firme en su noción de “Religión de Estado” por la cual “pide que el Estado reconozca y proteja la verdadera religión sin exigir por otra parte que se imponga la creencia y la práctica”; tan clara y razonable en su concepto de tolerancia por la cual, sin pretender la exclusión de los cultos disidentes, ni admitir la igualdad con ellos, quiere que el Estado cristiano, reconozca la divina misión de la Iglesia, tolere al menos en el país sin cooperar en ella, la práctica de los cultos disidentes que tiene adquiridos los derechos de esta tolerancia. Es la única manera de respetar la verdad sin dañar el bien común, de salvaguardar a la vez los derechos de Dios y el interés de las almas.(18)

NOTAS:
(1)
Cfr. las teorías del “L’Avenir”.
(2) Civiltà Cattolica, 17 de octubre de 1863.
(3) Barbier, I, pág. 60.
(4) Padre Klein, en Nuevas tendencias en religión y literatura, año 1898.
(5) No sin admiración encontramos recientemente esta oposición en la revista “Sacerdote y Apóstol”, con la firma de “Pastor”. ¿No sería mejor, para evitar toda confusión, volver al lenguaje preciso de la Escolástica? La “tesis” sería entonces: • la causa final (motriz), el fin amado que se debe alcanzar por los medios convenientes; • la causa formal extrínseca (directiva), el modelo, el ejemplar, el ideal que dirige al agente en su actividad. — La teoría ofrecería el fin, los medios y las reglas más o menos generales de aplicación: dominio de la ciencia. — La práctica elegiría los medios y realizaría el ideal del mejor modo según las circunstancias de hecho: dominio de la prudencia y también de la “hipótesis”.
(6) “Es evidente, escribe el Padre Barbier, que sería exagerado e imprudente reclamar la afirmación íntegra de los principios directores de la política cristiana en toda manifestación de la acción social y política. Un programa electoral, una discusión parlamentaria, comportan necesariamente algunos miramientos y ciertas transacciones. Pero si hay un tiempo para la discreción y el silencio, hay también un tiempo para hablar, pues el silencio completo equivale a un abandono: si hay que realizar concesiones en la práctica, hay principios que hay que mantener siempre, porque son la fuente del derecho que no puede prescribir”. “Baste decir, escribe a su vez el R. P. de la Taille, que no hay que buscar en el abandono de los principios y menos aún en su alteración, el secreto de este temperamento que sabe no pedir a la tesis nada más que lo que comporta la hipótesis. Si hay que hacer sacrificios, no deben recaer sobre los principios ni, por consiguiente, sobre el ideal de porvenir, sino sólo sobre el ejercicio de un derecho o de una prorrogación cuyo abandono temporal viene exigido por el interés público”. Y estas transacciones prudentes no han de ser, en resumen, más que una manera mejor de hacer triunfar la misma “tesis”.
(7)“Para las cosas que se quieren como medios, toda la razón de preferirlos se saca del fin” (Santo Tomás).
(8) “Es preciso aprender del enemigo”.
(9) Podríamos aplicar en este sentido las palabras de San Pablo: “Nolite confirmari huic sæculo” (Rom. 12 2: No os acomodéis a este siglo).
(10) Para comprender mejor y rectificar la distinción “tesis-hipótesis”:
1º Orden de la Especulación: Comprende las verdades en la contemplación en las cuales el espíritu descansa; las verdades se define “per conformitatem ad appetitum rectum” (la conformidad del intelecto a la cosa). Las más generales las provee la Sabiduría, ya natural (la metafísica), ya sobrenatural (la Teología especulativa).
2º Orden de la práctica: Comprende primero las verdades que el espíritu utiliza para realizar una obra; ellas se definen “per conformitatem ad appetitum rectum” (conformidad al apetito recto), es decir, por su conformidad a la voluntad previamente rectificada por el amor al verdadero fin. Ellas constituyen la ciencia práctica. Esto por otra parte, supone diversos grados. En efecto, se distinguen:
a) La ciencia especulativo-práctico: jerarquía de los fines a querer; principios generales de acción y conclusiones universales (Moral general, filosofía y Teología del Derecho).
b) La ciencia práctica: los principios cada vez más particulares y sus conclusiones (Moral particular, Pastoral, Casuística, Derecho...).
c) El dominio de lo práctico-práctico: de lo individual operable. Y aquí, al no haber nada universal, no hay ciencia. Es el dominio de la prudencia, encargada de dirigir la realización del fin que se quiere lograr, utilizando los medios adecuados, iluminados por los principios y según las exigencias de las circunstancias.
La “hipótesis” y la práctica en el sentido moderno se avendrían sobretodo a lo “práctico-práctico”, quedando el resto a la “tesis” y a la “teoría”.
(11) Ubi Arcano, 1922.
(12) También Pío X, refiriéndose a los Sillonistas, pudo hablar de “fantasías sociales”, de esos “idealistas irreductibles”, de su “idealismo generoso”.
(13) Padre Lemire, Officiel del 15 de febrero de 1911.
(14) “Algunos católicos, y no pocos, osan limitar el poder divino, pretendiendo depender de él en su vida privada, pero no en su vida pública. Por eso pactan tan fácilmente con nuestros hermanos enemigos en el terreno de la política religiosa. ¡A cuántos desastres llevan esos compromisos!” (Cardenal Andrieu, 1922).
(15) Esto es lo que, por un sofisma engañoso, es llamado “ingerencia y dominación clerical”.
(16) Es curioso comparar este texto de Pío X y este otro del señor Desgrées du Lou en “Ouest-Eclair”, al día siguiente de la condena del “Sillon”: “…Que el teólogo medite Santo Tomás, que el Obispo gobierne su diócesis y el cura su parroquia...: es su tarea, no es la nuestra. Como así es la nuestra, y en absoluto la suya, dar a la política del Ouest-Eclair la dirección que nos parece mejor, la más inteligente, la mejor adaptada a su objetivo, la más conforme a los intereses de la Patria y de la República…”
(17) “Respetar por igual todas las Religiones, por parte del Estado, es un despropósito y un crimen; pues es respetar por igual la verdad y el error, el bien y el mal, la santidad y la podredumbre moral, el verdadero progreso y la decadencia mortal. Respetar todas las Religiones es formalmente el ateísmo” (León XIII, encíclica Libertas).
(18) No es inútil recordar aquí dos cánones de un proyecto acerca de la Iglesia, que debía ser presentado a los Padres del Concilio Vaticano: • Canon VI. “Si alguno dijere que aquella intolerancia por la cual la Iglesia católica proscribe y condena todas las sectas separadas de su comunión, no es una proscripción de derecho divino; o que no es posible tener certidumbre, sino solamente opiniones sobre la verdadera religión; y que, por consiguiente, todas las sectas religiosas deben ser toleradas por la Iglesia, sea anatema”. • Canon XX. “Si alguno dijere que la ley política o la opinión pública es, para los actos públicos y sociales, la suprema norma es la conciencia; o bien que no se extiende a estos mismos actos el juicio de la Iglesia por el que pronuncia su licitud; o también que el derecho civil puede hacer lícito lo que es ilícito por derecho divino o eclesiástico, sea anatema”.