LIBERALISMO
Y CATOLICISMO
- novena parte -
por el Padre Roussel
“… Los errores
modernos envenenan de tal modo la atmósfera que respiramos, que los mejores
fieles de la Iglesia se contaminan. Las costumbres de laicización de
la Sociedad, de indiferentismo religioso, de liberalismo en todos los campos,
son tales, que nos cuesta mucho acoger la verdad en toda su integridad, verdad
que nos viene de la sana filosofía y de la fe católica…”
“… El libro del Padre Roussel: Liberalismo y Catolicismo, da una
perfecta idea del Liberalismo y del peligro que supone el Catolicismo liberal,
que proliferó con motivo del ralliement, se desarrolló con el
Sillonismo, el modernismo, el progresismo, para triunfar con ocasión
del Concilio Vaticano II, y destruir finalmente todo lo que quedaba de específicamente
católico en la fe, la moral, la Liturgia, las instituciones de la Iglesia,
por la aplicación del espíritu ecuménico y democrático.
“De ahí la importancia de conocer bien lo que los Papas pensaron
sobre el Liberalismo y sus sucedáneos. Su resistencia tenaz y valiente
frente a este ataque apocalíptico es también nuestra resistencia.
Sus argumentos son nuestros argumentos. Puesto que este ataque tiene como fin
la destrucción del orden natural y sobrenatural, la defensa contra él
se ha de basar en los principios fundamentales de estos órdenes natural
y sobrenatural, y, por consiguiente, en principios inmutables y eternos como
Dios mismo, autor de estos dos órdenes…”
(Extractos del curso consagrado al “Magisterio de la Iglesia”,
del año 1979-1980, por Monseñor Marcel Lefebvre)
- Sección Tercera-
- Las relaciones de la Iglesia y el Estado según
el “Católico-liberal” -
La incoherencia fundamental del “Católico-liberal” se manifies-ta más aun cuando se dedica a tratar las relaciones de la Iglesia y el Estado. Sobre este tema que le atrae particularmente, despliega todos los recursos de su talento, que es grande, y de su maleabilidad, que es infinita. Pero en ello también su punto de partida es falso e ilusorio; quiere la paz a todo precio, aun si es en detrimento grave de la Iglesia y de las almas. Para comenzar no más, desconoce el plan de Dios en el mundo o no hace de él ninguna cuenta; la dignidad de la persona humana, el respeto de su sagrada libertad no le deja ver, de ordinario, los derechos de Dios y de la Iglesia. Por otra parte, concibe un Estado muy encumbrado como el ejecutivo de una democracia a la manera de Rousseau, leído a través de Lamennais, y no según la verdadera filosofía como el representante de la autoridad divina y órgano del bien común. No teniendo por tanto una idea exacta ni de la Iglesia ni del Estado, le es totalmente imposible determinar convenientemente sus relaciones mutuas, y termina entonces en soluciones equívocas y confusas, en compromisos y transacciones que resultan perjudiciales a la Iglesia y, por contraparte, al mismo Estado.
PRIMERO: LA DOCTRINA CATÓLICA.
EL PLAN DIVINO.
El hombre creado por Dios, elevado por El a la vida sobrenatural,
caído como consecuencia del pecado original, rescatado y restaurado a
su dignidad primera por Jesucristo constituido nuestro único mediador,
llamado a la visión intuitiva en Jesucristo y por Jesucristo: tales son
las verdades primeras que aparecen desde un comienzo en el plan de Dios sobre
el hombre. La Iglesia ha sido instituida por Jesús para continuar la
obra de la Encarnación y de la redención: El mismo la ha enviado
a todas las Naciones a cumplir esa misión, para volver al redil a las
ovejas descarriadas, perdidas en el error y el vicio a fin de reunirlas como
miembros revivificados en la unidad del Cuerpo místico de Jesús.
De tal manera, diríamos, el papel de la Iglesia es completar y realizar
a Jesús en este mundo en sus miembros predestinados. Cuando esta obra
esencial esté cumplida, los tiempos también habrán ya pasado
y ese será el fin del mundo.
La Iglesia es entonces una sociedad espiritual, de derecho positivo
y divino, continuando al Verbo Encarnado, que tiene por fin esencial la salvación
de las almas y la felicidad eterna. Para cumplir ese fin, la iglesia a recibido
del Hombre-Dios, la conveniente organización y los poderes necesarios
que hacen de Ella una sociedad perfecta, legislativa, judicial y ejecutiva.
Su dominio inmediato es el de las almas y los intereses espirituales; pero se
extiende también al cuerpo y a los intereses temporales en la medida
que ellos tocan a los primeros, y de esta medida sólo la Iglesia es Juez.
El Estado es una sociedad temporal, fundada en las exigencias y las
necesidades de la naturaleza humana; es de derecho natural divino y positivo
humano. Su fin es el bien común temporal de los ciudadanos, que consiste
en el respeto y la seguridad de los derechos (paz) y abundancia suficiente de
los bienes necesarios o útiles a la vida humana (prosperidad). Para lograr
eficazmente su fin, el Estado a recibido de Dios, su Autor, la autoridad soberana.
Su dominio y sus poderes, sus derechos y deberes son entonces determinados,
en cuanto su principio, por la autoridad recibida de Dios, y en cuanto a su
fin, por el bien temporal común de la sociedad civil a la cual preside.
Independientes y soberanos en sus dominios respectivos, estos dos poderes no
pueden sin embargo, no enfrentarse a cada momento: ambos tiene por súbditos
los mismos sujetos; la Iglesia alcanza lo corporal por el alma, y la política
por la mora y la Religión; el Estado llega al alma por el cuerpo, y ala
moral y la Religión, elementos principales del bien común, por
la política. De ahí las relaciones inevitables y necesarias. Están
determinadas por el origen, la naturaleza y el fin de las dos sociedades. Desde
todo punto de vista, la Iglesia tiene la supremacía: al Estado corresponde
estar subordinado a la Iglesia, como el cuerpo al alma, como la razón
a la fe; bien que su fin no es en absoluto el mismo, ni ordenado al fin de la
Iglesia, pero no se debe oponer a él; más aun, tendiendo a su
propio fin, ha de favorecer con prudencia aquel que es superior, el de la Iglesia,
según sus deseos y necesidades. Por lo tanto, la legislación civil
ha de estar en perfecta armonía con la de la Iglesia, de la misma manera
que la práctica política debe inspirarse en su espíritu
y regularse según la actitud de Ella. En este sistema de relaciones bien
ordenadas según el derecho público de la Iglesia, el Estado es
un Estado cristiano, la iglesia tiene una situación preponderante y privilegiada,
todos los derechos están asegurados, todos los fines están asegurados
y el hombre, ubicado, protegido y guiado por las dos sociedades soberanas, bien
que subordinado el Estado a la Iglesia, marcha con seguridad directo hacia su
felicidad eterna; el Evangelio gobernando los Estados significa para el mundo,
la paz de Cristo en el reino de Cristo Rey.
Tal es el ideal de orden y armonía fundado sobre la voluntad
de Dios y la naturaleza de las cosas. No importa cuales sean las circunstancias,
la Iglesia lo proclama invariablemente y tiende a ello sin cesar, con una fuerza
y una prudencia completamente sobrenaturales.
SEGUNDO: LA REALIDAD SEGÚN
LA HISTORIA
La conducta de los Estados, por el contrario, a variado mucho en el transcurso
de las edades; con los Césares paganos, el Estado implantó la
persecución sangrienta; con los Césares apóstatas o herejes,
la persecución hipócrita. Este régimen de absorción
y de persecución de la Iglesia por el Estado, se vuelve a encontrar
en las épocas de la Revolución protestante, en diversos países
de misión, y con la Revolución de 1789.
Bajo la influencia del “filosofismo” y del “Racionalismo”
se inventa en el siglo XIX el sistema de la Separación absoluta de
la Iglesia y el Estado: los dos poderes deben vivir juntos, sin ocuparse
uno del otro, ni interesarse en su conocimiento. Es el ateísmo político
y social del Estado, negación del Derecho esencial de Dios, de Jesucristo,
negación de toda política cristiana, tan perjudicial al Estado
como a la Iglesia misma. Es en cierto modo, un sistema más pernicioso
que el anterior, porque aquél producía gloriosos mártires,
éste, no hace sino apóstatas.
En ocasiones, sin embargo, el Estado comprende su deber ante la Iglesia, pone
su política y su legislación de acuerdo con su enseñanza,
le otorga una eficaz protección fecunda en bienes: esto produjo
la inserción del derecho divino en el derecho público de los pueblos.
La Iglesia recuerda con reconocimiento a Constantino el Grande, a Teodosio,
a Carlomagno, a San Luis, Fernando, Esteban o Eduardo, y en época reciente,
al gran Presidente de un pequeño país, a García Moreno.
Desgraciadamente esta protección degenera a veces y se vuelve opresiva
y corruptora; hay que reconocer que esos abusos que permiten sin embargo subsistir
grandes bienes, no se deben al sistema de la subordinación indirecta
del Estado a la Iglesia en sí, sino a una aplicación defectuosa
por el Estado de esta excelente teoría.
En la actualidad, a causa de la profunda división de las conciencias,
se ha tenido que establecer el régimen de la libertad civil de cultos
o tolerancia. “La libertad civil de cultos, es la facultad que el
Estado otorga a los ciudadanos de elegir su propia religión y de practicarla
con toda la seguridad de la protección de las leyes”. Para determinar
el alcance de esta tolerancia y precisar su propia situación legal, la
Iglesia establece, de acuerdo con la autoridad civil, Concordatos o, sin tratar
de igual a igual, sin renunciar a ninguno de sus derechos, hace concesiones,
a veces muy grandes, para evitar un mal mayor y obtener un mayor bien. En esto,
la Iglesia tiene en cuenta un objetivo bien definido, su fin esencial, la salvación
eterna de las almas, es decir, no hace sino plegarse prudentemente a las circunstancias
y sacar el mayor partido posible de lo que es, tendiendo siempre a lograr aquello
que debe ser. Pero mientras dure el Concordato, la Iglesia se mantiene fiel
a sus estipulaciones, mientras que le Estado por el contrario, no se inquieta
si las viola o abusa de ellas (por ejemplo en el caso de nominación de
Obispos).
TERCERO: LA ACTITUD DEL “CATÓLICO-LIBERAL”.
LA TESIS Y LA HIPÓTESIS.
Lleno de añoranzas y de las doctrinas de la Revolución más
que de las enseñanzas de la fe católica, el “Católico-liberal”
admite francamente de entrada y como el ideal, el régimen llamado de
“las libertades modernas” o del ateísmo político
y social, surgido del Racionalismo.(1)
Pero Gregorio XVI y Pío IX condenaron sin cesar y sin atenuantes ese
sistema de la separación absoluta que desligaba al Estado de todo deber
con respecto a Dios y a la Iglesia y conducía por otra parte, por la
indiferencia a la persecución.
Sin embargo, Montalembert, antiguo discípulo de Lamennais, retoma en
Malinas (1863) la tesis liberal en la fórmula “la Iglesia libre
en el Estado libre”. Aplaudido por los liberales, el orador se encontró
bajo la amenaza de una condenación de Roma. Fue entonces que para salvarlo,
el Padre Curci inventó la famosa diferencia entre la tesis y la hipótesis.(2)
“Las libertades modernas, si se las plantea como tesis, es decir,
como principios universales, aplicables a todos los tiempos y a todos los países
fundados sobre la naturaleza humana en sí misma y sobre el plan divino,
son absolutamente condenables. Pero a título de hipótesis, es
decir, como disposiciones apropiadas a la situación especial de determinado
pueblo, pueden ser legítimas y los católicos pueden elegirlas
y defenderlas...”
Esta fue para los “Católico-liberales” la salvación.
En 1864, la publicación del Syllabus los deja en la confusión,
y entre ellos Monseñor Dupanloup retomó la distinción
“tesis-hipótesis”, y demostró que el documento pontificio
no se refería más que a una sociedad ideal que nunca existió
y que no debía cambiar la actitud del “Católico-liberal”
porque ellos no se encontraban sosteniendo el caso como tesis sino como pura
hipótesis. Esta explicación del Syllabus, respetuosa
en la forma, en el fondo lo reducía a algo de poca importancia por no
decir ninguna. También Montalembert pudo hablar al respeto “de
elocuente prestidigitación”. Pero Pío IX no se engañó
y aún con los cumplidos que brindó al obispo, expresó para
terminar, “su propósito de dar con más precisión
y detalle el verdadero sentido de este acto por el que había refutado
las interpretaciones erróneas con la mayor energía”.
A partir de ese momento, los “Católico-liberales” se sintieron
plenamente tranquilizados. Aceptaron la doctrina, la tesis, pero se mantuvieron
exclusivamente en el dominio de la hipótesis en la que se consideraron
como jueces soberanos infalibles. Ninguna condenación pontificia podía
ya alcanzarlos. “Se consideraban disculpados y en regla con la Iglesia
porque aceptan su doctrina teóricamente; disculpados y justificados de
la igual manera de dejar de lado la prohibición, sacrificada en el terreno
de la acción en donde esquivaban el deber de afirmarla. Bajo el pretexto
de que se ocupan de lo relativo y de lo concreto, se apartan de lo que llaman
a designio, lo absoluto, lo ideal..., se parapetan en la hipótesis y
no se preocupan de la tesis”.(3)
Así, poco a poco, la tesis es relegada al mundo ideal, y pronto
al de la quimera, de la utopía, completamente separada del mundo real.
Desde entonces, ellos se comportan de hecho como si no existiera. Se ven pues
católicos, oradores, participar con gusto en congresos eclesiásticos
de toda clase, proclamar abiertamente que el régimen de excepciones,
privilegios, de inmunidades ha terminado; no queremos más dicen, “que
la libertad y la igualdad en el derecho común”, y agregan
con ingenua confianza: “Esto es la conclusión lógica
de la libertad de conciencia predicada por la tercera República”.
Ingenua confianza, pues los desdichados parece que ignoran que la francmasonería
que nos gobierna no busca otra cosa que conducir a la Iglesia, someter a
los católicos, al derecho común, utilizando precisamente el nombre
de la libertad de conciencia. Pero por “derecho común”
ellos entienden un sistema donde todo derecho deriva únicamente de la
voluntad general, del pueblo soberano, del Estado fuerte y medida de todo derecho...,
y por “libertad de conciencia” el derecho a la incredulidad, al
ateísmo, ¡lo que va directamente contra la Religión del
Estado y la Política cristiana!
Así, el “Catolicismo-liberal” se imagina acordar con el adversario
francmasón, porque utiliza las mismas palabras. ¿Puede uno engañarse
tan burdamente? ¿Puede ser que sólo se vanaglorien de lograr,
mediante un hábil argumento “ad hominem”, que el
adversario disminuya en algo sus pretensiones? Pero, por desgracia, a causa
de la misma debilidad de su posición intelectual, será precisamente
él, el Católico demasiado liberal, el que será constreñido
a sacrificar algunos de sus principios necesarios; será él mismo
quien caerá en la trampa que creyó tender correctamente.
Sea como fuere, en esto se encuentra una de las formas más peligrosas
del liberalismo en materia religiosa, que consiste en querer sustituir el derecho
católico por un derecho común equívoco.
En virtud de sus principios, libertad, igualdad, soberanía del pueblo,
los “Católico-liberales” no quieren ni oír hablar
de la “Religión del Estado”. Al contrario, ellos admiten
con gusto la libertad de cultos sin distinción, no llegan a ocultar sus
preferencias por la separación de la Iglesia y del Estado, admitiendo
por lo demás, con F. de Lamennais, la unión de la Iglesia y la
Democracia.
La aventura de los “Cardenales verdes” está todavía
en el recuerdo de todos. Pero Pío X y los cardenales rojos, mejor informados
de los Derechos de Dios, de los derechos y necesidades de la Iglesia y de la
sociedad, que los teólogos de circunstancia de la Academia, de la Revista
de Dos mundos y del Correspondant, que pasaron por alto sus reproches:
la ley de separación, en su fundamento y en su enunciado, fue solemnemente
condenada (1906).
A pesar de todo, nuestros “Católico-liberales” no se dieron
por vencidos. Si ellos admitiesen tan sólo que el régimen de la
separación es preferible al régimen de opresión violenta
y de persecución, o, accidentalmente, al régimen de concordato
interpretado y aplicado por un gobierno hostil a la Religión, podríamos
entendernos. Pero el caso es que van mucho más allá. Sin duda,
reconocen que la unión de la Iglesia y del Estado sería preferible
en principio; pero, en los hechos, no es así. Por eso, si se trata de
historia por ejemplo, siguen insistiendo con energía en los graves inconvenientes
de la protección de la Iglesia por el Estado (al menos si ese Estado
reviste forma de monarquía absoluta), callando cuidadosamente las ventajas
de ello, y haciendo resaltar vivamente, por el contrario, los inmensos beneficios
de la libertad y de la separación. Las “aspiraciones modernas”
agregan, exigen cada vez más y manifiestamente tal “modus vivendi”:
“sin ocuparse más de tesis absolutas, cuya aplicación
es reconocida como imposible, (los católicos) no reclaman para sí
o para la Iglesia sino la igualdad en la libertad, y están resueltos,
para el día en que su causa triunfare, a nunca poner a sus adversarios
fuera del derecho común”.(4)
Por nuestra parte, diremos que, sin duda, se puede entender correctamente
la distinción “tesis-hipótesis”, a condición
de que, por ejemplo, se entienda por «tesis» la teoría que
esclarece el fin, que es la médula, y por «hipótesis»
la práctica, los medios; a condición de no separarlos, sino al
contrario, mantenerlos indisolublemente vinculados, haciendo de la teoría
la luz, la dirección, el fin de la acción, de la práctica,
y de allí la aplicación prudente y progresiva de la teoría
en las circunstancias que se produzcan; a condición también de
reconocer que en definitiva es siempre la Iglesia jerárquica la que conserva
el derecho supremo de juzgar aun esta aplicación prudente; en resumen,
a condición (que resume todas las demás) de tener un espíritu
limpio de todo liberalismo.
Pero, precisamente, el “Católico-liberal” corrompe y mezcla
todo, teoría y práctica, como también sus relaciones:
a) Separa la teoría de la práctica. — Para nosotros
y según el lenguaje de la Escuela, la “tesis” no
es más que la forma que, querida primero como fin,
ha de realizarse cada vez más en una materia que debe ser dispuesta
cada vez mejor; la sabiduría nos hace conocer la jerarquía
de los fines que hay que querer, la ciencia especulativo-práctica
nos provee la teoría de los medios que hay que emplear para
alcanzarlos, la prudencia nos ilumina sobre el uso inmediato de los
mejores medios a emplear para mejor realizar “hic et nunc”
el fin constantemente querido. De esta manera, todas la causas están
concertadas para contribuir desde la pura especulación hasta la humilde
realización práctica, todo se encadena.
El “Católico-liberal” separa el fin y los medios, la teoría
y la práctica; peor todavía, los opone hasta hacerlos incompatibles.
Para él, la “tesis” es el “ideal” imposible,
el absoluto quimérico, el abstracto irreal; la “hipótesis”
es el “posible”, lo concreto, lo real. Tiene la manía de
ciertas oposiciones fantasiosas (5):
así como opone autoridad y libertad, pretende gustoso que los partidarios
de la «tesis» son incapaces de apoyar a la “hipótesis”;
que quienes son especulativos no pueden ser prácticos, que no tienen
ningún sentido de las realidades, que la intransigencia doctrinal no
sabría relacionarse con la prudencia del obrar. Así reserva para
la bienaventurada eternidad el triunfo absoluto de los principios y la realización
integral de la «tesis católica», y, en su esfera, encierra
y colecciona los errores con una continuidad que sería emocionante sino
fuera ante todo desoladora. No quiere ver que entre el olvido de la tesis
y su realización inmediata y completa está el medio, “justo”
esta vez, que consiste en quererla constantemente, tender a ella y realizarla
lo mejor posible en la circunstancias que se nos dan. En lugar de plantearse
primero la «tesis», es decir, el fin al que se aspira y las reglas
generales y particulares de su aplicación que provee la teoría,
para enseguida afirmarla francamente y realizarla prudentemente, él se
encierra en la complejidad obscura de los casos individuales, e hipnotizado
por las dificultades prácticas de la “hipótesis”,
llega a minimizar o hasta disimular la “tesis”; de tal manera que,
ya no es la teoría que regla la práctica, sino la práctica
que condiciona la teoría.
El “Católico-liberal” no puede siquiera soportar que, por
ejemplo, se enuncien las conclusiones del Derecho público de la Iglesia;
y confundiendo sus afirmaciones necesarias con una realización inme-diata
y brutal, las considera a la ligera como «tesis exageradas»,
buenas a lo sumo para los Seminarios, pero inaplicables a la realidad.(6)
Y continúa: en principio, sólo la verdad posee los derechos, en
la práctica la libertad general sacará más provecho que
de la protección a la verdad; la teoría es la unión de
la Iglesia y el Estado, en la práctica, hay que atender a la separación;
el derecho católico sería evidentemente más hermoso, pero
en la realidad el derecho común, más conforme a la mentalidad
moderna, producirá frutos más sustanciales y tangibles, y pondrá
por añadidura en evidencia la vitalidad divina de la Iglesia...
De tal manera, el “Católico-liberal” se ocupa en el fondo
de la teoría, pero es una teoría falsa que pretende sustituir
a la del buen sentido y la de la Iglesia. A fuerza de razonar de esa manera,
desconoce, olvida y desprecia la «tesis»; ya no sabe lo que quiere,
ni quiere ya más lo que debe. No sabiendo qué es lo que debe admitir
y mantener, lo que debe rechazar y combatir, preocupado además por la
conciliación a toda costa, se encuentra en el camino de las capitulaciones,
que llevan fatalmente a renegar y a la traición.
Santo Tomás, nuestro guía, ignora la distinción “tesis-hipótesis”.
Conoce solamente el intelecto especulativo que contempla la verdad, el intelecto
práctico que ordena la verdad a la acción, de la cual las apreciaciones
determinan y reglan volición y acción: el fin conveniente una
vez conocido y amado eficazmente (intención), determina la acción
juiciosa y el uso prudente de los medios (elección). Pero él,
no comprendería que se separen los medios del fin, la prudencia (regla
de los actos concretos) de la ciencia (principios más o menos universales
de la acción), la práctica de la teoría.
Un comerciante quiere obtener beneficios: éste es el fin; busca los mejores
medios para realizar ese fin: esta es la teoría. Fin y teoría,
esto será su «tesis». No cesará él de tenerla
en cuenta, de amar ese fin y de ilustrarse a la luz de la teoría, cuando
quiera lanzarse a la práctica, aplicarse a la ejecución. Así,
su prudencia, iluminada por su ciencia y teniendo en cuenta las circunstancias
del momento, realizará, poco a poco, metódicamente, progresivamente,
el fin primeramente querido. Sería temeridad en él desentenderse
de las circunstancias de hecho, y sería más una locura, despreciar
los principios de la Economía, y absurdo puro, renunciar a su fin [7].
De la misma manera el sacerdote, movido por el amor de Dios y de las almas,
quiere ante todo, someter a los individuos, familias, naciones, bajo el dominio
necesario y bienhechor de Jesucristo. Ese es el fin con el cual él evalúa
sin cesar la obligación, mide la extensión, está atento
a la mejor adquisición. Para lo cual le hace falta saber dos cosas: por
una parte, los derechos de Dios, de la Iglesia, el ideal de la ciudad cristiana,
por otra, las necesidades del hombre, las condiciones psicológicas, históricas...
en que se encuentra. Armado con este conocimiento, fortalecido por el amor,
no cesará con una santa intransigencia y una caridad prudente, de recordar
los principios salvadores, de promover la ciudad cristiana, hacerla realidad
siempre más en los hechos, en medio de las circunstancias y bajo la dirección
constante de la Iglesia jerárquica.
Por lo tanto, no existe oposición, ni siquiera un «hiatus»
entre la teoría y la práctica. Si se objeta que la «tesis»
no responde ya a las «aspiraciones modernas», él responderá
que son esas aspiraciones precisamente por las que es necesario trabajar para
modificarlas y reformarlas; la «tesis», él lo sabe, responde
siempre a las aspiraciones profundas, a las necesidades esenciales de la humanidad.
Sus derechos imprescriptibles no dependen en nada de la aceptación subjetiva
de los individuos, es necesario, por tanto, recordarla siempre, hacerla brillar
ante los ojos de todos y si en la práctica, no es siempre oportuno decir
toda la verdad, jamás está permitido disminuirla o afirmar lo
contrario. Por otra parte, el mejor medio de hacer amar y triunfar la «tesis»
no es disminuirla o callarla, sino manifestar la verdad, la obligación,
la belleza, poner de relieve como es deseable y realizarla en todo lo posible,
confiando más en la fuerza de la verdad, el poder de Dios, que en pequeñas
habilidades, las pobres astucias humanas.
Fas est et ab hoste doceri, (8)
decía la sabiduría pagana; y a su vez, la Sabiduría Encarnada
no duda en proponernos como ejemplo la prudencia de los hijos de este siglo.
Bien que el ejemplo más perfecto de la aplicación de la “tesis”
nos lo ofrece la Francmasonería moderna: ¡con qué
perseverancia metódica, con qué astucia mezclada de audacia ha
realizado sistemáticamente en nuestro país, esta secularización
uni-versal cuyo plan satánico había elaborado desde mucho tiempo
atrás, en sus logias tenebrosas! Su gran medio ha sido alcanzar los gobiernos
mismos, y por ellos, la legislación entera. El colmo es que, es la realidad,
muy a menudo, ha logrado hacer aceptar sus fórmulas, sus principios,
a una parte de sus mismos adversarios, “Católico-liberales”.
Ya es tiempo, y urge, oponer a la intransigencia masónica, una prudencia,
esclarecida por el Espíritu de Dios, Espíritu de fuerza y de verdad
tanto como de amor.
No, nunca es inoportuno recordar la “tesis”, no; la práctica
nunca debe separarse de los principios, debe comunicársela a la luz de
los mismos. De la misma manera acomodaremos, como se dice, la Iglesia al siglo,
pero sin sacrificar la verdad al error, los derechos de Dios a los caprichos
o a las pasiones del hombre; esto se corregirá corrigiendo no la doctrina
según los gustos del siglo,(9)
de acuerdo al método liberal, sino reformando los gustos del siglo según
las exigencias de la doctrina; es el método del buen sentido, el único
que es católico, como también el único eficaz.(10)
b) El “Católico-liberal” no le atribuye más que
un valor teórico a la enseñanza de la Iglesia. — El
se considera en orden porque admite las enseñanzas pero no se cree obligado
por eso a modificar su actitud práctica. Nuevo sofisma que el Padre E.
Barbier refuta con estas palabras: “No, no es exacto atribuir sólo
un valor especulativo o teórico a la enseñanza de la Iglesia y
a los actos que considera oportunos o necesarios, y considerar las declaraciones
de principios referidas a la doctrina más que a su aplicación,
la tesis y no la hipótesis, los sistemas filosóficos o políticos
y no las constituciones o la legislación existente.
La Iglesia tiene en cuenta las dificultades que plantea el estado actual de
la Sociedad, pero Ella habla para recordar a todos, sobretodo a los católicos,
la doctrina que no debe olvidar, la conducta a mantener en las circunstancias
actuales, el plan que deben esforzarse en realizar; Ella los impulsa a aplicar,
tanto como sea posible, la doctrina en los hechos...
Cuando la Iglesia hace conocer su poder y sus derechos, trata de verdades de
orden práctico que pertenecen a la Moral. Son reglas de conducta para
los gobernantes, los pueblos y los particulares. Relegarlos al dominio de lo
ideal, bajo pretexto que no están dados para el mundo real, equivale
a negarlos“.
c) El “Católico-liberal” confunde, con respecto a la
tolerancia, el deber del Jefe de Estado y el del ciudadano católico.
— La tolerancia es esencialmente un acto de prudencia política.
Quien gobierne una comunidad a menudo está obligado a tolerar ciertos
desórdenes para evitar un mal mucho mayor. La iglesia católica,
Dios mismo, nos dan ejemplo. A su vez, el Estado tiene a veces el deber de tolerar
ciertos errores, ciertos males, por ejemplo la existencia de sectas religiosas,
teniendo en cuenta las exigencias del bien común, bien que no debe jamás
dejar de proteger y defender la verdadera Iglesia.
Ahora bien, el ciudadano católico no tiene que practicar esa misma tolerancia.
Por el contrario, bien que respetando los derechos justamente concedidos, él
debe trabajar con todas sus fuerzas para extirpar el error, evitar su difusión,
denunciar los males que produce, tener siempre presente la restauración
integral de los derechos de Dios y de la Iglesia, dando testimonio y defendiéndolos
con valor.
d) El “Católico-liberal” se imagina de buena gana que
el derecho cristiano es pura quimera. — Esta ilusión, nacida
para disculpar su dejadez, también procede de una falta de fe, de confianza
en Dios. Lo que es imposible al hombre no es imposible para Dios. El progreso
maravilloso de la Iglesia naciente a pesar de la formidable organización
del paganismo lo ha probado bien claramente.
Nadie, por lo tanto, aun entre los más intransigentes, va a esperar que
la Sociedad moderna encuentre su camino de Damasco y dar un brusco vuelo hacia
la aceptación integral del Derecho Católico. ¿Es ésta
una razón para dejar de trabajar por su triunfo, progresivo, aunque fuera
lento? ¿Es acaso una razón para aceptar los principios que lo
contradicen, por la preocupación de mantener la paz y la conciliación?
“No conozco nada más peligroso —escribe Le Play—
que aquellos que propagan ideas falsas bajo el pretexto de que la Nación
no querrá jamás renunciar a ellas. Si ella no cambia perecerá,
pero ellos no es un motivo para acelerar esa decadencia adoptando el error.
No hay otro camino de reforma que buscar la verdad y manifestarla sin reserva,
pase lo que pase...”
Y además, diremos con el Cardenal Pie, ese derecho cristiano
que ha sido durante mil años el derecho de Europa, ¿no puede nuevamente
volver? Lo que en cambio es quimérico y realmente funesto es un orden
social basado en el desorden, sobre el error, la libertad anárquica y
sin regla que constituye en “nuevo derecho”.
Pero no acabaríamos nunca si tuviéramos que discutir uno por uno
todos los sofismas mediante los cuales el “Católico-liberal”
se esfuerza en justificar su culpable debilidad y paliar sus defecciones.
Concluyendo este parágrafo, podemos comprobar que el planteo “tesis-hipótesis”
con demasiada frecuencia se convierte entre los “Católico-liberales”
en una diferencia convencional y ficticia de su falta de fe y de sentido católico,
volviéndose así equívoca y peligrosa, más apropiada
a llevar al fracaso que a asegurar la victoria.
De esta manera, gracias a esta distinción, los “Católico-liberales”
se consideran sólidamente protegidos y al abrigo de toda condenación.
Al tiempo que aceptan la doctrina católica, la “tesis”, continúan
tranquilamente practicando la “hipótesis”. Pero, he aquí
que Pío XI acaba de condenar enérgicamente esta actitud en sí,
bajo el nombre de “modernismo práctico”. “Los mismos,
escribe el Santo Padre, que profesan esta doctrina cristiana, se contradicen
en sus discursos, sus escritos, y en todas sus formas de vida, exactamente como
si las enseñanzas y mandatos (de los Soberanos Pontífices) hubieran
perdido su fuerza original, o hasta como si hubieran caído totalmente
en desuso... Hay allí un nuevo género de modernismo moral, jurídico
y social, que debemos tomar en cuenta y que condenamos con toda la fuerza de
nuestra alma, lo mismo que el modernismo dogmático”.(11)
CUARTO. SEPARACIÓN
DE LO PÚBLICO Y LO PRIVADO.
LAICISMO Y NEUTRALIDAD.
Estas dos nuevas distinciones inventadas por los “Católico-liberales”
proceden del concepto moderno de “libertad de conciencia”.
El “Católico-liberal” no confiesa sin duda explícitamente
que cada cual es libre de creer lo que quiera o de no creer, pero de hecho obra,
por una especie de modernismo práctico, como si lo admitiera.
Algo infectado por el veneno naturalista y racionalista, le falta firmeza en
la fe. En vez de apoyarse sólidamente sobre la evidencia de la verdad
o de la autoridad de Dios, en lugar de considerar los rasgos auténticos
y manifiestos de esta verdad que presenta el catolicismo, el “Católico-liberal”
se siente tentado de creer que la verdad objetiva depende de la adhesión
subjetiva de cada uno. Por consecuencia, trata de convencerse que él
está en la verdadera Religión pero no está seguro de que
los otros no lo estén un poco también. Entonces, estos últimos
serían sinceros como él, creerían como él, estar
en la verdad. Luego, no es el caso de imponer a los otros la creencia católica,
ni tampoco captar en provecho exclusivo de la Iglesia Católica el poder
del Estado, que por definición, debe asegurar imparcialmente el beneficio
común de todos. Por tanto, la vida social debe ser organizada según
un modus vivendi que no puede ser otro que la neutralidad oficial y
la tolerancia universal. De tal manera, la falta de fe conduce a la “libertad
de conciencia”, y por ella, al ateísmo social; no queriendo ya
más que la verdadera Religión domine y dirija la Política
o terminando en una política arreligiosa y antirreligiosa.
Era ya el error que Gregorio XVI denunciaba cuando escribía:
“De esta fuente infecta del indiferentismo, proviene esa afirmación
absurda y errónea, o mejor dicho, ese delirio de que es necesario asegurar
y garantizar a cada uno la «libertad de conciencia»”.
No sujetándose ya lo suficiente a la Iglesia por su falta de fe, inclinándose
demasiado al error por su preocupación obsesiva de conciliación
y de paz, el “Católico-liberal” se encuentra conmovido, trastornado,
hasta avergonzado cuando se lo acusa de intransigencia, de intolerancia. Entonces
se encierra en sí mismo y allí encogido en su pequeña conciencia
se cree seguro: yo, por mi parte, creo en la religión Católica,
yo tengo razón, pero, usted no puede ser que no esté equivocado
realmente, no puede admitir la doctrina protestante o budista. Y entonces, en
su gran deseo de unión, no sale de su conciencia privada más que
para afirmar valientemente, abiertamente, un vago idealismo cristiano
(12) por encima de las diferencias
de confesiones, considerando que él se eleva noblemente hasta un
idealismo moral y social por arriba de todas las religiones.
Animado por el aplauso de los adversarios, propugna el “respeto mutuo
de las convicciones religiosas y de las opiniones filosóficas”.(13)
¿Porqué no vivir, continúa, en una tolerancia recíproca,
en amplia libertad? Olvidemos las luchas pasadas, los recuerdos penosos de la
Inquisición y de la época del Terror, y garanticémonos
mutuamente una paz tranquila en el derecho común, bajo la égida
de un Estado, majestuosa y serenamente ubicado fuera y por encima de las diversas
confesiones religiosas...
Aún si el “Católico-liberal” utilizara el concepto
de «libertad de conciencia» para plantear un argumento ad hominem,
a fin de concluir de allí que todo Católico es libre de creer
y de practicar la Religión católica, que el Estado no tiene nada
que ver en ello sino proteger esta libertad, esto sería parcialmente
admisible, puesto que el argumento permanece equívoco y peligroso, y
sería sin duda ineficaz. ¡Pero el “Católico-liberal”
va mucho más allá! Piensa, el Estado no tiene en eso nada que
ver, porque la cuestión religiosa es de orden “puramente confesional”,
es decir, si yo comprendo bien, que no es de ninguna manera política,
ni social, sino individual, que atañe a cada confesión
religiosa, a cada conciencia, que se sujeta exclusivamente al fuero interno,
dominio sagrado, prohibido al Estado. De donde se sigue que la Política
está separada de la Religión y entonces, es independiente de ella.
Sin duda, el individuo mantiene su derecho de creer y practicar la única
verdadera Religión (y además se recuerda pocas veces esta muy
grave y primordial obligación, “deber Supremo”, “el
más santo de los deberes”, escribe León XIII), pero el Estado
él, debe ser rigurosamente “neutral”, esencialmente “laico”.
Por lo tanto, el “Católico-liberal”, si trata de Política,
sea en un diario, sea en un afiche electoral, si participa de cualquier manera
en la dirección de asuntos públicos como diputado o ministro,
consejero municipal o sub-prefecto, si pertenece a lo estatal u ocupa una cátedra
en la enseñanza oficial, tendrá que desdoblarse: por un lado será
el hombre privado, muy moral y piadoso, practicante, comulgará
quizás varias veces por semana, muy obediente a su confesor y a su párroco;
por otro lado será el hombre público perfectamente neutral,
preocupado por no rozar o coartar la libertad de otro, tolerando una procesión
religiosa con la condición de permitir una manifestación comunista,
tratando todas las confesiones en un pie de igualdad absoluta, prácticamente
independiente de la Religión, de la Iglesia, de Dios.(14)
¡Pero eso es “laicismo”!, objetará un crítico
agudo; ¡es organizar la vida pública de acuerdo con las exigencias
y provecho exclusivo de una doctrina determinada, la del ateísmo social!
No, replicará nuestro complaciente “Católico-liberal”,
usted confunde dos cosas muy diferentes: la neutralidad del Estado que es
“laicidad”, con la intolerancia, la persecución religiosa,
que es laicismo.
Es decir, continúa él con una elocuencia inagotable, el Laicismo
que hace de la irreligión una especie de religión de Estado, lo
reprobamos formalmente en nombre de la Libertad. Es una especie de clericalismo
al revés y no queremos ni lo uno ni lo otro. “Detestamos la
intolerancia cualquiera ella sea o venga de donde venga”, queremos
todas las libertades y la libertad para todos.
La “laicidad”, por el contrario, pone al estado equitativamente
fuera y por encima de las diversas confesiones religiosas; consiste en la “independencia
recíproca de la Iglesia y del Estado y el respeto recíproco en
la libertad”. El Estado ciertamente no debe ser “laicista”,
pero en el estado actual de división profunda de las conciencias, debe
ser “laico”, es decir, neutro, no ser hostil a ninguna
confesión, sino dar prueba de imparcialidad benevolente con respecto
a todas. Y agrega: esta parece ser la norma de un gobierno republicano basado
en el sufragio universal; un gobierno absoluto sería necesariamente “clerical”
en un sentido o en el otro.
En resumen, el “Católico-liberal”, respecto a los dos poderes,
el civil y el religioso, no quiere ni confusión (antigüedad pagana),
ni subordinación de lo religioso a lo civil (laicismo), ni predominio
del poder religioso sobre el civil (teocracia y clericalismo), sino sólo
separación, del mismo modo que dos poderes civiles independientes...
En cambio, la Iglesia, si rechaza la confusión de la religión
con un partido político determinado y toda subordinación a ese
partido, también rechaza, y no menos enérgicamente, la separación
de la política y la religión: quiere por el contrario, que
todos los partidos políticos acepten sus enseñanzas, y confirmen
su doctrina y su proceder de acuerdo con ellas, quiere, y no lo oculta,
cristianizar el Estado en las personas que lo constituyen y en su acción,
cristianizar las instituciones y las leyes en nombre de los derechos de Dios
y para el mayor bien de todos.(15)
El “Católico-liberal” no reconoce las enseñanzas de
la Iglesia, ignora los derechos de Dios. Continúa preconizando la separación
absoluta de la política y de la religión. “Las cuestiones
confesionales, no tiene nada que ver con la política. Su introducción
en este dominio que le está vedado, ha producido un mal enorme...”
¿Desconoce que Pío X denunció solemnemente su error en
la Encíclica “Pascendi”?: “Por lo tanto, separación
de la Iglesia y del Estado, del católico y del ciudadano. Todo católico,
porque al mismo tiempo es ciudadano, tiene pues el derecho y el deber de buscar
el bien público sin preocuparse de la autoridad de la Iglesia, sin tener
en cuenta sus deseos, sus consejos, sus mandatos, hasta despreciar sus reprimendas,
buscar el bien público de la manera propia, como estime mejor.
Trazar y prescribir al ciudadano una línea de conducta bajo un pretexto
cualquiera, es un abuso del poder eclesiástico, contra el cual es un
deber reaccionar con toda fuerza...” (16)
Después de esto, ¿cómo no extrañarnos que semejante
doctrina sea editada por una editorial católica, y profesada
por un partido político reciente que se alaba de reclutar sus adherentes
entre los católicos sobre todo en nuestras actividades juveniles, propagadas
por un diario que dirige un sacerdote, típico “católico-liberal”?
Un joven periodista de talento criticaba hace algunos meses esta doctrina, sobre
todo en su disparatada distinción entre laicismo y “laicidad”:
“Para nosotros el Estado, escribía, sea cual fuere y en cualquier
hipótesis, tiene deberes esenciales hacia Dios y hacia la forma de Religión
que El ha establecido, la iglesia Católica. La «imparcialidad complaciente»
que pone todas las creencias en un mismo rango, incluyendo por cierto las sociedades
de libres pensadores, ateos y francmasones, si bien es preferible a la persecución,
sigue siendo un mal radical e intolerable”.(17)
Sólo la Religión católica tiene en el Estado el derecho
al “apoyo de las leyes y de la autoridad del Gobierno”
(Pío VII); a lo sumo en el estado de división de conciencias,
el Gobierno, de acuerdo con la Iglesia, está precisado a tolerar los
cultos disidentes, y esto no en nombre de la libertad sino a causa de la exigencias
del bien común.
“El Estado, escribe el R. P. de la Taille, tiene deberes
para con Dios, el deber de reconocerlo, servirle y permanecer, según
la expresión del Papa Pío X, unido a la Iglesia en casta alianza.
La división religiosa así fuera tan grande como en los primeros
días del imperio cristiano, o tan violenta como en las horas sacudidas
por las herejías albigenses o las guerras de las religión, tan
profunda como la de nuestra época, el Poder no puede dejar de cumplir
un deber, el de dar a Dios lo que es de Dios. No debe tiranizar las conciencias
pero sí debe mantener libre la suya. No debe suprimir ni restringir las
libertades de las que gozan, por el interés mismo del bien público,
los cultos disidentes, pero debe proclamar su propia obligación de fidelidad
a la de fe de Cristo; porque no es el mandatario del pueblo pretendidamente
soberano; él es ante todo, el representante y delegado por Dios para
el bien temporal de los gobernados”.
Todo esto está lejos, bien se ve, de la pobreza incoherente, de las distinciones
fantasiosas del “catolicismo-liberal” frente a la doctrina a
la vez tan firme y tan clara de la Iglesia; tan firme en su noción
de “Religión de Estado” por la cual “pide que el Estado
reconozca y proteja la verdadera religión sin exigir por otra parte que
se imponga la creencia y la práctica”; tan clara y razonable en
su concepto de tolerancia por la cual, sin pretender la exclusión de
los cultos disidentes, ni admitir la igualdad con ellos, quiere que el Estado
cristiano, reconozca la divina misión de la Iglesia, tolere al menos
en el país sin cooperar en ella, la práctica de los cultos disidentes
que tiene adquiridos los derechos de esta tolerancia. Es la única manera
de respetar la verdad sin dañar el bien común, de salvaguardar
a la vez los derechos de Dios y el interés de las almas.(18)
NOTAS:
(1) Cfr. las teorías del “L’Avenir”.
(2) Civiltà Cattolica,
17 de octubre de 1863.
(3) Barbier, I, pág. 60.
(4) Padre Klein, en Nuevas
tendencias en religión y literatura, año 1898.
(5) No sin admiración encontramos
recientemente esta oposición en la revista “Sacerdote y Apóstol”,
con la firma de “Pastor”. ¿No sería mejor, para evitar
toda confusión, volver al lenguaje preciso de la Escolástica?
La “tesis” sería entonces: • la causa
final (motriz), el fin amado que se debe alcanzar por los medios convenientes;
• la causa formal extrínseca (directiva), el modelo, el
ejemplar, el ideal que dirige al agente en su actividad. — La teoría
ofrecería el fin, los medios y las reglas más o menos generales
de aplicación: dominio de la ciencia. — La práctica
elegiría los medios y realizaría el ideal del mejor modo según
las circunstancias de hecho: dominio de la prudencia y también
de la “hipótesis”.
(6) “Es evidente,
escribe el Padre Barbier, que sería exagerado e imprudente reclamar
la afirmación íntegra de los principios directores de la política
cristiana en toda manifestación de la acción social y política.
Un programa electoral, una discusión parlamentaria, comportan necesariamente
algunos miramientos y ciertas transacciones. Pero si hay un tiempo para la discreción
y el silencio, hay también un tiempo para hablar, pues el silencio completo
equivale a un abandono: si hay que realizar concesiones en la práctica,
hay principios que hay que mantener siempre, porque son la fuente del derecho
que no puede prescribir”. “Baste decir, escribe a su vez el
R. P. de la Taille, que no hay que buscar en el abandono de los principios
y menos aún en su alteración, el secreto de este temperamento
que sabe no pedir a la tesis nada más que lo que comporta la hipótesis.
Si hay que hacer sacrificios, no deben recaer sobre los principios ni, por consiguiente,
sobre el ideal de porvenir, sino sólo sobre el ejercicio de un derecho
o de una prorrogación cuyo abandono temporal viene exigido por el interés
público”. Y estas transacciones prudentes no han de ser, en
resumen, más que una manera mejor de hacer triunfar la misma “tesis”.
(7)“Para las cosas que
se quieren como medios, toda la razón de preferirlos se saca del fin”
(Santo Tomás).
(8) “Es preciso aprender
del enemigo”.
(9) Podríamos aplicar en
este sentido las palabras de San Pablo: “Nolite confirmari huic sæculo”
(Rom. 12 2: No os acomodéis a este siglo).
(10) Para comprender mejor
y rectificar la distinción “tesis-hipótesis”:
1º Orden de la Especulación: Comprende las verdades en la contemplación
en las cuales el espíritu descansa; las verdades se define “per
conformitatem ad appetitum rectum” (la conformidad del intelecto a la
cosa). Las más generales las provee la Sabiduría, ya natural (la
metafísica), ya sobrenatural (la Teología especulativa).
2º Orden de la práctica: Comprende primero las verdades que el espíritu
utiliza para realizar una obra; ellas se definen “per conformitatem ad
appetitum rectum” (conformidad al apetito recto), es decir, por su conformidad
a la voluntad previamente rectificada por el amor al verdadero fin. Ellas constituyen
la ciencia práctica. Esto por otra parte, supone diversos grados. En
efecto, se distinguen:
a) La ciencia especulativo-práctico: jerarquía de los fines a
querer; principios generales de acción y conclusiones universales (Moral
general, filosofía y Teología del Derecho).
b) La ciencia práctica: los principios cada vez más particulares
y sus conclusiones (Moral particular, Pastoral, Casuística, Derecho...).
c) El dominio de lo práctico-práctico: de lo individual operable.
Y aquí, al no haber nada universal, no hay ciencia. Es el dominio de
la prudencia, encargada de dirigir la realización del fin que se quiere
lograr, utilizando los medios adecuados, iluminados por los principios y según
las exigencias de las circunstancias.
La “hipótesis” y la práctica en el sentido moderno
se avendrían sobretodo a lo “práctico-práctico”,
quedando el resto a la “tesis” y a la “teoría”.
(11) Ubi Arcano, 1922.
(12) También Pío
X, refiriéndose a los Sillonistas, pudo hablar de “fantasías
sociales”, de esos “idealistas irreductibles”, de
su “idealismo generoso”.
(13) Padre Lemire, Officiel del
15 de febrero de 1911.
(14) “Algunos católicos,
y no pocos, osan limitar el poder divino, pretendiendo depender de él
en su vida privada, pero no en su vida pública. Por eso pactan tan fácilmente
con nuestros hermanos enemigos en el terreno de la política religiosa.
¡A cuántos desastres llevan esos compromisos!” (Cardenal
Andrieu, 1922).
(15) Esto es lo que, por un sofisma
engañoso, es llamado “ingerencia y dominación clerical”.
(16) Es curioso comparar este
texto de Pío X y este otro del señor Desgrées du Lou en
“Ouest-Eclair”, al día siguiente de la condena del
“Sillon”: “…Que el teólogo medite Santo Tomás,
que el Obispo gobierne su diócesis y el cura su parroquia...: es su tarea,
no es la nuestra. Como así es la nuestra, y en absoluto la suya, dar
a la política del Ouest-Eclair la dirección que nos parece mejor,
la más inteligente, la mejor adaptada a su objetivo, la más conforme
a los intereses de la Patria y de la República…”
(17) “Respetar por igual
todas las Religiones, por parte del Estado, es un despropósito y un crimen;
pues es respetar por igual la verdad y el error, el bien y el mal, la santidad
y la podredumbre moral, el verdadero progreso y la decadencia mortal. Respetar
todas las Religiones es formalmente el ateísmo” (León
XIII, encíclica Libertas).
(18) No es inútil recordar
aquí dos cánones de un proyecto acerca de la Iglesia, que debía
ser presentado a los Padres del Concilio Vaticano: • Canon VI.
“Si alguno dijere que aquella intolerancia por la cual la Iglesia
católica proscribe y condena todas las sectas separadas de su comunión,
no es una proscripción de derecho divino; o que no es posible tener certidumbre,
sino solamente opiniones sobre la verdadera religión; y que, por consiguiente,
todas las sectas religiosas deben ser toleradas por la Iglesia, sea anatema”.
• Canon XX. “Si alguno dijere que la ley política
o la opinión pública es, para los actos públicos y sociales,
la suprema norma es la conciencia; o bien que no se extiende a estos mismos
actos el juicio de la Iglesia por el que pronuncia su licitud; o también
que el derecho civil puede hacer lícito lo que es ilícito por
derecho divino o eclesiástico, sea anatema”.