LOS
ORÍGENES DEL CORÁN
No se puede abrir uno u otro de los miles de libros consagrados a la saga musulmana
sin encontrar la versión oficial de la vida del profeta y de su inspiración
divina. Todos los sabios, eruditos, traductores y vulgarizadores reproducen
de manera fiel una única y misma historia. ¿Puede dudarse de su
veracidad ante semejante unanimidad? La respuesta es afirmativa.
En un libro que se titula “Pequeña guía del Corán”,(1)
Laurent Lagartempe dedica varias páginas al examen de las fuentes del
Corán para demostrar esencialmente tres cosas:
- que toda la historia de Mahoma depende de un único documento, que a
su vez se remite al relato de un solo cronista;
- que la veracidad de lo que se dice no puede probarse por otros testimonios
contemporáneos o cercanamente posteriores a la época de Mahoma,
ya sea dentro o fuera del mundo árabe de la época;
- que más allá de algunas realidades o leyendas consignadas en
el Corán o existentes al margen de él, el Islam es una entera
impostura que pasa por religión cosechando por aquí y por allá
de fuentes judías, paganas y cristianas, ya sean éstas ortodoxas
u heterodoxas.
Veámoslo en detalle.
FUENTES HISTÓRICAS, ESCRITAS
Y ORALES
La historia de Mahoma —que más que historia, es una leyenda—
descansa toda por entero en los relatos del “Libro de la vida del
enviado de Dios”. Este libro, que es comúnmente llamado “sirat”
o “sira”, es una biografía del profeta encargada
por el califa Otmán en el siglo IX, y cuyo autor reproduciría
los relatos de un cronista, Ibn Is’hâq (+ 768), quien vivió
alrededor de 140 años después de la muerte de Mahoma y recogió
todo lo que la tradición oral contaba acerca de aquél.
Fuera de esta “sirat” no existe ninguna otra biografía
de Mahoma. Todos los trabajos de investigación histórica emprendidos
no han aportado ninguna fuente documental nueva, de modo que los eruditos musulmanes
se ven obligados a repetir una y otra vez lo que se cuenta en la “sirat”.
Tampoco existe trazo alguno de la figura de Mahoma en las numerosas crónicas
no musulmanas de la época. San Sofronio, Obispo de Jerusalén en
634, abrió las puertas de la ciudad a las huestes del califa Omar en
638, y a pesar de conocer los planes del jefe árabe, no hace alusión
alguna a un profeta o a una religión nueva.
Hacia 644 el emir Said ibn Amir sostuvo una controversia con el Patriarca Juan
I, jacobita. En los documentos que de eso han quedado el emir, lejos de hablar
de Mahoma, invoca la Torah judía para contradecir a los cristianos que
afirman que Cristo es Dios.
Las consonantes mhd (Mahomed) y los patronímicos derivados,
que designan a conquistadores o jefes guerreros, aparecen en ciertas crónicas
no musulmanas de época. Sin embargo, los acontecimientos que en ellas
se remencionan tuvieron lugar después de la fecha consignada por la tradición
sobre la muerte de Mahoma, en 632.
Ahora bien: la ausencia de fuentes escritas no se opondría al principio
de historicidad de los hechos relatados por la “sirat”
si existiese una fuente oral confiable. Sin embargo, no es así.
Maxim Rodinson, autor del libro “Mahomet”, previene a sus
lectores de la siguiente manera: “las tradiciones orales no son muy
seguras y se alejan de la realidad de los hechos (…) Los forjadores
de tradiciones tenían cierto don literario. Daban a sus narraciones ese
carácter vivo, ágil, familiar que constituye su encanto”.
Tras una larga recensión de las tradiciones musulmanas, Patricia Crone
afirma en “Hagarism, the making of the islamic world”: “La
tradición esencialmente histórica a la que se supone que los narradores
agregaron sus fábulas no existe. Dado que un narrador seguía a
otro, el bagaje del pasado se reduce a un bagaje común de historias,
temas y motivos fáciles de combinar y recombinar en medio de una profusión
de hechos aparentes”.
De esta manera, la fiabilidad de la tradición oral depende por entero
de la fiabilidad de los propios narradores, que se remontan en cadena hasta
el primer narrador. En el caso de las narraciones árabes, los expertos
sostienen que esta condición puede admitirse a partir del siglo X, pero
no antes.
Como el término “Mahoma” no aparece sino recién
en el siglo IX, no se hace mención de él en ningún texto
externo al Islam, y la raíz mhd resulta por igual aplicable
a cualquier jefe guerrero, no existe ningún indicio histórico
que confirme la leyenda del sedicente profeta.
FUENTES REALES
Lo que a los estudiosos del Islam más les llama la atención es
la ausencia de originalidad religiosa. Una observación que no es nueva,
pues el primero en plantearla fue San Pedro el Venerable, abad de Cluny (en
el siglo XII). El exégeta protestante alemán Harnack, por su parte,
ya decía en el siglo XIX que esta religión es tributaria de sectas
judeo-cristianas.
El propio Corán confirma esta ausencia de originalidad. Dirigiéndose
a los hijos de Israel afirma: “Y creed en el Qur’an que he revelado
y que confirma los Libros que poseéis” (II, 41).
“Este Qur’an que hemos revelado, tal como fue revelada la Torá,
es un libro lleno de gracias, perpetuo hasta el Día del Juicio Final,
que confirma los precedentes Libros revelados, corroborando sus respectivas
revelaciones” (VI, 92).
“En estos relatos hay (…) verdad revelada, afirmando
la veracidad de los Libros celestiales y la de los Profetas precedentes”
(XII, 111).
“Anteriormente al Qur’an, Dios reveló la Torá,
como una guía y misericordia para los mundos. Este Qur’an que están
rechazando es una confirmación para los libros anteriores; Dios lo reveló
en idioma árabe” (XLVI, 12).
Pueden rastrearse en él vestigios, nociones, fábulas y símbolos
de las tradiciones babilónicas, judaicas, siríacas, armenias y
griegas. Así, por ejemplo, la pluralidad de cielos —“Su
voluntad se dirigió hacia los Cielos y los constituyó en siete
Cielos” (II, 29)— es de origen babilónico. Lo que refiere
acerca de la caída de los ángeles, la creación del hombre
y la resurrección de los muertos provienen ciertamente de fuentes bíblicas.
Además de las referencias explícitas a la Torah judaica, toma
prestados pasajes del Talmud, v. gr., sobre el arrepentimiento de Adán:
“Adán y su esposa se dieron cuenta de su equivocación
y el daño que se produjeron a sí mismos, y Dios inspiró
a Adán palabras para que las pronunciara como arrepentimiento y petición
de perdón” (II, 37); la fábula sobre la conducta de
Caín tras el homicidio de Abel proviene de la Midrash: “Consternado,
después de haber matado a su hermano, lo embargó un inmenso desconcierto,
sin saber lo que debía hacer con su cadáver. Dios envió
un cuervo que se puso a excavar en la tierra para enterrar a otro cuervo muerto,
mostrando, de esta manera, al asesino cómo inhumar el cadáver
de su hermano; entonces el asesino se arrepintió por su crimen”
(V, 31).
Los relatos acerca del viaje del bicornio (XVIII 83-90) son una transposición
de un viaje fantástico atribuido a un célebre rabino judío.
Coré, descendiente de Leví (XXVIII, 76), es objeto de una leyenda
de origen talmúdico. Ciertos detalles de la vida de José, hijo
de Jacob (XII, 23, 21, 67, 72), la conversación entre un pájaro
y Salomón, entre muchos otros, son de la Midrash.
Tampoco faltan del Corán referencias al Evangelio, aparte de la persona
de Jesucristo, María y los Apóstoles, tampoco quedan al margen
de este libro. Así, por ejemplo, “Y muchos seres vivos que
habitan la Tierra junto a vosotros no pueden, por su debilidad, llevar y trasladar
su sustento para comerlo o ahorrarlo. Dios les facilita la vida, y el modo de
buscar su sustento” (XXIX, 60) remite a la célebre imagen
de los pájaros que no se preocupan por lo que han de comer. Otras son
más que evidentes: “quienes ofrecen sus riquezas por la causa
y obediencia (…) es como el caso de quien siembra una semilla en tierra
y de ella surge una pequeña planta que porta siete espigas y en cada
espiga hay cien granos” (II, 261).
“Las obras buenas o malas, aunque tuvieran el tamaño de un
grano de mostaza…” (XXXI, 16). En fin, todas estas metáforas
tomadas de la agricultura son completamente extrañas a la mentalidad
de pueblos nómades y beduinos…
Por fin, otra buena parte del Corán está hecha a partir de textos
apócrifos y gnósticos. A los primeros hay que atribuir diversos
prodigios que se cuentan sobre el Niño Jesús: “Dios
distinguió a Jesús con ciertas particularidades: hablaba a la
gente desde su cuna de manera clara, comprensible y sabia” (III,
46), que es del Pseudo-Mateo; “Dios envió a Jesús como
Su mensajero a los israelitas, mostrando la veracidad de su mensaje con milagros
que Dios le concedió: moldear la forma de un pájaro de barro y
luego, soplándolo, darle vida y movimiento” (III, 49), que
proviene del texto griego del Pseudo-Tomás; “no es cierto que
lo mataron, como pretendieron; no lo crucificaron como aseveraron, sino que
sólo les pareció haberlo crucificado” (IV, 157), doctrina
profesada por ciertos herejes de la época pues el autor del apócrifo
“Hechos de San Juan” hace decir a Jesucristo: “Yo no soy
aquél que clavaron sobre la cruz”; “toda alma vendrá
[al juicio final] con un guía y un testigo” [dos ángeles],
detalle que figura en el Apocalipsis de Pablo. A la influencia gnóstica,
que pasa al Corán de manos de la secta de los nazarenos, hay que atribuir,
en cambio, la repetida negación de la divinidad de Nuestro Señor
Jesucristo.
En síntesis, el juicio acertado de los eruditos no puede ser más
evidente: el Islam, como religión, es una especie de amalgama ecléctica
de judaísmo y cristianismo. En una palabra, un judeocristianismo arabizado.
NOTAS:
(1) Laurent Lagartempe, “Pequeña guía
del Corán”, ediciones de París, año 2004.