SERMONES MEMORABLES

Sermón de Monseñor de Galarreta para las ordenaciones del año 2008 (en francés)

 

SERMÓN DE S.E.R. MONSEÑOR BERNARD FELLAY
PRONUNCIADO EN LA MISA DEL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO DE 2006
EN LA CAPILLA “NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA” DE LA SEDE DE DISTRITO, EN MARTÍNEZ


SERMÓN DE S.E.R. MONSEÑOR BERNARD TISSIER DE MALLERAIS
PRONUNCIADO EN LA MISA DE ORDENACIONES SACERDOTALES
EN EL SEMINARIO DE ECÔNE (SUIZA) EL 29 DE JUNIO DE 2006


En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Monseñor Superior General, Monseñores, queridos Padres, queridos fieles, queridos ordenandos:

He aquí que en 2006 la Iglesia, por nuestro ministerio, ordenará cuatro nuevos sacerdotes y además algunos diáconos.

Esta celebración en 2006, en el seno de una Iglesia que ya no cree en el sacerdocio, porque ella se prepara a ser una Iglesia sin sacerdotes, y cuando ella se organiza, además, por doquier en todas las diócesis para ser, de ahora en más, una Iglesia sin sacerdotes, nuestra ceremonia está llena de significación de nuestra voluntad de impedir tan gran crimen.

El sacerdote siempre tiene un lugar esencial en la Iglesia. Uno no puede imaginarse una Iglesia sin sacerdotes. ¿Cuál es el rol del sacerdote? Esto es lo que querría expresarles en dos palabras, diciéndoles que el sacerdote es un salvador a semejanza del único salvador, Nuestro Señor Jesucristo. Salvador de todos, especialmente del fieles, salvator ómnium, y salvador del mundo, salvator mundi. Diría salvador de las almas y además salvador de las sociedades; de ahí el lugar esencial del sacerdote, no solamente en la Iglesia sino en la sociedad. Y en consecuencia, querría desarrollar estos dos puntos: ver bien, queridos futuros sacerdotes, su papel de salvadores de las almas y seguidamente ver su papel de salvador de las sociedades. Jesús, por supuesto, es el único salvador, salvador principal, salvador por su encarnación, salvador por su cruz, salvador como dice su nombre: Jesús que quiere decir Dios salva. Pues basta con pronunciar el nombre de Jesús para profesar nuestra fe en Jesucristo salvador de las almas.

Salvador. Quien dice "salvador", dice —por lo tanto— catástrofe universal, un naufragio, un rescate. No hay salvador sin naufragio. Y este naufragio universal, es el naufragio del pecado que rescata a todos las almas del infierno, eso es al menos lo que Nuestro Señor enseñó. Es también lo que San Ignacio en sus "Ejercicios Espirituales" nos muestra muy bien en esa bonita contemplación de la Encarnación del Hijo de Dios. Nos hace ver a las tres Personas Divinas sentadas sobre el trono de su majestad y que contemplan desde toda eternidad el desastre del pecado, su obra creadora devastada por el pecado y cómo estas tres personas en la eternidad decretan: operemos la redención del género humano”. Allí esta redención, será la encarnación de la segunda Persona Divina, su pasión y su cruz para expiar los pecados de los hombres. Y es esta obra de redención que el sacerdote continúa por su misa. Entonces, queridos jóvenes futuros sacerdotes, detengámonos a contemplar este misterio de la redención puesto que deben continuarlo, propagarlo, por sus Santas Misas.

En la Sagrada Escritura está escrito que sin efusión de sangre no hay perdón”. Dios puso esta ley desde el principio de la humanidad. Era necesario ofrecer sacrificios sangrientos para aplacar su ira, es decir, satisfacer su justicia desde el pecado original. Y Nuestro Señor Jesucristo no quiso eximirse de esta ley. En la encarnación, la Santísima Trinidad decretó que el Hijo de Dios derramaría su sangre para expiar nuestros pecados, sacrificio expiatorio como en la antigua ley, pero en lugar de sangre de chivos y corderos, sería la preciosa sangre de un cordero inmaculado, Cristo, el hombre-Dios, con un valor infinito a los ojos de Dios. Entonces ese es el misterio incomprensible que meditamos y que actualizamos con cada Sacrificio de la Misa, queridos futuros sacerdotes.

Y es este misterio de la redención por la sangre de Jesús, por una expiación, que es negada actualmente por las más altas autoridades de la Iglesia. Aunque se emplea a saciedad en el nuevo catecismo, hay una página célebre que tiene una enumeración profusa de las palabras expiación , satisfacción, compensación. Pero pronuncian estas palabras sin creer porque les dan un sentido totalmente diferente. Un famoso teólogo de Tübingen, en Alemania, escribió en 1968 que la presentación de la teología de la satisfacción era muy rudimentaria en la Iglesia y que era necesario cambiar eso. Sus palabras son: ““Se falsea esta presentación. Se afirma que la justicia de Dios infinitamente ofendida debería ser reconciliada por una satisfacción infinita y por eso se nos presenta a Dios que envía su Hijo a la muerte, con una justicia inexorable, para obtener una satisfacción infinita mediante un sacrificio sangriento. Esta tesis del «derecho lesionado y restablecido» no explica el significado de la satisfacción del misterio de la redención en el Nuevo Testamento. Huimos ——agrega— con horror de tal justicia divina y de su sombría cólera que destituye de toda credibilidad al mensaje del amor. En consecuencia, el Hijo de Dios no habría expiado nuestros pecados sobre la cruz. Habría solamente una nueva interpretación, mostrado de manera heroica el amor de Dios para con los hombres, un amor perfectamente gratuito por la entrega de su vida hecha por el Hijo de Dios hecho hombre. No se debería hablar más de justicia lesionada ni de ofensa del pecado, puesto que Dios no puede ser ofendido. Dios, que es infinitamente feliz y bienaventurado en sí mismo, no puede ser lesionado, y en consecuencia no habría justicia divina que satisfacer sino solamente que Dios muestra al hombre pecador su amor inalterado, y que abraza al hombre justificado y gratificado por el amor gratuito de Dios”.

Eso es todo. Y Uds. ven, queridos amigos, cómo se vació completamente la sustancia del misterio de la redención. No se habla ya del pecado, ni de la expiación, ni del dolor debido al pecado. Ahora bien, este teólogo recibió más tarde cargos importantes en la Iglesia. No diré más, pero Uds pueden conjeturar quién es. Entonces uno retrocede con horror, no ante la justicia divina que comprendemos bien muy como católicos, sino delante de esta caricatura vergonzosa del misterio de la redención, que tuvo una influencia increíble en la Iglesia, puesto que este libro ——según el editor que lo republicó recientemente en el año 2000— es una obra capital de la teología del siglo XX, a tal punto que la catequesis de varias naciones fueron infectados por esta herejía, como lo leemos en una famosa obra de los obispos de Francia escrita hacia 1969, diciendo que la teología de la satisfacción nos presenta a un Dios Moloch, que exige su ración de sangre humana para satisfacción. Esta es la caricatura de siempre de nuestra fe católica.

Ahora bien, de esto ya no se quiere hablar más. Se dice que Jesús dio su vida en una prueba de amor gratuito. No se consideran los sufrimientos de la Pasión de Jesús. No se considera más el valor redentor del sufrimiento. Todo eso es una falsificación del misterio de la redención. Así se comprende ahora la nueva misa. La nueva misa no es más que la aplicación de esta herejía en la liturgia, y en consecuencia, la razón profundamente dogmática de nuestro apego a la Misa tradicional, que expresa, que renueva, que actualiza el misterio de la redención, de esta expiación de Jesucristo en el Calvario.

No hay dudas que Jesucristo no puede sufrir ahora. En la Misa no puede sufrir más, hablando verdaderamente ya no puede más expiar, pero ofrece un sacrificio propiciatorio que aplaca la justicia divina y que nos hace propicio a Dios por la aplicación de las satisfacciones y méritos del Calvario, que de nuevo se presentan a Dios por la víctima ofrecida sobre el altar bajo las apariencias de pan y vino. He aquí el misterio que deben renovar, queridos jóvenes sacerdotes.

Misterio de justicia, el Sacrificio de la Misa, es hacer, en primer lugar, justicia a Dios. Y acto seguido surgen los méritos de Jesucristo, que van a santificar las almas y suprimir, en primer lugar, lo negativo antes de dar lo positivo. Es necesario que en primer lugar se absuelvan los pecados, antes de pensar en dar la gracia. Es necesario pensar en primer lugar en hacer justicia a Dios que esperar su perdón y su vida divina. Sucede algo parecido a los siete dones del Espíritu Santo. Está el don de sabiduría, que es el más elevado, que consiste en dar gracias por todo lo que nos viene de parte de Dios. Luego está el don de temor, que es el más pequeño, el más humilde, que nos hace que temamos sobre todo ofender al Dios que amamos. Pienso que el don de sabiduría no puede venir antes del don de temor. ¡Es imposible vivir sin estar en acción de gracia por todas las pruebas que Dios nos envía sin ejercer, en primer lugar, el don de temor, es decir, temer sobre todo la peor catástrofe que pueda sobrevenir: cometer un pecado deliberado. Y bien, lo mismo sucede en la Misa.

Cómo pensar que podemos ofrecer un sacrificio de acción de gracias, de alabanza y adoración, si en primer lugar no ofrecemos un sacrificio de expiación y satisfacción a la divina justicia. Es querer eliminar la virtud de justicia de la teología, e incluso de la filosofía cristiana. Se dice amor, amor, amor”, “eros” y no sé qué otras cosas extrañas, y ya nojusticia”, justicia” para con Dios.

Así, pues, ustedes serán los ministros de este rescate espiritual de las almas por sus Misas. ¡Qué consolación para el sacerdote: saber que en cada consagración puede aplicar a voluntad las infinitas satisfacciones de Jesucristo para purificar almas de acuerdo a todas las intenciones que se le confían para su Misa! ¡Qué poder en las manos del sacerdote! Intentemos siempre hacer justicia a Dios y seguidamente santificar las almas. Entonces creamos de todo corazón, queridos futuros sacerdotes, que nuestro Sacrificio de la Misa es propitiatorium, como lo declara y lo define el Concilio de Trento; que es un sacrificio realmente propiciatorio. Es un dogma de fe. Es un sacrificio propiciatorio. Si la cruz no es más un sacrificio expiatorio, es imposible que la Misa sea un sacrificio propiciatorio. Todo está ligado. Es esencialmente celebrando su Misa que ustedes serán de nuevo salvadores, que continuarán este rescate espiritual de una Iglesia que ya no cree en su sacerdocio. ¡Qué importancia, pues, que nosotros ——al menos creemos siendo reducidos en número— que afirmamos el sacerdocio y su naturaleza! Rescate espiritual, pero también rescate temporal de la sociedad, de la cristiandad, salvator hominum y también salvator mundi.

Los samaritanos, después de la visita de Jesús, decían a la samaritana: ahora creemos que éste es realmente el salvador del mundo, salvator mundi. Salvador, pues, también de las sociedades temporales, de las naciones, de los Estados. Regnavit a ligno Deus, Dios reinó por su cruz; pero ahora no reina sino en el fondo de las sacristías o nuestras capillas, y debe reinar en público, en las instituciones públicas de la sociedad civil y por la cruz, por su sangre. Veamos bien la redención con todas sus consecuencias temporales.

Y veamos la importancia de vuestro sacerdocio, queridos candidatos al sacerdocio. Van a ser ordenados sacerdotes en un tiempo de apostasía, lo que es, por tanto, ejercer el sacerdocio de una manera más difícil que de ejercerlo, como San Pedro y San Pablo, a quienes celebramos hoy, quienes tuvieron la misión de convertir el mundo pagano. Ustedes tienen la misión de convertir un mundo apóstata. Es mucho más difícil. ¿Cómo van a hacer? Y bien, retomen el programa que Monseñor Lefebvre nos fijó, que no es su programa, porque nunca tuvo ninguna idea personal, sino que es el programa de la Iglesia Católica de siempre, opuesto al programa liberal del liberalismo y la masonería que se explicaba al joven Marcel Lefebvre cuando era seminarista en Roma. Se le explicaba, en primer lugar, el programa de los adversarios, para después exponerle el programa del Cristo el Rey.

He allí una cosa muy interesante que quisiera desarrollar: el programa liberal, la masonería.

Primer punto, será excluir el gobierno de Cristo Rey por medio de la laicización de las sociedades.

Eso es lo que aconteció en todos los países al final del siglo XIX y principios del XX: la laicización de todas las sociedades civiles. Pero ahora continúa desde el Concilio Vaticano II, en nombre de la libertad religiosa. Decir eso en 1925, cuando Monseñor Lefebvre era seminarista, era profetizar lo que debía llegar cuarenta años después, recién en 1965. Se ha producido muy rápidamente, la ejecución del plan liberal y masónico; en cuatro décadas quedó concretada mediante la libertad religiosa, por lo tanto, la laicización de la sociedad civil.

Segundo punto: suprimir la Misa... ése era el programa de los masones.

Suprimir la Misa, privando a los católicos de sus iglesias. Y con el Vaticano II fue mucho más simple: con la nueva misa, que nos ha privado de la Misa, si no hubiese habido un Mons. Lefebvre para guardárnosla, para salvarla para la Iglesia.

Tercer punto del programa masónico: suprimir la vida espiritual divina de las almas, a fin de que las almas no vivan más en estado de gracia.

Puesto que las almas ya no tendrán la fuente de gracias en la Misa, ya no vivirán en estado de gracia. Es la situación en que ninguna persona va a confesarse. ¿Cómo vivir en estado de gracia?

Podría resumir estos tres puntos en estas tres expresiones: el programa liberal fue establecer sociedades laicas, crear una Iglesia laica y finalmente hacer almas laicas. Y eso es lo que en Roma se acepta y lo que le quisieron imponer a Monseñor Lefebvre en 1987. Cuando Monseñor Lefebvre se fue a Roma para entrevistarse con el Cardenal Ratzinger, discutieron al respecto y no se pusieron de acuerdo porque en Roma se sigue el programa masónico: se quieren sociedades laicas, se quiere una Iglesia laica, se quieren almas laicas. Es lógico. Entonces ustedes, queridos jóvenes sacerdotes, ¿qué es lo que van a hacer? Van a tomar los tres puntos del programa católico que está en las antípodas del programa liberal.

Primer punto: volver a dar la Misa a las almas. Puesto que el Monseñor Lefebvre nos la salvó, volvamos a darla a las almas; la Misa, este sacrificio que obtiene el perdón de nuestras faltas, sacrificio satisfactorio, sacrificio propiciatorio.

Segundo punto de nuestro programa: Con la misa, reconstituir una élite de católicos fieles que vivan en estado de gracia. Estos católicos, esta élite, queridos fieles, son ustedes. Les tiro flores, pero es una realidad de la cual ustedes deben ser más y más conscientes; ser una élite y, por lo tanto, con todas sus responsabilidades, con todos sus deberes como élite cristiana en la Iglesia Católica, frente a sus familias, frente a sus instituciones cristianas, frente también a la política de sus países. Reconstituyan una élite católica que viva en estado de gracia.

Y entonces, tercer punto: Por esta élite, el cristiano vivo en estado de gracia puede volver a coronar a Nuestro Señor Jesucristo, volverle a darle su corona, volverle a dar su lugar en la sociedad civil. Tal es su programa, queridos jóvenes sacerdotes. Eso se desprende de vuestro sacerdocio.

He aquí un programa absolutamente entusiasmador, un programa capaz de movilizar todas sus fuerzas, un programa que los hace entrar en el trabajo de aquellos que trabajan con éxito desde hace cuarenta años, con un gran éxito a pesar de las dificultades. Hemos reconstituido todo un tejido católico, un embrión de cristiandad, no nosotros, pero la gracia de Dios por nosotros, gracias a nuestra humilde fidelidad al programa católico.

Para terminar, pidamos a la Santísima Virgen María, madre del sacerdote, nuestra reina, nuestra abogada, por su intercesión muy potente ante Dios, que quiera bendecir estos jóvenes sacerdotes, a estos jóvenes diáconos también, que de ahora en más van a tener que predicar el Evangelio, la verdad sobre el misterio de la redención. Supliquemos a la Virgen que llene a nuestros jóvenes sacerdotes y a nuestros jóvenes diáconos de un celo realmente sobrenatural, preocupados por la sana doctrina católica y llenos de fe en la importancia irreemplazable de su sacerdocio.

Así sea.


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