Entrevista con Mons. Bernard Tissier de Mallerais

Con ocasión del vigésimo quinto aniversario del dies natalis del arzobispo Mons. Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX), Mons. Bernard Tissier de Mallerais, obispo auxiliar de la FSSPX, ha tenido la amabilidad de responder a las preguntas que le hemos planteado.

Monseñor, usted fue uno de los primeros entre nosotros que conoció y siguió a Mons. Lefebvre. Además, es usted su biógrafo. ¿Qué le evoca Mons. Lefebvre, 25 años después de su muerte? ¿Cuál fue su principal “consigna”?

El nombre de Mons. Lefebvre evoca en mi memoria al hombre dulce y humilde de corazón, y a la vez al prelado fuerte y violento, de esa violencia de la cual dice el Señor que quienes la usan se apoderan del reino de los cielos. Su consigna fue sin lugar a dudas su divisa episcopal “Credidimus caritati: nosotros hemos creído en el amor.” Él quería decir con san Juan: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en ese amor” (1 Jn 4, 16), o asimismo con el Adeste Fideles de Navidad: Sic nos amantem, quis non redamaret?, lo cual significa: A quien tanto nos amó, ¿quién no le amará a su vez?

Toda su vida fue pues cuestión de dar o devolver a Dios amor por amor: desde su vocación sacerdotal a los 17 años, hasta su muerte como excomulgado. El cardenal Oddi, que le conocía, decía de él: “¡Amó demasiado a la Iglesia!”, es decir: llevó el amor de la Iglesia y de nuestro Señor al extremo, exponiéndose a las censuras eclesiásticas más graves, suspensión y excomunión, para salvar el sacerdocio y la permanencia del santo sacrificio de la misa en la Iglesia. Siguió a su divino Maestro: “Propter nimiam caritatem qua dilexit nos Deus…: A causa de la caridad excesiva con que Dios nos amó  …..” (antífona de las vísperas del 1º de enero).           

¿Puede recordarnos la herencia que él recibió como joven seminarista en Roma?

Es sencillo: el amor del Papa y de la Iglesia. Los papas vistos en la notable continuidad de sus enseñanzas en materia política y social, desde Gregorio XVI, Pío IX, hasta san Pío X y Pío XI. Lo que ellos enseñaron durante siglo y medio contra los errores del liberalismo y del modernismo. En el colegio de Tourcoing él no había captado la malicia de esos errores y el papel capital de esos Papas para preservar a la Iglesia de su azote y mantener la fe en la realeza social de nuestro Señor Jesucristo.

En la calle Santa Chiara, bajo la dirección del padre Henri Le Floch, director del Seminario francés de Roma, Marcel Lefebvre hizo su conversión intelectual: “Fue para mí una revelación total. Comprendí que estaba en el error. Por ejemplo, yo creía que estaba muy bien que el Estado estuviese separado de la Iglesia. ¡Yo era liberal! En el seminario comprendí que me era necesario reformar mis ideas, a la luz de esas magníficas encíclicas de los Papas. Todo aquello nos mostró cómo había que juzgar la historia. Y de un golpe ¡se nos quedó todo! Con gran suavidad nacía en nosotros el deseo de conformar nuestro pensamiento, nuestro juicio sobre los acontecimientos, al pensamiento de la Iglesia. Eso nos dio el impulso. El padre Le Floch nos decía: “Al entrar en el seminario, aquí en Santa Chiara, entráis en la historia de la Iglesia”. Es precisamente así: nos hizo vivir y entrar en la historia de la Iglesia, es decir, en ese combate contra las fuerzas perversas que luchan contra nuestro Señor Jesucristo. Eso nos movilizó, sí, nos movilizó, contra ese funesto liberalismo, contra la Revolución y las potencias del mal que obran para derribar a la Iglesia, al Reino de nuestro Señor Jesucristo, a los Estados católicos, a la entera Cristiandad.”

La encíclica inaugural E supremi apostolatus de san Pío X y la divisa pontificia del Santo Papa: Omnia instaurare in Christo o “Recapitularlo todo, restaurarlo todo en Cristo”, le habían entusiasmado particularmente. Como muchos de sus condiscípulos, se sentía aguijoneado, diría yo, no tanto por el tomismo y la teología que recibía en la Universidad Gregoriana y que hacían las delicias de espíritus más especulativos, como el de un Victor Alain Berto, sino por el combate por Cristo Rey y Sacerdote. Puesto que su reino, individual en las almas y social en la Cristiandad, es el fruto de su cruz: Regnavit a ligno Deus, cantamos en el Vexilla Regis del tiempo de Pasión: “Dios reina por el leño, por el leño de su Cruz; y por lo tanto por la Misa, que es la reactualización sacramental del sacrificio del Calvario y que distribuye el tesoro de los méritos del Redentor.” He ahí la herencia recibida por Marcel Lefebvre en Santa Chiara, herencia que estaba resuelto a transmitir costase lo que costase, comprometiéndose él también en el combate de los Papas cuando Dios quisiera. Era un sacerdote preparado.                           

¿Cómo comprender la lucha futura de Mons. Lefebvre contra dos Papas?  

No fue un combate contra Papas, sino contra sus errores. Pablo VI le acusó: “¡Usted está contra el Papa!” ¡Reproche absurdo! “¡Sois vos, Santísimo Padre –respondió- quien nos forzáis a alejarnos de vos, por fidelidad a vuestros predecesores!” Y nunca habría combatido ese combate si hubiera sido seminarista en Francia. Lo dijo él mismo: “Si yo hubiese entrado en el seminario en Lille, mi vida habría sido enteramente distinta. Gracias al abate Collin, profesor de mi hermano René en Versalles, entre 1917 y 1918, fui enviado al Seminario francés de Roma y formado allí”, un seminario único en su género, donde se formaban sacerdotes piadosos y seguros en la doctrina, ciertamente, como lo había querido el fundador de los Espiritanos, Claude Poullart des Places, y era magnífico, pero también sacerdotes combativos, lo cual era rarísimo en la Iglesia.

Y por ello el amor de los Papas y de sus enseñanzas, que se le insufló, iba a hacerle sufrir terriblemente cuarenta años más tarde, en el Concilio Vaticano II ¡cuando querría hacerse almoneda de todo aquello que Marcel había recibido, comprendido, asimilado y amado en Santa Chiara! Sería llevado después a contradecir a los Papas, es verdad, a negar la obediencia a las reformas posconciliares, él, el gran obediente, que había enseñado a sus seminaristas africanos: “El Papa es el Sucesor de Pedro, Cristo en la tierra, la Roca inconmovible ¡la luz del mundo!” Le habrá hecho falta admitir, como había dicho Pío XII: “Y si en la Iglesia se descubre algo que arguye la debilidad de nuestra condición humana, ello no debe atribuirse a su constitución jurídica, sino más bien a la deplorable inclinación de los individuos al mal; inclinación que su Divino Fundador permite aun en los más altos miembros del Cuerpo místico, para que se pruebe la virtud de las ovejas y de los Pastores y para que en todos aumenten los méritos de la fe cristiana. (…) no por ello hay razón para disminuir nuestro amor a la Iglesia, sino más bien para aumentar nuestra compasión hacia sus miembros.” (Encíclica Mystici Corporis, 29 de junio de 1943, núm. 30).

Es esa piedad, ese respeto hacia los Papas, no por sus personas sino a causa de su función, lo que impedirá siempre a Marcel Lefebvre dejarse llevar por reacciones o palabras ofensivas hacia los Papas conciliares. Y es la consideración de la permanencia de la suprema función pontifical bajo los errores de esos Papas equívocos, la que le impedirá caer en el error sedevacantista de quienes, escandalizados con toda razón, por los errores de esos pontífices, concluían por ello equivocadamente que habían perdido su función de Papas. Seguirá yendo a Roma, visitando a los prelados liberales o modernistas, “para intentar convertirlos”, decía o, al menos, para obtener de ellos “que seamos al menos tolerados” y que ladad Sacerdotal de San Pío X fuese nuevamente reconocida canónicamente (después de su sedicente supresión el 6 de mayo de 1975) y que “seamos reconocidos como somos”, decía. Fue su política romana durante quince años: de la sedicente “supresión” de la Fraternidad en 1975 a su muerte en 1991.                 

¿Querría usted trazar ahora un retrato de Marcel Lefebvre misionero?

Nombrado en agosto de 1930 segundo coadjutor de una parroquia de los suburbios obreros de Lille, el abate Marcel Lefebvre se entrega con celo a su encargo pastoral y al apostolado entre las familias de comunistas, y se esfuerza por catequizar a los niños. Está plenamente colmado por su trabajo y, sin embargo, a disgusto con el clero de su diócesis, donde no encuentra el espíritu de combate que había vivido en Santa Chiara. Por ello, a instancias de su hermano René, misionero en Gabón, Marcel se vuelve hacia la vida misionera, que le parece más útil, más dura, más meritoria, y entra en el noviciado de los Espiritanos, en Orly, en 1931. Tras su profesión religiosa, es enviado al África negra, al Gabón, al sur del Ecuador.

Nombrado primero profesor y después rector del seminario de Libreville, deja el recuerdo de un hombre de orden, excelente organizador, y de un hombre “muy dúctil, muy agradable, sonriente, firme en las ideas, muy amado por sus alumnos y apreciado por los padres, manifestando desde los comienzos de su vida misionera una competencia y un gusto particular por la formación de los sacerdotes” (testimonio de su hermano en religión el padre Fauret, futuro obispo).

Agotado al cabo de seis años, es enviado a la selva, a diversos lugares sucesivos, donde prosigue la obra de sus predecesores: en particular las plantaciones (industriales o viveros), las industrias de los puestos de misión: explotación de los bosques, de los lagos (pesquerías) y de las canteras (piedra, cemento, yeso y ladrillos), imprenta, fabricación de barcos, construcción de un “wharf” en Donguila para atraque; en casa de los padres, la disposición de despachos para la acogida de los fieles etc.  

Pero el lado Espiritano es el principal pues, según su principio, el buen orden material está al servicio del buen orden de las almas. Deja a su hermano en religión, un sacerdote negro, el cuidado de las escuelas de la misión: una escuela primaria y secundaria de chicos y una escuela de chicas (dirigida por las hermanas) y va a ocuparse él mismo de las giras por la selva. En piragua o en pinaza visita los poblados diseminados a lo largo de los ríos, verifica el trabajo de su ejército de catequistas que aumenta y forma, se detiene para sesiones interminables de confesiones sacramentales, celebra la misa y se alegra al oír a todo el mundo cantar de memoria en gregoriano el Kyriale e incluso toda la misa de difuntos. Bendice matrimonios y, finalmente, elige a los mejores alumnos de las dos escuelas de cada pueblo para llevarles a las escuelas de las misiones, donde se perfeccionarán sus talentos, o bien florecerá su vocación religiosa o sacerdotal. A quienes terminan sus estudios o su aprendizaje, les dice: “Volved al pueblo, seguid siendo pobres, trabajad.” Y los mejores seguirán estudios superiores en las escuelas del Estado o en las universidades: serán la élite del mañana.         

¿Y qué huella dejó en Dakar y en Senegal?

Como vicario apostólico y después arzobispo de Dakar (1947-1962), construye el seminario en un lugar más propicio y hace venir profesores, padres que había hecho enviar a Roma para completar sus estudios: quiere un cuerpo profesoral “romano”. Devuelve la vida a la congregación moribunda de Hermanas indígenas; construye iglesias, la de Fatick sigue siendo emblemática de la “incursión” misionera que realiza con éxito en el país Serere, todavía pagano, gracias al celo y a la inteligencia del padre Henri Gravrand. Ese joven padre, casi recién llegado, le había dicho directamente: “Monseñor, me han enviado con usted pero, sabe usted, lo que yo quiero es una misión ¡una gran misión!” Estas palabras no disgustan al obispo Marcel, quien le dice: “Bien, venga conmigo, voy a mostrarle un lugar que no ha despegado bien; ya verá.” Y algunas semanas más tarde, el joven padre le dice: “He aquí hasta dónde he llegado en el aprendizaje de la lengua pero debo decirle, Monseñor, que su misión, lo he comprobado ¡está moribunda!” Y el obispo sonríe: “¿Qué propone usted?” Escucha las propuestas revolucionarias del neófito: “Monseñor ¿por qué no hacemos para esos viejos paganos polígamos un “Antiguo Testamento”, ya que no se puede bautizarles?” Monseñor grita un poco: “¡Cómo! ¡Sin bautismo! ¿quiere usted que se hagan todos musulmanes?” “En absoluto, Monseñor ¡al contrario! ¡Escuche mi idea!”

Y el vicario apostólico escucha, comprende y acepta la explicación que se le hace: “Esos paganos recibirán cierta enseñanza del Evangelio, prometerán entregar a sus hijos al padre para el catecismo; prometen hacerse bautizar antes de la muerte guardando una sola de sus mujeres, y reciben enseguida un documento de identidad “de amigos de los cristianos” (que les sirve también en la vida civil); y se vinculan así sociológicamente a la cristiandad y se les protege contra las presiones del islam que comienza a amenazar el “cinturón animista” del Senegal.” Entonces en una carta pastoral Mons. Lefebvre alabará la empresa, de alto riesgo, no obstante, sin nombrar al padre en cuestión: “Hace falta un celo inventivo e ingenioso que no se contente con sus parroquianos ni con métodos heredados de los predecesores, sino que vaya adelante, con los medios, los enemigos y los métodos del Senegal de hoy, sin impregnarse, sin embargo, de un espíritu de novedad qui sapit haeresim” -renuncio a traducir-.

Además, el obispo hace venir a las carmelitas de Chollet y les construye un Carmelo, a fin de que sus plegarias y sus sacrificios atraigan la bendición divina sobre sus misiones. Después descubre la Cité Catholique de Jean Ousset y la promueve ¡para gran disgusto del director de su Acción Católica Obrera! Hace venir a los Padres Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey (CPCR): los padres Augustin Rivière y Noël Barbara, que predican retiros a sus sacerdotes. Se habla allí de la finalidad de la vida, de los novísimos, del infierno, de la llamada de Cristo Rey, de dirigir cada cual su vida sin determinarse por apegos desordenados: todo eso hace estremecerse a ciertos misioneros liberales… A Monseñor le trae sin cuidado. Por otro lado, hace venir a toda suerte de congregaciones religiosas, de la enseñanza o no, masculinas o femeninas, con tanto éxito que en las reuniones episcopales de Dakar sus colegas se extasían con la animación extraordinaria que reina en la diócesis y se deciden a imitarle en las suyas.

¿Y el papel de Mons. Lefebvre como delegado apostólico de Pío XII?

Precisamente, a eso iba. Mire usted, los papas son a veces idealistas, ven África como China: “Hace falta un clero autóctono, de ese modo la Iglesia no dará ya la impresión de ser extranjera y cuando esos países jóvenes accedan a la independencia, y los misioneros sean expulsados como en China, la Iglesia podrá continuar.” “Desde luego, responde Mons. Lefebvre, todo eso es correcto, pero ¡un momento! La Iglesia de África no está al nivel de China. Hay que desarrollar al máximo y lo más rápido posible las instituciones católicas y el celo de los católicos, antes de las independencias.”

Y Marcel explica todo eso al papa Pío XII, cuando anualmente va a rendirle cuentas de su actividad de Delegado. “Santísimo Padre, vengo del Canadá. En dos semanas he visitado sesenta casas religiosas y seminarios; tengo la promesa de veinte congregaciones, algunas nuevas, de venir a fundar en África. Vea dónde voy a ponerlas: he aquí el mapa de la Delegación …” Y Pío XII contempla con gravedad esa expansión. Ahora bien, “todo eso” va contra las ideas preconcebidas más enraizadas en la Curia romana. Y bien, sepa usted, el Papa va a seguir a su Delegado. Su encíclica Fidei donum (El don de la fe) del 21 de abril de 1957, exhorta a los obispos de los países desarrollados “a tomar, con espíritu de viva caridad, vuestra parte en esta solicitud de todas las Iglesias que sobre nuestras espaldas pesa”, a dejar partir a muchos de sus sacerdotes como misioneros a África. Ello descontenta a ciertos prelados de la Curia: “No, dice a Mons. Lefebvre Mons. Celso Costantini, secretario de la Congregación para la Propagación de la Fe ¡nos equivocamos! ¡Muy pronto serán los africanos quienes vendrán a catequizarnos! ¡Haga usted cesar esta inmigración de misioneros, de sacerdotes extranjeros, Monseñor!” “Pero -añade Mons. Lefebvre- ¡el Papa Pío XII me apoyaba!”

Eso hacía que a veces las cosas se “pusieran calientes” en la Curia. Sobre todo cuando el Delegado Lefebvre mendigaba dinero. Un día, en la caja de la Propaganda Fide, harto de la insistencia del Delegado, el habilitado le arrojará un paquete de dólares por encima de la mesa del despacho y Monseñor, agachándose para recogerlos del suelo, dirá “Deje usted ¡yo me ocupo!” He ahí un vistazo repentino de las actividades ideológicamente “incorrectas” del Delegado apostólico en el África francesa.

¿Puede decirse que sus años de África fueron sus “años de oro”?

Sí, él lo dijo: sus años africanos fueron para él los más apasionantes desde su ordenación sacerdotal. Había sabido vencer su reserva natural, lanzarse, desplegar sus facultades naturales de organizador, de iniciativa, de decisiones originales y, por encima de todo, desarrollar su gracia episcopal. El padre Bussard, su vicario general en Dakar, me dijo mucho más tarde, un día en Vevey, en Suiza, al lado del palacio de Nestlé, hablándome de Mons. Lefebvre: “Habría podido ser un tímido, un pacífico, que no hace nada; ahora bien ¡no tenía cinco minutos libres, aquel hombre! Yo me decía: ¿Pero cómo hace? ¡Igual que un motor de explosión! ¡Habría podido ser el primer ejecutivo de Nestlé, sin problemas!”

Y en los hechos, en su acción, sus años africanos fueron los de un desarrollo extraordinario de la Iglesia en África. Si los hombres se callasen, las piedras hablarían: por todas partes ¡seminarios, catedrales, escuelas! La escuela católica fue su gran preocupación y su gran obra. Veía el porvenir de la Iglesia de África. Hizo construir a las puertas de Dakar, en Hann, un colegio católico de chicos concebido por él para 700 alumnos de golpe; hoy tiene 3,000. Nos decía que se aceptaba allí hasta un 10 por ciento de musulmanes, y que éstos conservaban para toda su vida la estima por la Iglesia. Se lo dijo al Papa, y Pío XII escribió eso, negro sobre blanco, en 1951 en su encíclica sobre las misiones Evangelii praecones. Pero no era ése el verdadero fin de las escuelas católicas, en esos países musulmanes como Senegal: Mons. Lefebvre veía más alto, más lejos: se trataba para él de formar una élite católica que, llegado el mañana, tomaría las riendas del país. Y eso fue lo que ocurrió.                                         

¿Contaba Mons. Lefebvre su obra y sus éxitos africanos?

Pues bien, en Écône no nos confiaba nada de lo que había hecho, nos contaba anécdotas de lo que le había ocurrido, historias que nos hacían partir de risa: el asno piadoso de Lambarené, el camión de vino de palma de Ndjolé, la persecución del ladrón en Chinchua, el rapto de la esposa cristiana de un polígamo por los alumnos mayores de la escuela de Lambarené, el doctor Schweitzer que no mataba ni un mosquito… No nos contaba si quiera sus altercados con demonios en la cabaña del fabricante de fetiches donde, a machetazos, destruía una muñeca fetiche sin tocar al fabricante atemorizado. Pero yo no descubrí al gran misionero que había sido sino después de su muerte al ir, yo mismo o algún hermano, a aquellas tierras a interrogar a los testigos supervivientes.

¿Podría hablarnos usted de sus combates en el Concilio, y a continuación del mismo?

A menudo se ve en Mons. Lefebvre al develador de los errores conciliares, lo cual no es ni mucho menos lo esencial en Marcel Lefebvre. Pero fue enrolado en ese combate y estaba preparado para ello. Ello ocurrió desde el Concilio y su combate es ciertamente fruto de su fe en Cristo Rey.

Enumero, puesto que me lo pide usted, sus combates principales, una trilogía conciliar que es semejante a la trilogía masónica de la Revolución francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Es el propio Mons. Lefebvre quien descubrió ese paralelo y lo explotó con frutos ¡hay que decirlo!

Libertad: es la libertad religiosa, con la declaración Dignitatis humanae.
Igualdad: es la colegialidad episcopal, en Lumen Gentium.
Fraternidad: es el ecumenismo y el diálogo interreligioso, con Unitatis redintegratio y Nostra aetate.

Él mismo nos refutó esos errores en detalle y muy a menudo. ¡Pero atención! Con esos errores conciliares, usted me conduce bastante lejos del retrato de Mons. Lefebvre… ¡Tanto peor para usted! Permítame que le enumere los diversos puntos de “divergencia” (eufemismo), que son por otro lado los que nos oponen hoy a la Roma conciliar. Es muy actual.

La libertad religiosa es, dice el Concilio, el derecho natural a la exención de toda coerción que tienen los adeptos de todas las religiones, sin distinción entre la verdadera y las falsas.

1 – Es, dice Mons. Lefebvre, una falsa concepción de la libertad. La libertad está hecha para lo verdadero y para el bien. “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”, proclama Jesús (Jn 8, 32). Dejar la misma libertad a lo verdadero como a lo falso es el error del indiferentismo político, que lleva a la gente a creer esa herejía de que todas las religiones valen lo mismo, y que lleva a la sociedad al caos, y a la Iglesia a la ruina, y a las almas al infierno. Yo añado, porque está de actualidad, que el islam mismo no soporta teóricamente esa libertad conciliar, pero se aprovecha de ella en la práctica en los países antaño cristianos; es una locura.

2 – Por otro lado, Mons. Lefebvre recuerda que la sociedad civil y el Estado son criaturas de Dios, autor de la naturaleza social del hombre. El Estado debe pues un homenaje de religión a Dios, no por medio de cualquier religión, sino por medio de aquella que ha sido instituida por Dios mismo. De manera que se puede razonar como sigue: Los adeptos de las otras religiones no tienen más que un derecho abstracto, aparente, putativo, un jus existimatum al ejercicio del “culto religioso” considerado en abstracto, pueden reivindicar ese derecho abstracto frente a los negadores y perseguidores de todo culto religioso. ¿Capta usted lo que es un “derecho abstracto”? Prosigo el razonamiento. Pero Dios mismo ha precisado con qué culto concreto quiere ser honrado. El derecho divino positivo ha precisado al derecho natural. Sólo el culto de la Iglesia católica es aceptado por Él. Por lo tanto, sólo los católicos y la Iglesia tienen un derecho absoluto, verdadero, concreto y cierto, al ejercicio del culto divino (que es el verdadero culto del verdadero Dios), derecho ante el cual el derecho aparente de los acatólicos debe ceder: preasumptio cedat veritati, como se dice. Mons. Lefebvre hacía implícitamente este razonamiento jurídico, cuando proclamaba el derecho verdadero y absoluto de los católicos únicamente y de la Iglesia (cf. la última intervención escrita del Coetus en el Concilio en diciembre de 1965).

3 – Finalmente, dice Mons. Lefebvre, el Estado debe el reconocimiento y la protección de la ley de Dios a nuestro Señor Jesucristo y a la Iglesia católica. Debe conformar sus leyes a los mandamientos de Dios y al Evangelio. Es lo que se llama el reinado social de nuestro Señor Jesucristo. La libertad religiosa es la negación y la ruina de ese Reino del Hombre-Dios, de su divinidad, de su primacía sobre toda criatura, de su reinado sobre las sociedades humanas.

4 – La doctrina tradicional es que el Estado debe reprimir los escándalos públicos. Ahora bien, las manifestaciones exteriores de los falsos cultos son un escándalo, por lo tanto el Estado tiene derecho a reprimirlas; o bien, en otras circunstancias, a emplear la tolerancia con ellas si la conservación de la paz pública lo sugiere, pero esa tolerancia no es un derecho natural de los tolerados, es una disposición  de derecho civil con vistas no al bien propio y aparente de los disidentes, sino con vistas al bien común real de la sociedad civil y de la Iglesia. Ésta es la doctrina unánime de los Papas preconciliares, y es sobre esta doctrina, recibida por él en su seminario, sobre la cual se fundó Mons. Lefebvre, como nosotros seguimos haciéndolo, para rechazar la libertad religiosa conciliar.

5 – Por otra parte, pero Mons. Lefebvre no ahondó en esta cuestión, la libertad religiosa conciliar se reconoce limitada “según las exigencias del bien común” (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, CIC). Ello podría ser la doctrina tradicional si el bien común se concibiera, como dice Pío XI en Quas primas, como incluyendo en primer lugar la realeza social de Jesucristo: “Él es solo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones”. Pero la declaración conciliar y el CIC dicen explícitamente que el bien común consiste “en primer lugar, en el respeto de los derechos de la persona humana”, ¡lo cual es la disolución misma del bien común y el puro individualismo! Y se tiene así el curioso resultado de proclamar la libertad religiosa en los límites de la libertad religiosa… Más claramente: la libertad religiosa de cada cual en los límites de la libertad religiosa del vecino. Es la máxima del puro liberalismo. Juan Pablo II llamaba a eso “la libre competencia de las ideologías” (Discurso en Estrasburgo) y encontraba que eso estaba bien. Dignitatis humanae se sitúa de pleno en un tipo de ciudad plurirreligiosa que no es, en concreto, sino el fruto de la disolución de las ciudades católicas por la revolución. Esto basta para condenar sin paliativos la libertad religiosa conciliar.                              

¡Díganos también usted cuál fue el combate de Mons. Lefebvre sobre la colegialidad y el ecumenismo!

Sea. Primero la colegialidad. En el Concilio Mons. Lefebvre comenzó por rechazarla, después terminó por callarse en razón de la Nota explicativa previa que Pablo VI hizo añadir a Lumen Gentium. Después del Concilio nos decía dos cosas, una doctrinal, otra práctica.

En doctrina: “En el concilio ecuménico, decía, es el Papa quien comunica su infalibilidad a los obispos.” Es un poco la confusión lamentable entre el poder supremo del papa y su infalibilidad: confusión muy lamentable, debida al acento desmesurado puesto desde 1870 en el privilegio de la infalibilidad del Papa. ¡El Papa usa del mismo muy rara vez! Pero se adivina lo que Mons. Lefebvre quería decir: “En el concilio ecuménico, es el apa quien comunica al cuerpo episcopal reunido una participación en su poder supremo y universal sobre la Iglesia.” ¡Y basta acerca de este asunto! Es, creo, lo que profesaremos en la profesión de fe que haremos en el momento del nuevo reconocimiento canónico de la Fraternidad por Roma. Y es algo que les molestará bastante, créame usted.

El lado práctico sobre la colegialidad: es que tiende a destruir el poder personal, y asistido por el Espíritu Santo, del Papa sobre toda la Iglesia, “porque los obispos podrán siempre reivindicar el ejercicio con el Papa de su sedicente poder supremo y universal, u oponer a las decisiones del Papa un: No hemos sido consultados.”

Y el espíritu colegial arruina también la autoridad personal, y asistida por el Espíritu Santo, de los obispos en sus diócesis, que ya no osan gobernar sin consultar a un consejo episcopal y a su consejo presbiteral. Mons. Lefebvre barruntaba, sin saber explicitarlo, el espíritu de la revolución detrás de la colegialidad: es, en una palabra, la democracia parlamentaria en la Iglesia. A la vez, es el reinado de los núcleos dirigentes (los grupos o lobbies de presión), o el de las autoridades paralelas, y a la vez la institucionalización del sistema del “grupo reductor”, según el cual, en toda asamblea, se tiende, por comodidad o por cálculo, a buscar a las divergencias soluciones de compromiso. Es verdaderamente la técnica revolucionaria aplicada al gobierno de la Iglesia. Adrien Bonnet de Viller, es su mérito, ha puesto esto en evidencia.

Finalmente el ecumenismo. Es “el regreso a la plena comunión con la Iglesia de los cristianos separados, y no su regreso puro y simple a la unidad de la Iglesia de la cual sus padres se separaron.” Ahora bien, esta idea de comunión “plena y no plena” es perniciosa. Igual que la Iglesia de Jesucristo es visible, igual la comunión eclesiástica es algo de externo y visible, constituida por tres elementos bien reconocibles: la misma fe, la recepción de los mismos sacramentos y la sumisión a la misma autoridad suprema del Romano Pontífice: o bien esos tres elementos están presentes o bien no lo están. No hay término medio. Ahora bien, esto es la doctrina de san Pedro Canisio en toda su simplicidad, aceptada desde entonces por todos los catecismos (hasta las vísperas del Concilio) y por lo tanto doctrina del magisterio ordinario de la Iglesia. El Concilio se apartó de esta verdad y de este magisterio. Es gravísimo. So pretexto de que los disidentes conservan ciertas verdades o ritos de la Iglesia católica, se pretende que están en una comunión “imperfecta” con la Iglesia. Se llega hasta decir que las “comunidades separadas”, aunque “tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación” (Unitatis redintegratio, núm. 3), lo cual es una blasfema contra la Iglesia católica, único “sacramento de la salvación”, si puedo decirlo así; y se añade, escuche bien, que “el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación”, lo cual es imposible. El Espíritu Santo no puede servirse sino de medios desprovistos de toda huella de división, ahora bien, esas comunidades, en tanto que separadas de la Iglesia ¡son la división misma!

Sin duda, pueden tener adherentes de buena fe, que están en “el error invencible”, como se dice, pero la buena fe no salva a nadie, sólo la verdad salva. Es cuando comienzan a estar insatisfechos de sus doctrinas y de sus ritos cuando, bajo el influjo del Espíritu Santo, ciertos disidentes pueden ser llevados a la conversión y al retorno a la Iglesia. Y es lo que decía Mons. Lefebvre con su realismo y su experiencia misionera.                                                          

¿Y el combate de Mons. Lefebvre a propósito de la misa, no lo olvida usted?

No, en absoluto. Recuerdo que, en vísperas del primer domingo de Adviento de 1969, dos meses después de mi entrada en el seminario de Mons. Lefebvre en Friburgo, Suiza, nuestro fundador nos reunió para una conferencia espiritual especial, a nosotros, a sus nueve seminaristas primerísimos, y nos dijo con maneras graves: “Mañana entra en vigor el Novus Ordo Missae, la nueva misa instituida por el papa Pablo VI, y ello en todas las parroquias de Friburgo, de Suiza, de Francia y más allá. ¿Qué hacemos?” Después de un momento de silencio, con su pequeña voz casi tímida, añadió: “Nosotros conservamos la misa antigua ¿no es así?”

He aquí con qué palabras históricas Mons. Lefebvre salvó el sacrificio de la misa.

Que se entienda bien, todos nosotros éramos de su mismo parecer, y no tenía necesidad de preguntárnoslo. Todos nosotros habíamos vivido las etapas de la revolución litúrgica desde el año 1960: altares dados la vuelta para tener la misa “cara al pueblo”, supresión del salmo Judica me y del último evangelio, partes de la misa dichas en alta voz en lengua vernácula, canon dicho en alta voz y vernácula, palabras de la consagración cambiadas ¿qué quedaba todavía por cambiar? Pablo VI creaba tres nuevas anáforas y codificaba el conjunto de esas reformas, y la imponía, sin imponerla como hacía falta, canónicamente.

Y el contenido de ese Nuevo Orden de la Misa nos era conocido por el Breve examen crítico que habían aprobado los cardenales Ottaviani y Bacci, al escribir a Pablo VI que esa misa nueva “se aleja, en conjunto y en detalle, de la teología católica de la Santa Misa, como figura en el decreto del Concilio de Trento, el cual opuso una respuesta definitiva a los reformadores protestantes”. Cito de memoria, no con precisión, pero era eso.

Y sería solamente en junio de 1972 cuando Mons. Lefebvre resumiría para sus seminaristas las razones extrínsecas y las razones intrínsecas que le hacían negar la bondad del nuevo rito, la legitimidad de su promulgación y su sedicente obligación por el papa Pablo VI. Era un texto de dos páginas dactilografiadas, breve, conciso, completo, luminoso, definitivo, una toma de posición sin retorno, que requería nuestra adhesión. La dimos con plena satisfacción, con alivio. El 29 de noviembre de 1969, eso había sido solamente el “Sí” privado a la misa de siempre; en junio de 1972, era el “No” público y argumentado a la misa nueva.

Pasemos ahora al prelado restaurador: ¿Qué debe la Iglesia a Monseñor Lefebvre?

¡Pues simplemente la salvación del sacerdocio católico! Preparado con gran antelación por su formación en el seminario, por su disposición combativa, por su inteligencia perfecta del liberalismo y del modernismo que las condenas de san Pío X no habían erradicado, enriquecido por su experiencia misionera de la cual extraía como central el santo sacrificio de la misa como fuente de todas las gracias de conversión y de santificación, se encontraba confrontado hacia 1960 con la crisis de identidad del sacerdote, con la degradación del ideal sacerdotal, que es “el sacrificio del sacerdote por el reinado de Jesucristo” (padre Marc Voegtli en Santa Chiara), y que se mutaba en la acción social en favor de los desfavorecidos y la cooperación de la Iglesia con el comunismo. Mons. Lefebvre estaba en guardia: ¿No debía intervenir? Un día que asiste a un oficio en su catedral de Dakar, de repente es embargado por una suerte de sueño. ¿Es un ensueño o una inspiración divina? Él no sabría decirlo, salvo que sale de aquello con un fin y una convicción: “Frente a la crisis del sacerdocio, transmitir en toda su pureza doctrinal y su caridad misionera el sacerdocio católico, tal como la Iglesia lo recibió de Jesús y lo ha transmitido a lo largo de los siglos, no tanto material y válidamente, como ante todo formalmente: el espíritu inmutable del sacerdocio.” Ese espíritu, el padre Voegti lo describía en Santa Chiara, como hemos dicho.

¿Cómo se puso Mons. Lefebvre a la obra para realizar ese salvamento del sacerdocio?

¡Escuche bien! Solamente se dejó llevar por las circunstancias. Oyó las llamadas de desamparo de los seminaristas embarcados en los seminarios de perdición y, empujado por las familias y por amigos activos, fundó un embrión de seminario, un “Convictorio internacional san Pío X”, en Friburgo, en Suiza. Después ese seminario se trasladó providencialmente a Écône, en el Valais. “Al comienzo, yo no quería ir adelante, me resistía –contaba él-, arrastraba los pies, me hacía del rogar, pero fueron los candidatos los que me arrastraron a fundar algo.” Es típico de su espíritu. Decía él: “En la acción hay que seguir a la Providencia y no precederla”. Pero para él como para el padre Calmel “Abandonarse a la gracia de Dios ¡no es no hacer nada! Es hacer, permaneciendo en el amor, todo lo que está en nuestro poder.” El santo abandono se sitúa “no en la dimisión y la pereza, sino en el corazón de la acción y de la empresa.” (Padre Calmel, Itinéraires nº 64, “Del verdadero abandono”). He hablado bastante de estas cosas preliminares ¡no olvidemos lo esencial!

¿Qué es pues lo esencial en la acción de Mons. Lefebvre?

¡Pues veamos! ¡Es la Fraternidad! La coronación de su vida, y la obra de un genio; sí, la síntesis de varias ideas geniales. ¿No lo ve usted? Permítame enumerar de nuevo, será más claro:

1 – Primeramente, una Fraternidad sacerdotal sin votos. Nos presentó ese proyecto justo un mes después de la apertura de curso en Friburgo, el 15 de noviembre de 1969, por lo tanto desde el comienzo. Pensaba en ello desde hacía algún tiempo. Le quemaba en los labios, no pudo evitar hablarnos de ello, tan importante le parecía, capital para el porvenir y para la Iglesia: ¡nada menos! Nuestra sociedad sacerdotal sería una hermandad, siendo a cada sacerdote miembro hijo afectuoso del mismo padre (el superior general o el superior de la comunidad local) y teniendo cada cual por sus compañeros una actitud de hermano. Nuestros sacerdotes no harían los tres votos de los religiosos, pero estarían vinculados a la Fraternidad por compromisos públicos.

2 – Pero sobre todo, una fraternidad sacerdotal de vida en común. Y es lo que realizó, nuestros sacerdotes no están aislados en su rincón perdido, viven en los prioratos una vida en común de oración, de mesa y de alojamiento, con un reglamento. No están dejados a sí mismos, ni aislados en una Iglesia entregada a las fantasías y los escándalos de un clero laicizado. Igualmente, el apostolado es común, bajo la dirección local del “prior” y la dirección superior del superior de distrito y del superior general. El apostolado deriva de ello organización y eficacia. Y está perfectamente adaptado al estado de diáspora de los fieles católicos actuales: desde el priorato, los sacerdotes irradian en sus “misiones” por los alrededores: lugares de culto secundarios, salas de catecismo, pequeñas escuelas dispersas. El priorato es pues una base de operaciones, es la pieza maestra de la Fraternidad. Otras comunidades más o menos Ecclesia Dei nos han seguido o imitado y es lo que hace, a pesar de sus deficiencias combativas, la proyección que tienen.

3 – Seguidamente, desde luego, para nosotros, el patronato de san Pío X, el último Papa canonizado, el adversario del modernismo, cuya divisa “Restaurar todo en Cristo” es la consigna de la Fraternidad; pero, antes que todo, el Pastor supremo que se preocupó de la vida interior y de la santificación de los sacerdotes en su exhortación apostólica Haerent animo del 4 de agosto de 1908, que escribió él mismo en latín y de la cual leía una nueva página cada mañana al cardenal Merry del Val, su Secretario de Estado. Ese texto ¡es la santidad sacerdotal en comprimidos y puesta en buen orden!

4 – A continuación, segunda idea de genio: el año de espiritualidad. Hace falta a esos sacerdotes “una suerte de noviciado”, con retiros, cursos de catecismo desarrollado, lo que el fundador llama “el curso de espiritualidad”: Dios, la Santa Trinidad, el Espíritu Santo, la creación de los ángeles y de los hombres, la justicia original, el pecado original, la “justificación del impío”, la gracia. Después las virtudes y los dones del Espíritu Santo y las bienaventuranzas. Después nuestro Señor Jesucristo. Su divinidad, su persona, su humanidad, su ciencia, su “gracia capital”, su sacerdocio, su sacrificio de la Cruz, su primacía universal, su reinado social. Después los sacramentos con, en la cima, el sacrificio de la misa, centro y fuente de la vida y del apostolado del sacerdote. Después la Santísima Virgen María, su Inmaculada Concepción y su plenitud de gracia, su corredención, su mediación de todas las gracias, la dependencia del sacerdote de su influencia omnipresente. Después los novísimos, sin omitir el infierno.

5 – Y aún más, nueva idea genial, o más bien providencial, pues no fue concebida por él mismo. Los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, que aplican ese marco de conjunto a la reforma del alma, a su puesta en orden, a su puesta bajo la dependencia fundamental de Dios. Es la llegada del padre Ludovic-Marie Barrielle a Écône, en 1972, la que proporcionó a Mons. Lefebvre ese acabamiento de la preparación espiritual y apostólica de sus sacerdotes. Piense en ello: ¡nuestros sacerdotes son capaces de predicar retiros! Algo que no se veía nunca en el clero diocesano; e incluso los retiros ignacianos ¡que eran “coto reservado” de los padres jesuitas!

6 – Después aún, esta nueva idea genial: ¡los estudios según santo Tomás de Aquino en su Suma teológica! eso ya no se veía desde el Concilio, y ello basta para condenar ese concilio, digámoslo de paso. Por lo tanto: la letra de la Suma del Doctor Angélico como manual de teología, en latín por favor. De ahí los cursos de latín dados en el seminario, para que nuestros sacerdotes comprendan su breviario, accedan a santo Tomás en su texto y a los Padres latinos de la Iglesia. Y santo Tomás ¡maestro de la más bella síntesis de filosofía, de teología dogmática, moral y espiritual a la vez! ¿Dónde se encuentra eso que no sea en su Suma? ¡Y la facultad que tiene esta Suma de poder refutar todos los errores pasados, presentes y por venir! Es una maravilla. Me acuerdo de la delectación con la cual, joven seminarista, abría yo mi Suma en latín en el curso de teología del padre Thomas Mehrle en Écône; cada uno de nosotros tenía delante de los ojos el texto del Maestro, y en nuestros oídos el comentario de un fiel tomista, el digno padre dominico que venía un día por semana a hacernos degustar el meollo de santo Tomás. ¡Qué herencia! ¡Qué fuente de vida espiritual! ¡Qué recursos para nuestra predicación! Simplemente meditar “la vida de Jesús” o “el misterio de la Redención” o ”el sacramento de la Eucaristía” en la Suma y se hacen descubrimientos excepcionales, se penetra a fondo en el misterio, sin resolverlo desde luego, se enriquece uno para siempre.

7 – Pero no es todo. La penúltima (ni siquiera estoy seguro) idea genial del fundador es el “Curso de actos del magisterio”, dado durante el año de espiritualidad. Es la herencia romana del padre Le Floch: las enseñanzas constantes de los papas frente a los errores modernos en materia política y social. Por lo tanto, algo completamente práctico y actual. No es en absoluto un curso didáctico sobre los errores modernos, es conocer y asimilar cómo los papas juzgaron esos errores, mediante qué principios de razón y de fe.

8 – Y su última idea de genio: que nuestros sacerdotes se ocupen de las escuelas católicas de chicos, y finalmente las dirijan. Hechas, como él decía, “para impregnar a los adolescentes de religión”, al tiempo que se les hace hombres, serán mejores que los seminarios menores de antaño, despertando vocaciones sacerdotales y religiosas y preparando padres de familia capaces de comprometerse por Cristo en la ciudad.

El genio ¡bien está! Pero la virtud, ¿las virtudes de Monseñor Lefebvre?

En la vida cotidiana y común, algunos han pensado que su virtud capital era la humildad. Su humildad, dicen, se descubría en los pasillos del seminario de Écône, cuando un seminarista madrugador, que iba a hacer un poco de oración a la capilla antes de Laudes, le veía el domingo al alba llevar él mismo discretamente su bolsa de ropa sucia a la lavandería. O bien durante las horas de clase en que los seminaristas estaban en las aulas, cuando el hermano Gabriel sorprendía a Mons. Lefebvre con la escoba en la mano quitando pelusas indeseables por los pasillos del claustro. O bien, aún más, cuando acogía de pie y con los brazos abiertos a un seminarista recién llegado que había ido a llamar a la puerta de su despacho. Pero creo que todo eso no tiene nada que ver con la humildad: era, diría yo, su virtud de orden, de poner personas y cosas en orden, usted lo llamará como quiera.

Primero que todo, su persona estaba siempre vestida convenientemente, con la sotana negra sin botones a la vista y su modesta faja espiritana, sus zapatos siempre limpios y relucientes. Después su despacho: su mesa absolutamente vacía, todo sistemáticamente ordenado en los cajones y estanterías. Es la regla absoluta del hombre de orden: la del médico, la del abogado: nada tirado por la mesa. Sus archivos también, clasificados cuidadosamente en su armario, sus libros sabiamente ordenados en los estantes, por orden temático, pero también práctico: al alcance de la mano, la Biblia, desde luego, dirá usted; un diccionario Larousse, sin duda, dirá usted, para evitar las faltas de ortografía; un manual titulado El inglés sin esfuerzo, para repasar su inglés antes de ir a Gran Bretaña o a los Estados Unidos; y después un atlas mundial para preparar sus viajes. Ve usted al hombre práctico. A continuación, encontraba encima: la Suma teológica de santo Tomás, latín-francés con los comentarios de Cayetano, después los documentos pontificios: colección cronológica de la Bonne Presse y una colección temática de los monjes de Solesmes. Con eso, tenía lo esencial para sus lecturas espirituales y la preparación de sus conferencias a los seminaristas y a los fieles. Pero leía también atentamente el Osservatore Romano, el Figaro y la Documentation catholique para estar al corriente de los acontecimientos de la Iglesia y del mundo y juzgarlos en forma siempre apreciada por sus colaboradores y seminaristas. Por ejemplo durante la Guerra del Golfo en Irak en los años 80-90.

Además, ponía orden en su jornada, en su agenda y, sobre todo, entre sus sacerdotes, en su vida espiritual y su apostolado. Es como si dijera: “La gracia de Dios no dispensa de la organización”. Diría yo incluso que eso es, disculpe la expresión, la viva imagen de Mons. Lefebvre. Sus cartas pastorales y circulares de Dakar son admirables en su deseo de orden y de eficacia. Sus cartas a los miembros de la Hermandad igualmente. Me sirvo de ellas para predicar retiros sacerdotales. Me acuerdo de su reflexión después de una conferencia pública: “¿Ha hecho usted una colecta para pagar la sala… y el viaje del conferenciante?” Como el sacerdote, molesto, respondía: “No, Monseñor”, él decía: “Está bien, queremos ser sobrenaturales ¡pero olvidamos el nervio de la guerra!”

Háblenos usted de sus conferencias espirituales.

Nos esperaba tranquilamente de pie, junto al estrado del aula magna. Se sentaba en su silla sin apoyarse en el respaldo, los pies juntos, las manos juntas y las muñecas apoyadas sobre la mesa, una mesa donde ponía un fascículo de la Suma o de las obras de san Pío X. Y con su vocecita monótona, nos hablaba de las “cuatro ciencias de Cristo” o de “las partes de la virtud de prudencia” o de “los actos de la virtud de religión” o de “los fines del sacrificio de la misa”: sus asuntos preferidos. El tono era soporífero, el asunto poco apasionante en comparación con las historias que nos contaba el padre Barrielle en sus conferencias. Pero le escuchábamos y, en el fondo,  ¡cuánto más fundamental era, cuánto más indispensable! Mas allí donde se animaba era cuando nos demolía los errores conciliares ¡con muchos ejemplos extraídos de la colección de disparates romanos o episcopales de la Documentation catholique! O cuando nos contaba su entrevista con Pablo VI o más tarde sus entrevistas con el cardenal Ratzinger (futuro papa Benedicto XVI). Nos ponía en situación con él en el palacio del Santo Oficio o en Castel Gandolfo, en el fragor de discusiones vehementes, fuesen dramáticas, fuesen rocambolescas. Pablo VI le reprochaba: “¡Usted quiere mi puesto!” Y el cardenal le decía a propósito de la religión: “Pero, Monseñor, el Estado no sabe; por él mismo ¡no sabe!” Había bastante para quedarse estupefacto. Y nos divertíamos con las réplicas bien armadas de nuestro querido fundador a los ataques de esos hombres secularizados.

Me gustaría volver a su sentido de la organización: ¿qué clase de virtud es esa?

El orden y la organización van juntos. Mons. Lefebvre tenía ciertamente ese gusto natural del orden, ese complacerse en organizar cosas: ceremonias, casas que visitar (que visitaba desde el sótano hasta el desván), construcción de su seminario, reunión con el arquitecto y los contratistas, precedida por la oración. “Lo que me chocaba, me contó el padre Berclaz, Espiritano y hombre práctico, era el espíritu sobrenatural que Mons. Lefebvre ponía en una simple reunión de obras.” Le gustaba también poner en condiciones de ser utilizadas las casas que compraba, redactar estatutos, los de los Caballeros del Rouvre en Bélgica, los de las Hermanas de la Fraternidad, de las Oblatas, de los Hermanos. ¡Atención! Su destreza para poner orden, en las cosas y en los hombres, en las actividades y en las almas, eso derivaba en él de un don del Espíritu Santo: el don de sabiduría, del cual dice el filósofo que “pertenece al sabio juzgar y ordenar”. Pero además de esta sabiduría inspirada, yo creo que la virtud principal de nuestro fundador fue la virtud de prudencia.

La prudencia… ¿Quiere usted decir la precaución, la desconfianza?

No, en absoluto. Su prudencia, en el sentido de la virtud cardinal de prudencia: tomar consejo, después decidir ¡y finalmente ejecutar! Manifestó en el grado más elevado esa virtud en la reflexión, después la decisión y seguidamente la preparación de las consagraciones episcopales. Comenzó por proceder a diversas consultas con teólogos (entre ellos, los simples profesores de los seminarios en particular), también con “grandes sacerdotes” de la resistencia católica al modernismo de entonces: un abate Coache, un padre André, etc., con superiores de las comunidades amigas; llegó hasta pedir consejo a sus amigos más íntimos, incluso a sus choferes voluntarios: “¿Qué debo hacer?” “¿A quién nombraría usted?” Se trataba de episcopables ¡y él quería que se le dieran nombres!

Lo que sorprendió fue que, después de una primera decisión de proceder a las consagraciones, incluso sin el acuerdo de Roma, en 1986-87, después del “Congreso de las religiones en Asís”, dio marcha atrás: en respuesta a una apertura del cardenal Ratzinger el 14 de julio y al parecer de sus colaboradores en Fátima el 22 de agosto de 1987, aceptó suspender su decisión y esforzarse por conseguir el acuerdo del papa Juan Pablo II para la ordenación episcopal: aceptó la visita canónica del cardenal Gagnon en noviembre de 1987, propuso un estatuto de ordinariato personal para la Fraternidad y solamente como resultado de penosas idas y venidas en marzo-abril de 1988, y después de la firma de un protocolo de acuerdo insuficiente el 5 de mayo, fue entonces cuando se resolvió, el 2 de junio de 1988, a proceder a la consagración contra la voluntad del Papa.

Pero para ello se esforzó por obtener un consenso general de toda la familia de la Tradición. Expuso varias veces, de viva voz y por escrito, los motivos que le empujaban a la consagración de obispos auxiliares, sin jurisdicción, que no crearían ninguna jerarquía episcopal paralela, estando esos obispos exclusivamente destinados a conferir las órdenes y el sacramento de confirmación. Un dom Gérard, prior del Barroux, que era desfavorable a las consagraciones, declaró alinearse “con lo que decidiría Mons. Lefebvre”. Era eso lo que hacía falta conseguir.

A este propósito ¿cuál fue su reacción cuando Mons. Lefebvre le propuso el episcopado?

Fue hacia abril de 1987. Me hizo venir de Rickenbach a Écône. En su despacho me dijo lo que deseaba. Yo le respondí: “Monseñor, he cometido muchos errores, no me siento capaz de ser obispo.” Entonces me replicó: “¡También yo he cometido errores!” Eso me tranquilizó, sencillamente. Y me dije: “Él ha reflexionado sobre esto, sabe lo que debe hacer, bastante mejor que yo, ha elegido, no me queda sino aceptar.” Desde luego, yo pensaba en la excomunión en que iba a incurrir, no porque la creyera válida, sino porque sociológicamente era una infamia con que cargar. La asumí, por la gracia de Dios. Como dijo uno de mis hermanos sacerdotes, yo también me dije: “Monseñor tiene la gracia para decidir, yo tengo la gracia para seguirle.”

Ahora, veinticinco años después de la muerte de Mons. Lefebvre ¿dónde está el futuro de la Fraternidad?

Las cosas se aclaran. Cuando nuestra peregrinación del año 2000 a Roma, sufrimos la ofensiva del encanto por parte del cardenal Castrillón, que empujaba a Juan Pablo II a reconocer unilateralmente la Fraternidad. Después Benedicto XVI nos concedió nuestras dos “condiciones previas”: reconocimiento de la libertad de la misa tradicional y retirada (más o menos feliz para nosotros, después para él) de las excomuniones de 1988. En 2010-11 tuvimos las discusiones doctrinales planificadas: ¡y un total desacuerdo! Nuestro Superior general, Mons. Fellay, estimó que era bueno proseguir las negociaciones y eso causó bastante inquietud entre nosotros, hasta el momento en que estuvo claro, en mayo y junio de 2012, que Benedicto XVI seguía planteando como condición, así como lo había dicho al principio, sin ambages, la aceptación del Concilio y de la legitimidad de las reformas. Era el fracaso. Pero ahora hay a todas luces, por parte del papa Francisco, una disposición favorable a reconocernos sin esas condiciones. Nosotros decimos “¡un momento!”, porque las cosas avanzan y hace falta que sigan avanzando.

Mons. Lefebvre no estableció nunca, como condición de nuestro nuevo reconocimiento por Roma, que Roma abandonase los errores y las reformas conciliares. Aunque dijera algo parecido a André Cagnon en 1990, no lo habría hecho, porque ésa no había sido nunca su línea de conducta, su estrategia con la Roma modernista. Era firme en la fe, no cedía en sus posiciones doctrinales, pero sabía ser dúctil, paciente, prudente, en la práctica. Para alcanzar sus fines, su prudencia le hacía empujar al adversario, hostigarle, hacerle recular, persuadirle, sin bloquearle, no obstante, con exigencias que resultasen todavía inaceptables. No rechazaba el diálogo y estaba dispuesto a aprovechar cualquier puerta abierta por el interlocutor. En ese sentido se ha subrayado en él un cierto oportunismo, se ha hablado de “pragmatismo” y es verdad: es una pequeña virtud aneja a la virtud cardinal de la prudencia: la sagacidad, una sabiduría práctica, vecina de la sollertia, de la cual hablan Aristóteles, santo Tomás (2-2, q. 48, a. unicus) y el “Gaffiot” [célebre diccionario latín-francés], que es la destreza en encontrar los medios para alcanzar los fines.

Mons. Lefebvre pedía con sagacidad “que seamos al menos tolerados”: “Eso sería un avance considerable”, decía. Y “que seamos reconocidos tal como somos”, es decir, con nuestra práctica que deriva de nuestras posiciones doctrinales. Pues bien, hoy comprobamos por parte de Roma una disposición favorable a soportar nuestra existencia y nuestras posiciones teóricas y prácticas. Digo “soportar” para evitar “tolerar” ¡ya que se tolera un mal!

Doctrinalmente, ya, ha dejado de forzársenos a admitir “todo el Concilio” y la libertad religiosa; ciertos errores que denunciamos están empezando a considerarse por nuestros interlocutores como materia de libre discusión, o de discusión continua. Es un progreso. Discutimos, pero hay que confesar que nosotros no cambiamos y es improbable que cambiemos. Y en la práctica, les pedimos a esos romanos: “Reconoced nuestro derecho a reconfirmar fieles bajo condición”, y aún más: “¡Reconoced la validez de nuestros matrimonios!” Vea usted, son serias manzanas de la discordia. Hará falta que se nos reconozcan esas cosas. Si no ¿cómo sería soportable nuestro reconocimiento?

Esto puede llevar tiempo ¡pero existe un Dios!

¡Y una Mediadora todopoderosa!

Gracias, Monseñor, por haberse tomado el tiempo de responder con claridad y precisión a los numerosas preguntas de los lectores.

 

Fuente: La Porte Latine