La misericordia

Nosotros debemos trabajar por el Reino de Nuestro Señor Jesucristo. Pero, ¿qué sentimiento ha llevado a Nuestro Señor a realizar esta Obra absolutamente increíble, inimaginable e inconcebible; esta Obra que ha llevado a cabo por medio de su Iglesia, de su Sacerdocio, de entregarse a Sí mismo como alimento para nuestras almas?

¿Qué sentimiento de su Corazón lo ha llevado a hacer esto?

Sin duda su caridad, ¡es evidente! Dios es caridad. Nuestro Señor no puede obrar sin caridad. Pero yo diría que hay aún algo más que la caridad.

¿Pero, acaso puede haber algo más que la caridad que es Dios? ¡Sí! La misericordia. La misericordia se inclina hacia aquél que ha perdido la caridad. En realidad la caridad debería sentirse rechazada por alguien que no tiene caridad, debería alejarse de aquél que no tiene caridad. ¡No! Nuestro Señor se inclina hacia nosotros, hacia nuestra miseria. Nosotros habíamos perdido la caridad. Nuestro Señor se ha complacido en devolvérnosla. Él quiere hacerlo a condición de que nosotros queramos recibirla.

Así también, el sacerdote debe tener estos sentimientos en su corazón. No debe rechazar las almas, no debe rechazar a aquellos que yerran para darles la luz de la verdad, hacia aquellos que están en estado de pecado para intentar devolverles la vida sobrenatural, para intentar devolverles la vida de la caridad. ¡Eso es! Que el corazón del sacerdote sea misericordioso; ¡Bienaventurados los misericordiosos porque obtendrán misericordia! ¡Bienaventurados los misericordiosos, dice Nuestro Señor, porque ellos serán tratados con misericordia! No es acaso lo que dice Nuestro Señor en el Padre Nuestro: ¡Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores!

Es este sentimiento de misericordia el que expresan las más bellas parábolas dichas por Nuestro Señor, sobre el hijo pródigo, el samaritano, la mujer adúltera. Es también la misericordia la que lo ha hecho inclinarse hacia los pobres pecadores. Que nuestro corazón sea también misericordioso.

Pienso que es necesario que el sacerdote ponga en su corazón estos sentimientos que ha tenido Nuestro Señor. Él, que era más perfecto que nosotros. ¡Oh, Dios mío! ¿Podemos acaso compararnos a aquello que era Nuestro Señor, Él que era el puro, el perfecto, el profeta? ¡Él, que era Dios, por supuesto, libre de todo pecado! Aún así, y siendo Dios, Él ha querido inclinarse hacia nuestras almas que debería haber rechazado para siempre. No, Nuestro Señor no ha querido hacerlo. Él se ha inclinado, ha curado nuestras llagas. Él nos ha curado, quiere hacerlo. Que también sea así el corazón del sacerdote. Que su corazón esté siempre dispuesto a recibir. No ciertamente por compromiso, o para disminuir la verdad o la Gracia de Dios, sino para atraer las almas a la verdad y a la Gracia del Buen Dios. Estar abierto. Que su corazón esté abierto a todas las miserias de este mundo, miserias intelectuales, morales, físicas. Que realice las obras de misericordia.

Pidamos hoy pues a la Santísima Virgen María, la Madre de Misericordia, que nos dé, que dé sobre todo a nuestros jóvenes sacerdotes el comprender la misericordia de Nuestro Señor. Que ellos la comprendan en el mismo sentido que Nuestro Señor la ha comprendido, para no desviarse ni a un lado ni al otro, ni siendo demasiado duros ni demasiado débiles; sino siendo misericordiosos como Nuestro Señor lo ha sido. Que Dios haga descender sobre los corazones de nuestros jóvenes sacerdotes las gracias de misericordia. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Marcel Lefebvre
Arzobispo
25 de agosto de 1977.