500 años de la Primera Misa en Argentina 1520 - 2020

Marzo 16, 2020
Origen: Distrito América del Sur
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Los 500 años de la primera misa

y la restauración de la Patria Argentina

           El 20 de septiembre de 1519, cinco navíos con más de 250 hombres partían de Sevilla, desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda, rumbo al nuevo Continente. Hernando de Magallanes había obtenido de Carlos V, Rey de España las capitulaciones que le permitirían descubrir una nueva ruta por occidente hacia las Molucas. 

            En los febriles días previos a la partida, Antonio Pigafetta, cronista de la expedición, recuerda que “todas las mañanas se saltaba a tierra para oír misa en la iglesia Nuestra Señora de Barrameda y antes de partir se ordenó a todos que se confesaran”.

            Para diciembre alcanzan las costas de Brasil y, en enero, entran en el río “de Solís” –actual Río de la Plata–. En febrero, ya en el mar del Atlántico sur, recorrían las costas hasta ahora desconocidas del extremo sur del Nuevo Continente: cada entrante, cada bahía, era minuciosamente explorada y registrada en los mapas.

            El clima se va volviendo cada vez más frío. Al llegar a un lugar, al que llaman Puerto de San Julián, el viaje se interrumpe por decisión de Magallanes, para prepararse a pasar allí el invierno. Esto era a fines del mes de marzo. El domingo 1º de abril comenzaba la Semana Santa y había que asistir a la Santa Misa que será… ¡la primera misa en suelo argentino!

            Un historiador narra así el acontecimiento: “sacaron a tierra de los navíos, las velas y otros atavíos e hicieron en la rivera del mar, de ramas y velas, una devota capilla y en ella un altar: y al alzar a Dios, los buques, advertidos por una señal, hicieron una salva general”.

            Fue el Padre Pedro de Valderrama, uno de los capellanes de la expedición, quien celebró esa Misa. Al pronunciar aquel Hoc est corpus meum, haciendo descender desde el cielo a sus manos al Rey de Reyes y Redentor de los hombres, implantaba una semilla en aquella tierra austral, que tardaría un tiempo en fructificar, pero que fue germen de la verdadera Fe, y el bautismo y fecha fundacional de la Argentina católica. Era la avanzada de un ejército de evangelizadores que llegaría tiempo después a predicar la verdad católica.

            Aquellos hombres del mar se arrodillaron para adorar al verdadero Dios que se hacía presente animándolos en la epopeya comenzada, y escucharon una vez más de los labios de su sacerdote, las palabras dichas por Cristo en el evangelio de la fiesta de ese día: “Decid a la hija de Sion: mirad que viene tu Rey, lleno de mansedumbre… y trajeron el asna y el pollino, y los aparejaron con sus vestidos, y le hicieron sentar encima. Y una gran muchedumbre tendía por el camino sus vestidos; otros cortaban ramos u hojas de los árboles, y los ponían por donde había de pasar. Y tanto las gentes que iban delante, como las que venían detrás, clamaban diciendo: ¡Hosanna, al Hijo de David! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto de los cielos! Cuando entró en Jerusalén, se conmovió toda la ciudad, diciendo muchos: ¿Quién es éste? A lo que respondían las gentes: Este es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea”.

            En plena Cuaresma, estos españoles cuyos padres habían reconquistado España para Cristo, no iban a omitir celebrar en medio del desierto patagónico la gran fiesta de ramos, no podían en este gran día, dejar de reconocer y proclamar a Cristo Rey.

            “Hosanna Filio David, benedictus qui venit in nomine Domini. O Rex Israel, Hosanna in excelsis”, cantaría el capellán de la nao principal, cuando ya en tierra, bendecía antes de la Santa Misa, algunas ramas de quitembal –¡no, no había olivos en el duro y frío terreno que pisaban!– y unos pocos helechos que fungían de palmas, recogidos aquí y allá en el agreste terreno santacruceño.

            Desde ese día Cristo Jesús vino para quedarse perpetuamente en nuestras tierras meridionales, bajando del cielo por medio del Sacrificio del altar.

             Era el comienzo de una nueva batalla contra Satanás que hasta entonces había tenido la posesión de estas tierras y las almas de sus pobres habitantes, oscurecidas y envilecidas por la idolatría y el vicio, pero que estaban sedientas de la verdad, y dispuestas a abrazar a ese Dios que se mostraba con los brazos abiertos en cruz para acogerlas en el seno de su Iglesia.

            Y efectivamente fue así. Este Sacrificio de la cruz renovado en aquel altar austral dio en esos mismos días su primer fruto como lo cuenta el cronista: “a los seis días fue visto un gigante por algunos marineros que buscaban leña. Se acercó a nosotros, y cuando el capitán lo supo mandó un esquife y que lo retuvieran… Frecuentemente bailaba y permaneció entre nosotros muchos días. Pronunciaba tan claro como nosotros aunque con voz más recia, el nombre de Jesús, el Padre nuestro, el Ave María, y al fin lo bautizamos llamándole Juan”. ¡Fue el adoctrinamiento y cristianización del primer patagón que abrazaba la Fe que salva!

 

Una patria que nació cristiana pero que hoy se hace anticristiana

 

            Y en este iter de descubrimientos, evangelización y desarrollo de nuestro catolicismo, cómo no recordar la llegada milagrosa de la Virgen de Luján quien, como Madre, quiso quedarse entre nosotros eligiendo y santificando este lugar para que aquí se perpetúe su nombre y para que estén aquí siempre sus ojos y su corazón (del propio de la misa); cómo no evocar también el rechazo de las invasiones de los protestantes ingleses gracias al rezo del rosario, el Congreso Eucarístico de 1934 y aún la Consagración de la Argentina al Inmaculado Corazón de María en tiempos del Presidente Onganía.

            Fueron estos hitos del combate eterno, que continúa en todos los tiempos hasta el fin del mundo, de la guerra sin cuartel entre Satanás y Dios, que actualmente adquiere visos apocalípticos no sólo en nuestra Patria sino en todo el orbe.

            Hoy, olvidando –si no despreciando– ese nuestro ser católico originario, gente perversa intenta hacernos vivir lejos de lo que somos, socavando la moral católica de nuestra Patria. Ya lo hacen con leyes de patria potestad compartida, divorcio, identidad y violencia de género, ESI. Y hoy vivimos una nueva escalada por la inminencia de una ley asesina, la ley del aborto.

            El proyecto no puede ser más siniestro y diabólico, simplemente porque se autoriza por medio de una ley, el asesinato libre y gratuito de un ser humano vivo indefenso e inocente. Que sea antes o después de las catorce semanas de concebido, que se permita la mal llamada objeción de conciencia, que se impongan penas a quien cobre dinero al realizarlo o lo efectúe después de ese tiempo, no cambia en nada lo esencial de la cuestión: su intrínseca e insanable malicia.

            Muchos católicos hoy, fieles y jerarquía, y otros tantos grupos pro-vida piensan que la solución es el diálogo y el debate del proyecto. Por eso se afanan en que se hagan campañas multitudinarias y ecuménicas para demostrar su oposición. Diálogo, ¿sobre qué?, ¿con quién? Debatir”, ¿qué y para qué? Disentimos de ellos. Este tipo de diálogos y debates producen vientos de peores tempestades.

               

El ara del Sacrificio, piedra donde se reconstruye la Patria

 

            El primer camino y el más eficaz para restaurar la Patria es el que tiene su fundamento en la fe verdadera. Es el camino de Cristo Rey. Es el camino de la penitencia, de la oración de rodillas y del Sacrificio de la cruz. Una verdadera restauración, no pasajera, es la que se funda en la fe y en la Misa como fuente principal de toda gracia sobrenatural. La Patria se reconstruye sobre el cimiento del altar (del ara tradicional, y no de la misa conciliar nacida del modernismo y del ecumenismo).

            Luchar por Cristo Rey está pidiendo –como ustedes lo hacen, queridos fieles– el retorno a la doctrina y Misa de siempre, a esa misma Misa que nuestros antepasados celebraron por primera vez en tierra argentina un 1º de abril de hace quinientos años. Fue la Misa que fundó la Patria.

            Y porque precisamente no debemos ni queremos dejar de ser lo que somos, la táctica correcta es hacer visible la verdad y ser siempre lo que somos. Ni más ni menos. Defendemos una ciudadela que sólo puede ser destruida si la guarnición que la defiende deja pasar al enemigo o utiliza una armadura prestada que siempre será molesta y asfixiante. Defender una realidad con argumentos y motivos que no son correctos y propios, es el mejor modo de dejar a esa realidad totalmente indefensa. Más aún, afirmarla sobre bases erróneas es el camino más directo para dejarla sin sostén.

            Hoy más que nunca, nuestra Patria necesita doctrinas fuertes y consecuentes consigo mismas (a partir de la verdad del Calvario), hombres orantes y puestos de hinojos durante la Pasión que se renueva en los altares tradicionales.

            En medio de la disolución general de las ideas, solamente el aserto, un aserto firme, denso, sin mezcla, podrá hacerse aceptar. Mostrémonos y actuemos según lo que somos: católicos convencidos; hay una gracia unida a la confesión plena y entera de la fe. Esta confesión, nos dice el Apóstol, es la salvación de quienes la hacen y la experiencia demuestra que es también, a la corta o a la larga, la salvación de los que la escuchan.

 

¡Viva Cristo Rey!

¡Viva la doctrina y la Misa de siempre!

¡Viva la Patria nacida cristiana!

Padre Ricardo Olmedo, Prior de Salta, Argentina - 1 de Abril de 2020