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Los falsos fundamentos del carismatismo

Oración "carismática"

Si bien la "renovación carismática" no es católica desde sus orígenes, buenas razones podrían haberla justificado más tarde. No fue así: estudiemos los falsos y heréticos fundamentos de dicho movimiento.

Pretendidos fundamentos escriturísticos

El movimiento busca justificarse en los capítulos 12 a 141 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios. La semejanza entre el movimiento pentecostal y lo acaecido en Corinto es sólo superficial, pues los dos acontecimientos coinciden únicamente en pretender ambos la recepción del Espíritu Santo y algunos carismas: lenguas, curaciones, profecías; en el resto, difieren radicalmente. Así:

  • En Corinto no hubo ni Bautismo del Espíritu, ni imposición de manos, ni tampoco tentativas de organizar encuentros de oración o retiros con el fin de distribuir el Espíritu Santo.
  • De las Cartas de San Pablo se deduce que el fenómeno no estaba generalizado en la Iglesia, sino limitado exclusivamente a Corinto. No hubo intentos de difundirlo en otros lugares. Además, comprobados los abusos, desapareció y no se oyó hablar de él en la Iglesia hasta el año 1966.
  • En Corinto los carismáticos hablaban “lenguas extrañas”, al revés de los pentecostales, que emiten sonidos extraños y un balbulceo que no puede ser el lenguaje de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

Los pentecostales aducen también algunos episodios de los Hechos de los Apóstoles, especialmente la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Buscan traer a la mente de todo cristiano aquella gran experiencia mística: “¿por qué —dicen— hay que privar a un cristiano de aquel don incomparable, tan necesario para una vida cristiana ferviente?” A ello puede responderse diciendo:

  • En el primer Pentecostés, la experiencia mística y sensible del Espíritu Santo, junto a los carismas de lenguas, profecías y curaciones, sólo fue concedida a los Apóstoles y, probablemente, a los discípulos presentes en el Cenáculo, mas no así al resto de los convertidos que se bautizaron aquel día.
  • Los Apóstoles hablaban en una lengua —arameo—, mientras que los oyentes los oían hablar cada uno en su propia lengua (griego, latín, parto, elamita, etc.). Evidentemente, es totalmente distinto a lo que sucede en los encuentros carismáticos de oración.
  • En lo que se refiere al capítulo 8 de los Hechos de los Apóstoles —que relata cómo el Espíritu Santo descendió sobre los neoconversos de Galilea por el ministerio de Pedro y Juan, tras la evangelización del diácono Felipe—, la interpretación de la Iglesia es que se trata del sacramento de la Confirmación.

Los demás textos del nuevo Testamento que suelen sacarse a relucir, pueden reducirse a una explicación más coherente que la intentada por los carismáticos. Que tras la imposición de manos de Ananías, Saulo haya recuperado la vista y fuese lleno del Espíritu Santo, se entiende a partir de la misión especial que tuvo que cumplir en ese caso, máxime si se repara en que Ananías era sacerdote. Salvo en ese caso, no lo vemos imponiendo las manos por aquí y por allá.

Que Pablo, encontrando en Éfeso discípulos de Juan Bautista, los bautizara y les impusiera las manos, tras lo cual descendió el Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas y profetizar, se justifica debido a que Pablo era ya Obispo.

Fuera de estos textos, no hay otras pruebas de la efusión externa del Espíritu Santo. Ello así, porque Cristo jamás había prometido tales experiencias místicas y dones extraordinarios a los cristianos, ni dio disposiciones para transmitirlos por medio de ritos particulares. Instituyó, sí, el sacramento de la Confirmación, que la Iglesia siempre ha administrado y a través del cual cada cristiano participa en la efusión del Espíritu Santo, pero no se confiere este Espíritu con signos externos y milagros, sino silenciosa y misteriosamente, como en los demás sacramentos.

La Iglesia jamás ha conocido semejante Bautismo del Espíritu. Si éste fuese verdadero, no sería un simple sacramento sino un “supersacramento”, superior a los otros siete, porque no produciría simplemente la gracia interna, sino también una plenitud semejante a la del día de Pentecostés; además de ello, una efusión externa milagrosa y, por fin, conferiría también dones milagrosos ‒curaciones, profecías y lenguas‒ …todo lo cual es contrario a la fe.

Si lo que los pentecostales afirman del Bautismo del Espíritu fuese verdad, ¿dónde habría que colocar la Confirmación en la vida cristiana? Suelen esquivar esta espinosa cuestión y, no pudiendo negar abiertamente este sacramento, lo relegan a un plano secundario. Por eso Ranaghan manifiesta que

“se puede estar más seguro de lo que quiere decir estar bautizado en el Espíritu Santo, que de lo que quiere decir estar confirmado”.

Ante esto, el Concilio de Florencia afirmó claramente que la confirmación es el Pentecostés de todo cristiano. Así, pues, una de dos: o el Bautismo del Espíritu es verdadero y la confirmación falsa, o la confirmación es verdadera y el Bautismo del Espíritu falso. No pueden ser verdaderos los dos.

Examen de los pretendidos carismas

1. El don de sanación

Oyendo a los carismáticos, parecería que los milagros fuesen moneda corriente y, por tanto, prueba del origen divino del movimiento. Sin embargo, para que una curación sea milagrosa se requieren tres condiciones:

  • que se excluyan todas las causas naturales capaces de obrar una curación súbita;
  • que el hecho se someta a un examen atento por parte de médicos, científicos y teólogos, y
  • que la sentencia final sea dada por la autoridad competente.

Ahora bien, ninguna de las tres condiciones se cumplen en el pentecostalismo: creen en los milagros por el simple testimonio de quienes los reciben. Más que milagros, son hechos triviales, milagros “psicológicos” y cosas de ese tipo.

Un milagro sólo puede tener tres causas posibles. En primer lugar, Dios. En tal caso, hay que establecer que son verdaderos milagros, donde no cabe traza de orgullo, ostentación o autosatisfacción, muy presentes en el carismatismo. En segundo término, procesos psicológicos. Afirman que algunos convertidos abandonaron su costumbre de beber; pero todo el mundo sabe que los miembros de Alcohólicos Anónimos logran similares resultados sin ningún recurso al “espíritu” invocado por los pentecostales… Tercero, el demonio. Es indudable que éste puede obrar algunos “milagros”, máxime en una atmósfera cargada de emotividad.

2. El don de lenguas

A lo dicho anteriormente se podrían añadir algunas otras consideraciones, pues los pentecostales aprecian muchísimo este “don”.

Hasta hace poco lo consideraban como una prueba definitiva de la efusión del Espíritu Santo. Si fuese así, cuando el más normal de los cristianos recibe un sacramento, no puede estar muy seguro de haberlo recibido por ausencia de fenómenos externos. La seguridad con la que contamos es la fe en la promesa de Cristo, atestiguada por la autoridad de la Iglesia: una fe que casi nunca se apoya en el sentimiento o en la experiencia.

Nuestra perplejidad aumenta si reparamos en la naturaleza del “carisma”, porque las lenguas que hablan los pentecostales no son humanas, sino sonidos ininteligibles. Las lenguas a que se refieren los Hechos de los Apóstoles y la Carta a los Corintios eran verdaderas lenguas.

Con todo, los pentecostales ensayan su explicación: argumentan la posibilidad de orar “no-objetivamente, de una manera pre-conceptual”. Ésta noción la da Le Renouveau Charismatique:

“La posibilidad de orar no-objetivamente, de una manera pre-conceptual, tiene un valor considerable en la vida espiritual. Permite expresar con medios pre-conceptuales lo que no puede ser expresado conceptualmente. La oración en lenguas es a la oración normal lo que la pintura abstracta, no representativa, es a la pintura ordinaria. La oración en lenguas requiere un tipo de inteligencia que tienen hasta los niños”.

Ahora bien, todo esto es, por lo menos, muy confuso y de difícil comprensión. No existe nada semejante ni en la Tradición de la Iglesia, ni en la enseñanza de los maestros espirituales y místicos. Aunque Cristo ha enseñado a los Apóstoles y a los primeros discípulos a orar y ha dado hasta una fórmula con la cual expresar las propias peticiones, jamás lo ha hecho de modo “pre-conceptual” y “no objetivo”. Este género de oración supone que los murmullos no corresponden a la realidad objetiva, que el Espíritu Santo es incapaz de expresar la realidad divina en el lenguaje racional, cuando ese mismo Espíritu, por boca de los Profetas y de los apóstoles, y el propio Cristo, ha hablado la más alta verdad en un lenguaje humano.

  • 1. El apóstol habla en estos dos capítulos de los dones de hablar con sabiduría, con mucha ciencia, la fe y confianza extraordinarias, la gracia de curar enfermedades, el don de milagros, el de profecía, la discreción de espíritus, el don de lenguas y el de interpretar las palabras o razonamientos. "Todas estas cosas las causa el mismo y único Espíritu, repartiéndolas a cada uno como quiere" (I Cor. 12, 11). Luego explica el juicio que se debe tener sobre cada uno de estos dones.
Ninguna referencia a un acto sagrado

Indiferentismo religioso

Como ya se lo ha apuntado, el movimiento católico pentecostal fue importado del pentecostalismo protestante. En coherencia con ese antecedente, aunque en discordancia con sus propios orígenes, los católicos celebran encuentros de oración con los protestantes de cualquier denominación. Durante su transcurso, quien haya recibido el don de ser “guía” puede imponer las manos a cualquiera, más allá de la secta a que pertenezca.

Todos piden el don del Espíritu Santo, hablan en lenguas, interpretan, profetizan y sanan. Ambos grupos quieren trabajar por la unidad al margen de cuestiones doctrinales, intentando lograr usa unidad situándose “a un nivel más profundo”. Ese “nivel más profundo” es el “nivel emotivo”, frecuentemente confundido con el “amor sobrenatural”. El movimiento pentecostal, en síntesis, está destinado a hacer naufragar la esperanza del verdadero ecumenismo, ya que ninguna unión es posible si nuestros hermanos protestantes no aceptan la plena verdad de la Iglesia Católica.

Demolición de la ascética cristiana

Si de la teología pasamos a la ascética, tal como la han vivido y enseñado los Santos, descubrimos que el carismatismo no sólo carece de los requisitos fundamentales para una verdadera ascensión a Dios, sino que incluso es perjudicial para ello.

En primer lugar, arruina la humildad y favorece el orgullo, debido a que el orgulloso está lleno de seguridad en sí mismo y de autoconfianza, busca lo sensacional y lo ostenta como virtud. Pero el humilde, en cambio, busca el último puesto, evita lo sensacional y extraordinario, tiene miedo de engañarse y se considera indigno de los dones extraordinarios. Si Dios se los concede, los acepta con temor y temblor, pidiéndole que se los quite y lo lleve por la vía ordinaria.

Luego, expone al alma al autoengaño. Alimentando un morboso deseo de lo sensacional, el movimiento crea una atmósfera sobrecargada de emoción que conduce al autoengaño. Declarar que la experiencia personal es la prueba suprema de la efusión del Espíritu Santo es algo contrario a la enseñanza de Cristo, que dijo que el cumplimiento de la voluntad de Dios es el único criterio seguro de estar en la vía de la salvación:

“No todo el que me dice «¡Señor, Señor!» entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre Celestial”.

Mientras que los carismáticos consideran los dones extraordinarios como signos irrefutables de la experiencia de lo divino, Nuestro Señor los excluye como signos de una segura salvación:

“Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿es que no hemos profetizado en tu nombre, y no hemos expulsado los demonios y hecho milagros en tu nombre?» Entonces les diré: «No os conozco, alejaos de Mí, obradores de iniquidad»”.

Además, es contrario a la experiencia de quienes han vivido espiritualmente. La enseñanza y la práctica de los pentecostales contradice el ejemplo de los Santos, que constantemente temían ser engañados por el demonio, desdeñaban los fenómenos extraordinarios y le pedían al Señor que los mantuviera en la vía no extraordinaria.

Para evitar el autoengaño, se confiaban ordinariamente a expertos directores espirituales. Les declaraban hasta los más insignificantes sentimientos de su corazón, y obedecían heroicamente lo que ellos les mandaban. ¿Acaso alguien puede imaginarse a Santa Catalina de Siena, a Santa Teresa de Ávila, a San Francisco de Asís, o a San Ignacio de Loyola, recorriendo el mundo y haciendo ostentación de sí mismos como los dispensadores del Espíritu Santo?

Por otra parte, los carismáticos abandonan la cruz. El movimiento se concentra en la celebración de la “alegría” del espíritu. ¿Acaso no hay lugar en el movimiento para la agonía de Getsemaní, para los tormentos de la Pasión, para las noches del alma que resaltan en la vida de los Santos?

Los pentecostales deberían saber que a la santidad se sube por un camino en cual no abunda la alegría: Quien quiera ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que tome su Cruz y me siga. La auténtica celebración de la alegría está reservada para el Cielo. Es un indicio de mayor perfección decir que se haga tu voluntad tanto en la agonía de Getsemaní cuanto en la alegría de Pentecostés.

En fin, el movimiento carismático contradice la misma enseñanza del Concilio Vaticano II, que afirma:

“los dones extraordinarios no hay que pedirlos temerariamente, ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos de los trabajos apostólicos” (Lumen Gentium, 12).

Tales palabras parecen inspiradas por Dios como una pre-condena de un movimiento que debía surgir inmediatamente tras la estela del Concilio.

Conclusión

Examinado objetiva e imparcialmente el movimiento pentecostalista, lo hemos encontrado frágil, contradictorio y pernicioso. Pero, en medio del clamor y alboroto suscitados por el movimiento, es difícil hacer prevalecer la voz de la razón.

En una época delirante como la nuestra, en la que la enseñanza y la Tradición de la Iglesia son atacadas, parecen llegados los tiempos profetizados por San Pablo a Timoteo:

“No soportarán la sana doctrina, antes bien, tomarán para sí maestros a medida de sus concupiscencias, con la comezón de oídos que sentirán, desviando sus oídos de la verdad y volviéndose hacia las fábulas”.

San Pablo nos invita a examinar todo, a retener lo bueno y rechazar lo malo. A la luz de la sana teología y la Tradición, el carismatismo no es algo bueno: parte de pretensiones fantásticas, mina la fe, induce a las almas a un falso misticismo y las entrega, a través de la credulidad y el orgullo oculto, en bandeja servida al Demonio. Por tanto está plenamente justificado el juicio del Arzobispo Robert Dwyer, cuando dijo:

“Juzgamos al movimiento carismático como una de las orientaciones más peligrosas de la Iglesia en nuestro tiempo, estrechamente ligado en espíritu con otros movimientos destructivos y separadores, que amenaza con grave daño a su unidad y a innumerables almas” (“Christian Order”, mayo 1955, pág. 265).