Los leones de la fe

Marzo 23, 2018
Origen: Distrito América del Sur

El entonces Director del Seminario de La Reja escribió esta semblanza en honor de nuestro Fundador, días después de su muerte.

La revista del distrito, “Iesus Christus”, nos pide algunas líneas sobre Monseñor Lefebvre. ¡Con muchísimo gusto! Este gusto mismo manifiesta cuánto este deber de piedad filial es una necesidad del corazón, un pedido de la inteligencia. No nos cansamos de hablar, leer, meditar, escribir, sobre nuestro querido Monseñor, así como sobre Dom Antonio también, fieles imitadores de San Pío X.

A los tres ‒San Pío X, Mons. Lefebvre, Mons. De Castro Mayer‒ podemos unirlos en varios sentidos. Nos gusta insistir sobre un aspecto de sus personas y de sus obras: la fortaleza, la nobleza, la grandeza en este siglo veinte muy pobre, muy endeble sin héroes ni figuras. Para resumir las cosas en una palabra metafórica (sugerida por el blasón mismo de nuestros maestros), diríamos que fueron verdaderos Leones.

Conocemos, en efecto, el significado simbólico de las cualidades del león, “rey de los animales”, según el fabulista. El león es un príncipe, un jefe, tiene una autoridad firme y tranquila, no se deja impresionar enfrente de los enemigos; el león impone su presencia, hecha de fortaleza, de nobleza, de grandeza, de serenidad, de victoria, en definitiva: Vicit leo de tribu Juda (Apoc. 5, 5)1.

En los blasones de San Pío X, de Mons. Lefebvre, de Dom Mayer, vemos un león. No es casual. Es verdad lo fueron.

1) San Pío X, quien ruge en su primera encíclica contra el mundo moderno en general; contra Le Sillon2 en particular en el documento Notre Charge Apostolique, muy especialmente contra el modernismo. Los enemigos mismos reconocen la superioridad de este león en su análisis detallado de la Pascendi.

Fue realmente ignis ardens (fuego ardiente), verdadero amigo del león de San Marcos, patrono de Venecia, su sede cardenalicia.

¿Y cuál es el fruto de este combate gigantesco?: la paz, la verdadera paz, no la de Asís, sino la de San Marcos, el león: pax tibi, Marce, evangelista meus3. Estas palabras figuran también en el blasón de San Pío X.

  • 1. Venció el león de la tribu de Judá
  • 2. Movimiento democrático progresista que decía ser católico
  • 3. La paz sea contigo, Marcos, mi evangelista

2) Esta fortaleza del león, la encontramos también en la lucha pública y tremenda de Mons. Lefebvre contra el neomodernismo. La historia recordará para siempre este león de los Flandes (su provincia natal, cuyo símbolo es el león). Pero no olvidemos que este león fue siempre tranquilo, pacífico, manso, bondadoso y caritativo: Justus, quasi leo confidens, absque terrore, el justo como el león, se siente seguro (Prov. 28, 1). Ningún parecido con el león rugiente, buscando a quien devorar1.

3) El león, en el blasón de Dom Antonio de Castro Mayer ocupa prácticamente todo el campo, como si la lucha, intransigente para la victoria de la Verdad, fuese el centro de su vida y su principal preocupación. Sin olvidar tampoco la presencia de la Virgen María, dulce y suave, pero también fuerte: Ipsa conteret2 (Ella te aplastará la cabeza, aplicándolo al demonio).

¡Qué nobleza firme, qué grandeza simple en este Obispo, en este príncipe de la Iglesia! Él también, lo mismo que Mons. Lefebvre, hubiera merecido ser Cardenal de la Santa Iglesia Romana.

4) ¿Cuáles son las consecuencias prácticas de todo esto para nosotros?

Que seamos también nosotros, cada uno en su lugar, leones, es decir fuertes; fuertes con la fortaleza, que viene del Espíritu Santo. La situación presente del mundo y de la Iglesia exige, más que antes, esta fortaleza.

Que los padres y madres de familia sean fuertes en la educación de los hijos.

Que los jóvenes sean fuertes en la lucha contra el espíritu del mundo.

Que los seminaristas sean fuertes en sus propósitos de estudio, de orden, de búsqueda de la santidad.

Y, en cuanto al sacerdote, nuestra conclusión será la del Santo Cura de Ars:

Que el sacerdote sea un león en el púlpito, un cordero en el confesionario y un águila en el altar.

  • 1. I Pedro 5, 8
  • 2. Génesis 3, 15