Sermón de las fiestas patronales de la capilla Nuestra Señora del Carmen, 14 de julio

Agosto 13, 2019
Origen: Distrito América del Sur
R.P. Ricardo Olmedo, Prior de Salta

El pasado 14 de julio se celebraron las fiestas patronales de la capilla Nuestra Señora del Carmen de Salta, Argentina. Reproducimos el sermón predicado en dicha ocasión.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Queridos fieles:

El estar cubierto o adornado artificialmente fue primeramente distintivo de lo humano caído, consecuencia de una vergüenza que al salir de las manos de Dios nuestros primeros padres no conocían. Con el pecado apareció un pudor que los llevó a fabricarse vestidos con hojas de higuera y que después Dios cambio por túnicas de piel.

Con el correr de los tiempos, este vestirse, además de servir como protector contra las inclemencias del tiempo, fue señal de socialización porque servía para diferenciar las distintas funciones que los hombres debían cumplir al formar parte de diversos grupos sociales. Es así que desde la más remota antigüedad, los guerreros se revistieron de un modo, de otro los artesanos, de otro los pastores, los médicos, los sacerdotes, los funcionarios.

El ropaje refleja también entonces, la vida en sociedad. Es como el signo de un vivir armonioso, rico y complementario, implica diversidad y a la vez jerarquía.

El uniforme, el hábito, el vestido es signo de una sociedad bien ordenada, pero también de algo más: es como el signo de la condición espiritual y personal del hombre: el vestido llega a ser símbolo de aquello con lo cual Dios quiere revestirme; más allá de aquello con lo cual yo "me" creo y crezco a partir de mi humanidad puramente natural. Es como la representación de la "persona".

Cuando, en la Biblia, Jonatán sella su alianza de amistad con David, le regala "su vestido". Lo mismo, cuando Elías nombra como sucesor a Eliseo, le entrega su manto.

Y al ser María Santísima asunta en cuerpo y alma al cielo, San Juan la ve fulgurante, espléndida y revestida del sol, la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en la cabeza. Esa es la vestimenta que le corresponde y con la que Dios reviste a su madre como Reina de cielos y tierra, y así se aparecerá con frecuencia en sus apariciones terrenas, mostrándose vestida de Dama, de Señora, de Reina, dada la majestad de su condición.

Pero no siempre será así, y es lo que nos enseña la historia de nuestra Patrona, la Virgen del Carmen.

Cuentan antiguas tradiciones que, allá por el siglo XII, después de la caída de San Juan de Acre, el último reducto cristiano en tierras musulmanas, los religiosos que vivían como ermitaños en el monte Carmelo, al norte de Palestina, expulsados por los malones sarracenos, debieron dejar Tierra Santa y trasladarse a Europa con muchísimas dificultades y penurias, fundando varios conventos. El general de la Orden – llamada “de los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo” – San Simón Stock, viendo cómo la Orden allá, lejos de su terruño original, tendía a disolverse y desaparecer, rezó fervorosamente a la Santísima Virgen. Ella se le apareció, un día, vestida de marrón, y le entregó, como prenda de esperanza, el actual hábito de la Orden: una vestimenta igual a la que Ella llevaba puesta.

Vestimenta cuyo distintivo más notable es el escapulario marrón. "Escapulario" viene del latín scapulae, que significa espalda. Designa propiamente a una especie de manto alargado, agujereado en el medio, tipo poncho, que cae desde el cuello hacia adelante y atrás, cubriendo todo el cuerpo. Era prenda que se usaba normalmente para trabajar, a modo de overol o delantal, para proteger el resto de la ropa.

Aquí se aparece con un escapulario, uniforme de trabajo. Además, marrón: el color de los sayales más bastos, más ordinarios, más resistentes. María se aparece no con su uniforme de gala, de desfile, de parada, sino con su uniforme de combate. Y es ese uniforme de combate, su traje, el que regala, "libera", a los carmelitas. Más aún: en ese vestido María se regala a Sí misma. Es el símbolo de Su persona que Se entrega. Es el uniforme que, usado, declara que el que lo usa está comprometido especialmente con María Santísima., forma parte de sus amigos, es – como San Juan después del Calvario – de aquellos que "la reciben en su casa". Pero es, también, hacerse "de María" especialmente en el trabajo y el combate. No es vestido de gala, es hábito de lucha y de sudores, de trinchera y de fuego.

Y ese vestido, que cubre ya no nuestra miseria física, sino nuestra desnudez y poquedad de gracia mariana, que es signo de amistad con Ella, que nos pone bajo Su protección y amparo, que llama a primeras filas y a vanguardias, más allá de a los religiosos y religiosas carmelitas a quienes se lo entrega de modo privilegiado, quiere hacerlo extensivo, también, a todos los cristianos que quieran vestirlo, llevarlo, orgullosos de su librea.

Para ello, simbólicamente, el escapulario se reduce a los dos pequeños cuadriláteros de paño marrón unidos por cintas o hilos que todos conocemos y que todos podemos recibir.

Pero hay más para aquellos que ya lo han recibido o quieran recibirlo.

Ponerse el escapulario de combate de la Virgen – el mismo que vistieron sobre sus uniformes los soldados de San Martín que lucharon en Chacabuco y Maipú después de que su General nombrara a la Virgen del Carmen patrona y Generala del ejército de los Andes y le cediera su bastón de mando; el mismo que, junto con sus uniformes de soldados argentinos, está enterrado sobre los cuerpos de nuestros muertos en Malvinas – ponerse este escapulario digo, que es el manto mismo de la Virgen, no es solo ponerse bajo Su amparo, sino, con Ella y revestidos de Ella, es un compromiso de honor, de trabajo y de batalla.

Porque, recibido, puesto este vestido, a cada uno de nosotros también Cristo desde la Cruz nos está diciendo: “Esa es tu madre, llévala a tu casa”.

Que así sea.

Ave María Purísima...